Asesinados

Fue un sentimiento disparatado. Un sinsentido que tendría que ver más con la perplejidad que con cualquier otra cosa. Fue aquella madrugada de enero, cuando el teléfono sonó para decir que habían encontrado los cadáveres de Alberto y de su mujer, Ascen. Ocurrió entonces que la primera angustia fue la de pensar en el frío de aquellos cuerpos, tirados en el asfalto, desde hacía horas, mientras llegaba el juez de guardia. Será la conmoción la que nos refugia en esas divagaciones absurdas. Treinta de enero de 1998. Llovía, como estos días. Agua helada y asfalto negro. La noche asesina dejó aquellos cuerpos tirados en la calle y ya nadie pudo detener el amanecer para sus tres hijos. Dos niñas y un niño, Alberto, como su padre. La mayor, ya es una adolescente.
He vuelto sobre mis pasos, para ver las crónicas de aquellos días. «Jiménez-Becerril y su esposa se despidieron como otros tantos jueves del mes, el único día que elegían para salir. Poco después de la una y media de la madrugada, se despidieron y se dirigieron solos a su domicilio. Dos disparos en la nuca, según reveló la autopsia. Los vecinos oyeron unas detonaciones, pero cuando se asomaron a la calle sólo había dos cuerpos sobre el asfalto».
Repasar los periódicos de otros años es como mirar las pisadas que vamos dejando en el camino. Mirar hacia atrás es tragar saliva para luchar contra el olvido. Mirar atrás es un rearme de argumentos contra esos que dicen que no se puede hacer política mirando a los muertos, que nada importa si se consigue la paz.
Hace poco, Joseba Arregi, que fue militante del PNV, descubrió a Teresa, «una abuela de Sevilla, y escuchándola hablar de su hijo Alberto, de su nuera, de sus nietos, uno se pregunta qué sentido tiene la tan traída y llevada frase de la política vasca según la cual el proyecto de ETA, de los asesinos de Alberto y Ascen, puede ser llevado a cabo por medios pacíficos. Uno se pregunta por el sentido de la frase tan contundente que se escucha en la política vasca de que, sin violencia, todos los proyectos políticos son igualmente legítimos. ¿Quién puede decir a esos tres hijos, que están creciendo sin padres porque fueron asesinados por ETA, que no importa?».
No hay paz sin justicia, claro. Ni la reinserción es posible sin perdón y arrepentimiento. Que la entrega de las armas no convierte a ETA en una organización ejemplar. Que un etarra excarcelado no es un ciudadano más. Que no se puede premiar a nadie por dejar de matar.
Yo entiendo a las familias de las víctimas del terrorismo porque, desde aquella madrugada fría de enero, hablar de ETA es recordar la vitalidad de Alberto, la sonrisa de su mujer, el despertar de sus tres hijos. No, claro, eso no se puede olvidar. Mucho menos este día. Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García Ortiz. Sus nombres deberían figurar hoy en una pancarta grande: Asesinados.