El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

01 febrero 2012

Posible y necesario



Si tiene suerte, si tenemos esa suerte, en unos años se contará que ayer se eligió en España al mejor fiscal general de los últimos treinta años. Eduardo Torres Dulce, sí, rompe los esquemas preconcebidos para la elección de un fiscal general del Estado. Hasta ahora, lo único que se podía dar por descontado ante la elección de un fiscal general del Estado es que el designado sería alguien cercano al Gobierno, próximo a la ideología del partido mayoritario y, a veces, hasta vasallo de sus estrategias políticas. Por salirse de esa norma, la elección de Eduardo Torres Dulce es, hasta ahora, la mayor prueba que podría ofrecer el Gobierno para demostrarnos que es verdad que su intención es despolitizar la Justicia. De este fiscal, por su altura profesional e intelectual, se puede esperar cualquier cosa menos que convierta a la Fiscalía en una correa de transmisión de los intereses del Gobierno que lo ha propuesto y del partido que lo ha nombrado. El propio Torres Dulce se encargó de reseñarlo ayer en su toma de posesión como fiscal general del Estado cuando, en su discurso, dejó claro que su intención es «hacer aún más visible» la autonomía funcional y orgánica del Ministerio Público «frente a los poderes públicos y muy singularmente respecto del Gobierno».

No hará falta siquiera comparar esta altura de miras con las de aquel fiscal general del Estado que abandonaba las reuniones secretas con los implicados en los GAL escondido en el maletero de un coche. Sin necesidad de remover aquel dramático esperpento, es fácil concluir que, hasta ahora, el nombramiento del fiscal general del Estado se había convertido en el primer signo inequívoco del control que el Poder Ejecutivo y el Legislativo ejercían sobre la Justicia. Luego, con esa falsa lógica democrática que apela a la soberanía popular, llegaban el reparto por cuotas del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial y la remodelación de los nombramientos regionales y locales para adaptarlos a la ‘nueva realidad política’. Y todo ello, bien está reseñarlo, con la imprescindible colaboración de la inmensa mayoría de las asociaciones judiciales de uno y otro color político.

De todas formas, nos equivocaríamos si pensamos que la politización de la Justicia sólo es responsabilidad de los políticos. De hecho, tan importante como la despolitización es la no utilización de la Justicia. Quiere decirse que en España se ha instalado la costumbre de interpretar toda decisión judicial, ya sea de la fiscalía o de los tribunales, con un esquema mental prefijado, un esquema político. Es un mecanismo fácil de aplicar: Se etiqueta a jueces y fiscales y luego se interpretan todas sus decisiones en función de ocultas maniobras de conspiración política. Y como siempre será más creíble el alambicado proceso de una conspiración que la normalidad de las cosas, el éxito de difusión está asegurado.

Esa es la utilización de la Justicia, tan dañina para la imagen del Tercer Poder como la politización de los gobiernos, y tan miserable hacia quienes defienden día a día su independencia sin atender jamás a otro criterio que a su profesionalidad. Existen, evidentemente, algunos jueces y fiscales dispuestos a servir al poder político, sin rubor alguno, pero muchos otros defienden, calladamente, aquello en lo que creen, la independencia de los tribunales, la imparcialidad de las fiscalías. Entre esos últimos está Torres Dulce. Ayer dijo eso de que su objetivo será hacer más visible la autonomía de la Fiscalía respecto del Gobierno. Luego añadió que ese objetivo es «posible y necesario». Pues eso, que si tiene suerte, si tenemos esa suerte...

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28 enero 2012

Bancarrota



Los primeros augures pronosticaron que, durante años, la crisis económica traería a la orilla grandes ballenas muertas y que por las mañanas los hombres se asomarían asustados a la playa, atraídos por el hedor y los ladridos de una manada de perros salvajes que se disputaban los primeros trozos de carne desgarrada. Ese fue el pronóstico y así sucedió; el mar de la mañana comenzó a vomitar grandes ballenas muertas, primero imperios financieros se derrumbaban en titulares de cinco columnas, con una foto gigantesca de sus rascacielos de la Gran Manzana, ahora desolados. Luego, grandes bancos que se ufanaban de su solvencia saltaban en pedazos, reventados por dentro por una auditoría sonrojante de ocultaciones. Y empresas, cientos de empresas, enormes constructoras, deshilachadas como las banderitas que anunciaban pomposas urbanizaciones en las afueras de la ciudad y que nunca se llegarían a edificar. Otro día, fueron los países, los gobiernos, los que aparecían en las noticias de la mañana aniquilados, destruidos, intervenidos, asfixiados, dimitidos. Después de ver tantas ballenas muertas en la orilla, los hombres han aprendido a desconfiar de todo lo que les rodea, de todo lo que le dicen; ahora saben que los augures tenían razón y que todavía el mar seguirá vomitando los cadáveres de esta crisis.

La crisis, sí, esta crisis devastadora tenía un correlato cierto de grandes imperios caídos. Ya son muchas las quiebras a las que hemos asistido en mañanas de sobresalto y sabemos que otras muchas aún habrán de llegar. Quizá las siguientes, a no mucho tardar, serán las autonomías, el centro del despilfarro del dinero público durante casi tres decenios. Sin necesidad siquiera de esperar a conocer con detalle las cifras reales de la deuda y del déficit de la Junta de Andalucía, cualquiera que haya observado en los últimos años cómo se ha gastado el dinero aquí, cómo se ha gobernado aquí, puede albergar la sospecha de que las acusaciones de bancarrota de la autonomía andaluza no son baladíes. No se trata de exagerar la realidad ni distorsionarla con acusaciones huecas, se trata sólo de constatar que son muchos los departamentos de la Junta de Andalucía en los que desde hace meses, se vive esa sensación de arcas vacías.

En uno de los mejores libros que se ha escrito sobre la crisis (‘Bancarrota del Estado y Europa como contexto’, de Mercedes Fuertes y Francisco Sosa Wagner) se circunscribe todo lo que nos ocurre a algo tan antiguo como las consecuencias nefastas de un mal gobernante. Desde el siglo XVI, con la bancarrota de Felipe II, la historia se ha repetido presa del mismo círculo vicioso: las consecuencias de un mal gobierno, ineficaz y derrochador, se tapaban con endeudamientos permanentes que conducían finalmente a la quiebra. Y el personal lo descubre siempre tarde, cuando comprueba que durante años el interés a largo plazo de los ciudadanos se ha pospuesto o se ha ignorado para satisfacer el interés a corto plazo de la clase política gobernante. «La insolvencia como método» –como se define en el libro– ha sido la que ha imperado en gran parte del Estado autonómico español, «el marasmo autonómico y local». En el caso andaluz, quizá nos asombremos cuando oigamos un día las noticias de la mañana y nadie consiga explicarnos en qué se ha gastado esa montaña milmillonaria. Sólo podremos contemplar ya esa ballena muerta.

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25 enero 2012

Puto dinero


Una de las ultimas teorías sobre los misterios ocultos que mueven el mundo de las transacciones comerciales y financieras, la ha ofrecido Gordon Gekko, aquel magnate de las finanzas que en los noventa entró en la cárcel por el uso de información confidencial en la compra venta de acciones de grandes empresas. Ahora, después de una temporada a la sombra, Gekko ha cambiado la prisión por la literatura, memorias, batallitas y consejos para futuros brokers. Es un autor de éxito, sí, pero cualquier actividad que no pueda multiplicarse por muchos ceros en una misma mañana nunca será para él lo suficientemente atractiva. Quienes se entregan a ese placer, el placer del dinero, no encuentran ya en su vida un éxtasis, ningún orgasmo, comparable al del ingreso de una cantidad escandalosa, indecente, en su cuenta bancaria. Esa fue la experiencia de Gekko, en ese paraíso de champán, caviar y aviones privados vivió hasta que lo empujaron al suelo sucio de una celda sin quitarle la chaqueta ni la gomina. Y ahora, cuando la crisis financiera ha tumbado a bancos y a empresas mientras él contaba sus últimos días de cárcel, Gordon Gekko se sobrepone en su nueva libertad y masculla con desdén que «el dinero es una puta que nunca duerme. Y es celosa. Como no la cuides y le prestes atención, una mañana te despertarás y se habrá ido a otra cama».

No se puede decir que Gekko, el yuppie cinematográfico de Wall Strett, Gekko, el personaje de Michael Douglas, haya innovado nada sobre el dinero; nada que no se haya repetido ya desde Sócrates hasta ahora porque el dinero ha sido, sin duda, la invención que más identifica al hombre con sus ansias, con sus miserias, con sus excesos, con su bondad. El dinero ha sido y será el espejo de nuestras pasiones y, como tal, siempre se le presentará revestido de sedas y de pecado; el mayor objeto de deseo, del oscuro objeto de deseo de la humanidad. Por tanto, nada aportan los guionistas de Oliver Stone salvo la evidencia de que esta crisis económica no tiene nada de original; como ocurre con la corrupción, es la historia de siempre, la atracción fatal que ejerce el dinero en el hombre. De hecho, si intentamos mirarlo con la perspectiva que aún nos falta, esta crisis del estallido de la burbuja inmobiliaria seguida de la burbuja financiera, vuelve a remitirnos a una fase cíclica de la humanidad, los periodos expansivos que dan paso a épocas de bonanza, euforia desmedida, gasto descontrolado y, como consecuencia inevitable, una fase posterior de depresión profunda, de desconfianza general y de retracción en todos los órdenes de la vida. Se van sucediendo los ciclos y, en todas esas etapas de crisis vividas a lo largo de la historia, lo que el hombre no ha logrado nunca es sacar conclusiones generales que eviten que pueda tropezar de nuevo en la misma piedra.

Economistas y filósofos dejarán teorías que expliquen el momento, que analicen las causas y las consecuencias de la crisis que han vivido, pero nunca extraeremos de una depresión como ésta una teoría general que vaya más allá del detalle. Esa puta de lujo que hace la calle en Wall Strett seguirá cambiando de cama sin descanso; como hasta ahora, con la seguridad que le da saber que siempre les proporcionará a algunos el mayor orgasmo de sus vidas.

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24 enero 2012

El día que se jodió todo


En toda derrota siempre existe un instante en el que sólo cobra sentido una pregunta; en toda caída, en todo fracaso, ya sea de nuestras vidas, ya sea del colectivo al que pertenecemos, llega un momento en el que comprendemos que ya no hay posibilidad alguna de solucionar nada, que los pasos que se han dado no sabrán encontrar nunca el camino de vuelta. En ese instante de abatimiento, ya se han caído los brazos, y sólo podemos preguntarnos en qué momento se jodió todo. Como aquella expresión grandiosa con la que Vargas Llosa inicia su ‘Conversación en la Catedral’, también este fin de semana, algún veterano militante socialista habrá dejado la mirada perdida en el fondo de la sala en la que se celebraban las asambleas precongresuales del PSOE. Mirarlos y mirarse, sin posibilidad alguna de reconocerse, mientras las palabras rebotan en las paredes de moqueta. Contemplarlos en silencio y contemplarse allí, mientras busca inútilmente en aquellas caras un resquicio, al menos un resquicio de memoria, de lo que fueron. Y susurrar luego, ‘cuándo, en qué momento se jodió todo’.

En todas las asambleas habrá habido militantes del PSOE que lo hayan experimentado igual; la misma duda compartida, la misma certeza multiplicada. Pero de todos esos momentos, quizá ninguno tan expresivo como el ocurrido en el Congreso de Sevilla; esa escena final, definitiva, en la que el alcalde de Dos Hermanas, Francisco Toscano, grita desde el fondo de la sala «¡No tienes vergüenza!». Se lo ha gritado al presidente de la Diputación, y los dos, supervivientes del naufragio de las elecciones municipales, los dos, que tantas veces se han cruzado en las conspiraciones, los dos, que tantas veces han marcado las cartas, los dos, que tantas veces han afilado juntos las navajas, aparecen ahora en medio del pasillo del congreso como dos viejos lobos que se destrozan a dentelladas.

En todos los congresos ha habido zancadillas, componendas, pactos y traiciones. Muchas de ellas conocidas y otras que sólo se desvelarán dentro de dos fines de semana, cuando aquellas decenas de delegados que han prometido el voto a los dos candidatos rompan la ambigüedad en el último minuto del Congreso federal para sumarse a una apuesta segura, Rubalcaba o Chacón, que les incluya en la victoria. Pero esa secuencia de acuerdos secretos, de pactos in extremis, de deserciones inesperadas, todo eso forma parte de la historia del Partido Socialista como, acaso, forma parte de la esencia misma de la política. Ha sido aquel grito desde el fondo, «¡No tienes vergüenza!», el que ha marcado la diferencia de este congreso, de este momento político, de este declive. Gentes que llevan treinta años en un cargo público, que nada tienen que decir, que nada tienen que decirse; nervios desatados por no equivocar la apuesta en este momento en el que todo el esplendor de ayer ya se ha perdido. Ahora que hay que apretar el culo al sillón, ahora que ya no queda sitio para los dos, ahora no pueden equivocarse. Esa imagen de decadencia, ese final de descomposición, ha sido cuanto había que esperar. «Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución».

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19 enero 2012

La elegida


Carmen Chacón es una candidata de laboratorio. Más exactamente, es la última creación, el último bálsamo, que Rodríguez Zapatero ha sintetizado en su laboratorio de ideas. Justo antes de cerrarlo por quiebra, Zapatero ha lanzado al mercado este producto final, el más elaborado de todos, el más perfilado a lo largo de los últimos ocho años: la esencia. Carmen Chacón, la sucesora, la heredera fiel de ese laboratorio que llamaron ‘Nueva Vía’ y que, durante años, soñó con expandirse por toda Europa como alternativa a la crisis de identidad de la socialdemocracia. Ahora que el vendaval de la crisis ha arrasado con todo y ha deshecho de un soplido aquel castilo de naipes, sólo queda Carmen Chacón, la esencia, la elegida.

Con sólo un repaso somero de la política española en los últimos treinta años, se observará que no existe ningún otro precedente como el de esta mujer. A diferencia de todos los demás líderes políticos en distintos partidos, Carme Chacón fue sido elegida por Zapatero desde la misma cuna de la política para que un día, muchos años después, pudiera sucederle en el cargo. Ninguna operación de marketing político se ha sostenido en el tiempo durante tantos años. Con una gran meticulosidad, el cuerpo político de Carmen Chacón se ha ido modelando con distintas etapas en las que se perseguía, con cada una de ellas, limar aristas, reforzar perfiles gratos, maquillar deficiencias. Sólo se precisa de un somero repaso para llegar a esta conclusión.

Antes de conocer a Zapatero, el cargo público más relevante de Carme Chacón, que se inició en política con 18 años, había sido el de concejal de su pueblo natal, Esplugues de Llobregat, un municipio de 46.000 habitantes. A partir de ahí, Zapatero va situándola en todos los cargos que son necesarios para completar el curriculum del que carecía. Primero, el perfil orgánico, las tripas del partido: en 2003, la designa portavoz del PSOE. Luego, el perfil institucional: vicepresidenta del Congreso de los Diputados tras ganar las elecciones de 2004. Cubiertas esas dos parcelas, el partido y la imagen institucional, quedaba por completar un tercer perfil: la gestión. En enero de 2008, la designa ministra de Vivienda, con el tiempo preciso, tan sólo un año, para que pueda lanzar varias iniciativas populistas (cheques de viviendas, préstamos sin intereses...) sin llegar a quemarse en el cargo, como le sucedió a María Antonia Trujillo. Cubiertos todos los perfiles, sólo quedaba ya lo fundamental: disimular, maquillar, su reconocido catalanismo y, para eso, se la nombra ministra de Defensa. ¿Qué mejor que estar al frente de los Ejércitos para que nadie dude de su españolidad?


En el PSOE, muchos desconfían de ella pero Chacón, como su creador, ha aprendido a esperar. Hasta la irrupción abrupta de Rubalcaba, que arrasó con las primarias que habían planeado para ella, parece haberle beneficiado. Si gana en febrero, alguien verá a Zapatero guiñarle un ojo mientras desaparece por el fondo del pasillo.

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17 enero 2012

Prueba de cargo


Cada proceso judicial es igual y distinto al anterior. Son distintos porque, como todas las acciones protagonizadas por el ser humano, no existen en esta vida dos acontecimientos exactamente iguales, idénticos, sino que cada uno de impregna de las características propias de la persona o personas que lo protagonizan. Pero, a la vez, todos los casos judiciales pueden acabar parciéndose porque, ciertamente, todos ellos se tienen que resolver con la aplicación, casi aritmética, de las mismas leyes. Es decir, las reglas del juego en un Estado de Derecho son las mismas para todos y,por esa razón, incluso dos asuntos que nada tienen que ver entre sí pueden acabar presentando numerosas similitudes. Pensemos, por ejemplo, en la sentencia reciente del asesinato de Marta del Castillo y en la investigación judicial de los falsos ERE, el fraude masivo de las ayudas de Empleo en la Junta de Andalucía. ¿Qué tiene que ver uno y otro caso? Nada, ciertamente, pero sí que se pueden comparar en la investigación, en la instrucción del caso, y acabaran pareciéndonos dos gotas de agua.

La sentencia del Marta del Castillo que tanta escandalera demagógica ha levantado no se explica sin la investigación judicial, sin la instrucción del proceso. Los fallos de entonces, la impotencia de entonces al no poder demostrar fehacientemente lo que había ocurrido con Marta del Castillo, se trasladan directamente hasta la sala del juicio y acaban plasmándose en la sentencia. Las condenas equivalen a lo que durante la instrucción de un proceso, o posteriormente en la vista oral, se puede demostrar. “Para condenar hace falta la certeza de la culpabilidad obtenido de la valoración de la prueba. Compo es la inocencia la que se presume cierta, si el juez no tiene ‘certeza de la autoría’ debe absorver, porque sólo ñla certezz desvirtúa la presunción de inocencia. Sólo desde el convecimiento firme se puede condenar”, dice la sentencie de Marta del Castillo en uno de sus mejores párrafos. Sobre los compinches del asesino sólo pesaban sus declaraciones ante la Policía, todo lo demás podía perderse en especulaciones e hipótesis contradictorias. Y resulta que la declaración de un acusado ante la Poilicía no tiene carácter de prueba en un juicio, con lo cual, toda la acusación se desvanecía.


Una de las anomalías más llamativas del fraude de los ERE, subrayada aquí en otras ocasiones, es que, a pesar del tiempo transcurrido desde que se inciaron las investigaciones y, a pesar, sobre todo, del volumen que ha alcanzado ya el caso, el principal imputado de esa trama, el ex director general de Empleo, todavía no ha sido llamado a declarar ante la jueza. Todo lo que ha dicho ante la Policía se desvanecerá mañana si lo niega cuando se persone ante el juez. Que es, exactamente, lo que hicieron los compinches del asesino de Marta del Castillo. Por fortuna, el fraude de los ERE no se sustenta sólo en las declaraciones del ex director general de Empleo, aquellas en las que admitía la existencia de ‘fondo de reptiles’, pero no puede parecernos normal que ni un solo responsable político de esa trama haya comparecido aún en una sede judicial, acompañados de las garantías que les otorga un Estado de Derecho. Los defectos de la instrucción serán impotencia y frustración en la sentencia. Conviene saberlo hoy, para no lamentarlo mañana con aspavientos.

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Desvarío



¿Cuándo fue, cuándo ocurrió que los abogados, algunos abogados, comenzaron a cuestionar la presunción de inocencia? No fue de un día para otro, fue fruto de la pérdida de valores y quizá también de la fuerza de una marea populista, que no debe haber fuerza en este mundo que tenga un poder de desgaste mayor que esa ola que lo arrasa todo. Fue tras un juicio, el de una joven asesinada en Sevilla, Marta del Castillo. El asesino y sus compinches ocultaron el cadáver, lo hicieron desaparecer, supieron engañar a la Policía y, luego, utilizaron las garantías que un Estado de Derecho le concede a los acusados para zafarse de todos los interrogatorios, de todas las indagaciones. Nada nuevo, porque nada nuevo se puede esperar de la inmundicia, pero en aquel caso resultó especialmente desalentador porque aquel asesino y sus compinches se burlaron de toda la sociedad que, entristecida, pedía Justicia. Luego llegó el juicio y como la mayor prueba de cargo era la indignación social, la sentencia determinó que sin pruebas fehacientes, con testimonios contradictorios, sólo se podía llegar a la acusación de asesinato del único acusado que había confesado el crimen. Sobre todos los demás, prevaleció la presunción de inocencia. Fue entonces, cuando algunos abogados se olvidaron de aquello que ya nos dejaron en herencia los romanos, hace dos mil años: In dubio pro reo.

¿Cuándo fue, cuándo ocurrió que los políticos, algunos políticos, comenzaron a renegar de las leyes que ellos mismos aprobaban? Fue entonces, tras aquel juicio de Marta del Castillo, cuando la sociedad, gran parte de la sociedad, se volvió contra los jueces por la sentencia de Marta del Castillo. Los culpaban a ellos, a los jueces y a los fiscales, a la Justicia en general, de haber dejado en libertad a aquellos que, previamente, todo el mundo consideraba culpables, aquellos que se burlaron de todos. Nadie salió en defensa de la Justicia porque en aquel momento de irritación parecía una temeridad recordar que los jueces aplican las leyes que aprueba el poder legislativo, y que imponen las condenas que se delimitan en esas leyes. Nadie quiso hacerse cargo de la frustración que supuso aquel juicio, nadie quiso asumir el error de muchas leyes. Fue entonces cuando los políticos, algunos políticos, sembraron un rastro de duda sobre la Justicia. Quizá por comodidad, quizá por cobardía. Pero lo hicieron.

¿Cuándo fue, cuándo ocurrió que los periodistas, algunos periodistas, comenzaron a censurar las garantías de un Estado de Derecho? Tal vez fueron los primeros que comenzaron esta cadena de despropósitos; los primeros en cuestionar la sentencia, los primeros en dictar sentencia sin haberse celebrado el juicio. Confundieron el clamor social con la Justicia, pensaron que la única sentencia justa sería aquella que pudiera satisfacer la condena social. Fue entonces cuando el Estado de Derecho se convirtió para muchos en una incomodidad, y las garantías procesales en una excusa de tiquismiquis.

¿Cuándo fue, cuándo ocurrió que la sociedad, gran parte de la sociedad, comenzó a calcular el acierto de volver al ojo por ojo y diente por diente? No fue de un día para otro. Sencillamente, el desvarío, la radicalidad, se impuso como única razón para afrontar los acontecimientos. Todo lo demás, la involución, aún está por llegar.

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10 enero 2012

El modelo andaluz


Esta Andalucía que ves ahora es la respuesta que han encontrado a las dudas; esta región que pisas con la inquietud de un edificio resquebrajado, que se derrumba, porque el régimen que la ha gobernado se desploma; esta tierra de gentes felices que llena los bares de risas con los bolsillos pelados; este pueblo resignado o ensimismado, tantas veces amodorrado con limosnas de paro y ayudas familiares; esta Andalucía que pisas ahora es el modelo que han elegido para que sea la referencia del PSOE en su crisis de identidad.

Las dos personas que aspiran a liderar el PSOE de los próximos años han elegido Andalucía, esta Andalucía que ves, como el modelo a imitar, el ejemplo a seguir. Lo mantiene Rubalcaba, que en la página web de su candidatura, incluye la realidad andaluza entre las treinta y ocho ideas fundamentales de su propuesta para sacar al PSOE de su marasmo: «Allá donde gobernamos lo estamos demostrando, como en Andalucía (...) Lo que realmente está en juego es si hay otro modelo de salida de la crisis distinto al que propone la derecha en España, y el modelo es Andalucía». Carmen Chacón, tan distinta de Rubalcaba, tan distante en la pose, también ella está convencida de que «Andalucía es el corazón del PSOE, el ejemplo de que gestionar bien los recursos económicos y a la vez estimular la economía y la solidaridad no es una quimera; por ello Andalucía debe servir de guía para el socialismo español».

Esta Andalucía que pisas, esta Andalucía que ves, es el modelo a seguir, el ejemplo a imitar, la meta que se quiere alcanzar. Eso nos dicen, que Andalucía es la marca, que es la respuesta; que Andalucía es lo que hay que hacer, lo que hay que construir, el nuevo socialismo que defienden los candidatos del PSOE. Pero tú sabes que esta Andalucía que tiene tantas razones para el orgullo, este pueblo que cuenta su historia por milenios, esta gente y esta tierra encuentra su esplendor en otra parte, pero no en su presente; en este chaparrón diario, en estas noticias que van dejando el rastro sucio de un final, de un acabóse.

Esta Andalucía que sale hoy en todos los periódicos, este desfile constante de amigos y parientes arrimados al poder, este trasiego que se presiente de maletines y cuentas ocultas, de favores y despachos, esta podredumbre que nos salpica a diario no puede ser modelo político de nadie. Esta puñalada de la cocaína y las fiestas, esta obscenidad de haber esnifado el dinero del Empleo en la tierra del paro, no puede servir de orgullo, no puede ser el corazón de nadie. Esta Andalucía que ves, de tantas carencias, de tantos abusos, no es la Andalucía que se merecen los andaluces. Si el PSOE la ha adoptado como modelo y como guía, ya podemos ir calculando la distancia real que separa a esos políticos de la realidad que ves todas las mañanas en las calles y en las casas que conoces.

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09 enero 2012

Den Plirono

La prosa de los indignados ha comenzado ya a cristalizar en algunas iniciativas contantes y sonantes. La sentada pacífica de las plazas, el malestar etéreo con el sistema, empieza a tomar el cuerpo de una rebelión más práctica. Se han levantado los culos del asfalto y ahora se dirigen a una insumisión más inmediata: “Yo no pago”. El movimiento ha comenzado en Grecia y ya se está extendiendo por España, por las redes sociales que han convocado para el 15 de enero concentraciones en las estaciones metro o de autobús de varias ciudades españolas para que se dé cita allí todo aquel que quiera comenzar esta rebelión con la negativa elemental de no pagar el billete del transporte. Luego ya se les ocurrirá otra cosa. Lo único que saben hasta ahora es que en Grecia ya hay un cuarenta por ciento de los usuarios de bus y de metro que se cuelan sistemáticamente, que no pagan ni un céntimo, y que casi el sesenta por ciento de la población, incluida la mayoría de los trabajadores de las empresas de transporte, está de acuerdo con el corte de mangas porque también ellos están profundamente cabreados. “Den Plirono”, dicen en Grecia; “Yo no pago”, replican en España.

¿Puede controlarse una insumisión así, cuando la secundan miles de persona y la apoya el resto de la sociedad? Ese es el problema para los gobiernos, que este movimiento de ahora ya no se detiene en una plaza a esperar que llegue la Policía a desalojarlo. Y tampoco la Justicia, ni el Código Penal, tienen respuestas para responder a miles de acciones individuales que no superan los dos euros de un billete de transporte y porque nada hay más difuso que la autoría de una protesta masiva divulgada por internet a través de decenas de miles de contactos. En este caso, además, ya disponen de modelos de recursos gratuitos para afrontar las sanciones que puedan venir. Igual que se anuncian legalmente en España las empresas ‘quita multas’, se trata de colapsar el sistema con recursos y recursos ante los que la administración no tendrá capacidad para responder. ¿Qué ocurriría si se extendiera luego a algunos de los impuestos del Estado y a las tasas municipales?

Sólo faltaba para que un movimiento así comience a prender en España que el nuevo Gobierno del Partido Popular haya agitado el avispero del malestar social con la repentina traición de sus promesas electorales de no subir impuestos. Internamente, algunos afirman en el PP que el problema es que “no se han sabido explicar las medidas”, que es, de forma sintomática, la misma razón que se argüía en el Gobierno socialista cuando el desplome de Zapatero. Pero no es esa la razón del malestar, claro, sino la percepción de muchos ciudadanos de que la enorme burocracia política se enroca, se perpetúa, sin drásticas reformas estructurales, mientras que se exprimen los bolsillos de la calle. La peligrosa desconfianza de la clase política, esa deriva peligrosa, se observa ahora bien con la decepción temprana por la subida de impuestos del PP y la ignorancia absoluta de los debates endogámicos que el PSOE promueve ante su congreso.

Se han apagado las fiestas y llegarán las noticias de enero, esa escalada desabrida que llaman ‘cuesta de enero’. Se han ido las fiestas y llegaran los titulares de prensa con cierres de nuevas empresas, con subidas de precios, con cálculos de los nuevos impuestos… Y desde el fondo se les oirá decir: “Yo no pago”.

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06 enero 2012

Riesgo asumido


Existen, claro que existen. Tú quizás creías que los Reyes Magos sólo existen de verdad, con intensidad, en la niñez, pero que luego toda esa magia se desvanece, desaparece de la vida a medida que la realidad crece a nuestro alrededor; se agigantan las certezas y las limitaciones, y en la balanza se va quedando abrumada, empequeñecida, la inocencia. En eso tienes razón, todos lo hemos pensado alguna vez, que la niñez es la única patria de la felicidad, de la felicidad total, porque sólo entonces, en ese periodo de la vida, el ser humano se deja guiar exclusivamente por esa combinación perfecta de credulidad y de inconsciencia que conocemos como inocencia. Cuando eso sucede, cuando es la inocencia la que nos despierta cada mañana, se despliega un universo de imaginación en el que todo es posible; cualquier cosa se hace realidad ante tus ojos porque en las películas el malo siempre sale derrotado, porque el horizonte del día es el patio del colegio, porque no existen los sinsabores, ni las frustraciones, ni el desamor. En la niñez no existe el pasado, sólo el presente; ni siquiera inquieta el futuro porque en la mente de un niño esos cálculos no alcanzan y porque los planes del mañana están tan lejos que se pierden en el infinito de una vida por andar.

La felicidad se acaba cuando se convierte en un sentimiento incompleto, cuando ya no es posible abstraerse en un instante de satisfacción sin pensar en lo que hemos perdido, en lo que se ha truncado, en lo que se ha roto y nunca más podrá volverse a componer. Por eso, porque todos sabemos que la felicidad tiene su tiempo ceñido a la niñez, lo que ocurre en un día como hoy, este estado de ilusión colectiva, acaba demostrándonos que los Reyes Magos sí existen. Sólo hoy, sólo por unas horas, todo el mundo vuelve a mirar a través de los ojos de un niño. Sólo por la madrugada que acabas de vivir, sólo por el despertar de esta mañana, que no existe ningún sobresalto igual. Fíjate, por ejemplo, en la sentencia que hace unas semanas dictó un juez de Huelva, el magistrado Javier Pérez Minaya, y vas a comprobar lo que te digo. Una mujer había demandado al Rey Baltasar por el caramelazo que recibió durante la Cabalgata y el juez, en su sentencia, decidió sobreseer el caso. Y eso que, nada más comenzar a redactar la sentencia, el juez admitía que no podía ser objetivo en el proceso ya que entre él y el Rey Baltasar «existe una relación de amistad íntima». De hecho, Baltasar, el denunciado, «con el concurso del Rey Melchor y del Rey Gaspar, han venido ofreciéndome anhelados presentes cada seis de enero». Aún así, el juez de Huelva tiró de argumentos jurídicos y absolvió al Rey Baltasar por la sencilla razón de que cuando cada uno de nosotros decide acudir a una cabalgata de Reyes Magos ya sabe que habrá carrozas desde la que se lanzarán caramelos. «Y un caramelazo, como un balonazo en un partido de fútbol, o una cornada en San Fermín, es un riesgo asumido», acababa argumentando el juez en su sentencia.

Dime tú, ahora, después de haber conocido esta sentencia, si no podemos zanjar ya de una vez el debate sobre la existencia de los Reyes Magos, si hasta contamos ya con documentos oficiales que los citan como personas físicas. Y más allá de eso, dime tú ahora, con el erial de sinsabores que estamos atravesando, si este periodo expansivo de ilusión colectiva no es la prueba definitiva de su existencia. Es aquello de Unamuno: «De razones vive un hombre; de sueños sobrevive». Sólo hoy, sólo por unas horas; ese es el verdadero riesgo asumido por todos, volver a la inocencia, a la inconsciencia. Que mañana ya amanecerá otro día más.

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03 enero 2012

Sol de enero


Se van tostando las primeras sonrisas del año en la terraza de un bar de Sevilla, al calor de este sol de enero que ha vestido las mañanas con dieciocho grados en los termómetros. Puede ser éste, sí, el enero más soleado y caluroso de los últimos años y, sin embargo, extrañamente, a nadie le ha dado en esta ocasión por hablar del cambio climático. Nadie lo menciona ya; el cambio climático, como tantos otros asuntos, ha desparecido de todos los debates, de los oficiales y de los cotidianos, se ha esfumado de todos los parlamentos, de todos los bares, porque la crisis lo devora todo y también arrasa con las preocupaciones. No hay otro tema de inquietud que la penuria que arrastramos y el canguelo que produce pensar en los doce meses bisiestos de 2012. Nadie habla ya del cambio climático ni de nada que no sea la crisis económica y sólo por ese estado de shock en el que se encuentra a sociedad española se pueden explicar las reformas fiscales abrasivas con la que se ha estrenado el Gobierno de Rajoy. Quizá porque piensan en el Gobierno que el personal está tan asustado que nadie va a cuestionar las reformas que se impongan; que nadie va a achacarles ningún incumplimiento, ninguna vuelta de tuerca, ningún recorte social: que todo el mundo está dispuesto a tragar con lo que sea. De ahí esta precocidad en el engaño electoral; ni Felipe González se dio tanta prisa en desmentirse. Igual que aquel «Otan, de entrada No», llega ahora este nuevo «Impuestos, de entrada No».

Se parecen tanto las dos engañifas que, en el fondo, los dos incumplimientos se guían por la misma mentalidad de desconsideración a la ciudadanía. Sí, lo que late en el fondo es el desprecio de la gente, la creencia displicente de que la sociedad civil es, ante todo, inmadura, una masa amorfa, fácilmente maleable. Lo grave, en los dos casos, no es la decisión que se adopta, sino la forma de implantarla. Como entonces con la lógica integración de España en la estructura militar de nuestros socios y aliados, ahora la mayoría de los ciudadanos son conscientes de la gravedad sin fondo de la crisis económica española y de la necesidad urgente de acometer grandes reformas y soportar grandes sacrificios. De ahí, de esa certeza, nace la mayoría absoluta del PP y el descalabro del PSOE. ¿Qué necesidad hay de engañar a una sociedad concienciada con la crítica situación que atraviesa? Ni la desviación del déficit del Estado, que el PP ya venía anunciando desde hacía meses, ni la amenaza alemana («si no hubiéramos aprobado las medidas, nos las habrían impuesto otros», que dijo ayer el ministro de Economía), pueden ocultar la estrategia premeditada que se ha seguido para prometer una cosa y aprobar, no una subida cualquiera de impuestos, no, sino la mayor subida de impuestos de la democracia. Sin una profunda desconsideración de la madurez de la sociedad, ningún gobernante se atrevería a actuar de esta forma.

Tras la bofetada fiscal del PP, ya cuenta España como uno de los IRPF más altos de Europa, por encima de Alemania o Francia, que tiene rentas más altas que la nuestra. También el ahorro está más penalizado fiscalmente que en Europa y las empresas españolas soportan un Impuesto de Sociedades más elevado. Vaya comienzo para quien proclamaba que su prioridad era el empleo y que la subida de impuestos perjudica la recuperación económica. Deben pensar que el miedo aletarga las entendederas de la gente. Como este sol de enero.


http://acuarelas-fernandopena.blogspot.com/2011_01_01_archive.html

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28 diciembre 2011

Inocente


Aquel Ficus impertinente de Carmen Rico Godoy que le hablaba a los presidentes en los pasillos de La Moncloa, quizá no fuera sino el mismo espíritu del remordimiento. Pongamos que cuando una persona asciende hasta la cúpula del poder, la naturaleza humana fomenta su mala conciencia para que le sirva de contrapeso; y así, el resquemor le zumba en el cerebro como una mosca pesada para equilibrar el entorno meloso de lisonjas y parabienes que le dispone la corte permanente de asesores, aprovechados y pelotas. Pengamos que es así, que tendría que ser así, como el ficus de Rico Godoy que se hizo famoso en la Transición y que, aunque todos pensemos que se quedó en las hemerotecas, la verdad es que ha seguido vivo en todos los palacios presidenciales. Esta mañana, por ejemplo, el espíritu del Ficus se le ha debido de presentar a Griñán por los pasillos de San Telmo. Lo vio caminar decidido, con un paso jovial, y el Ficus lo comprendió de inmediato: ‘Nada, que el pobre se ha despertado, ha mirado el calendario, 28 de diciembre, y se ha puesto a pensar que todo es fruto de una inocentada: que no es verdad que haya perdido dos elecciones seguidas, que no es cierto que se haya peleado con su amigo Chaves, que no es verdad que en el PSOE estén pendientes del Congreso y nadie le preste atención, que no es cierto que el escándalo de los EREs siga creciendo, que no es cierto que la Junta esté sin un céntimo, que no es cierto…’ El Ficus lo comprendió nada más verlo; por eso Griñán caminaba alegre por los pasillos de palacio.

En cierta forma, una alucinación así de Griñán sería incluso disculpable porque una acumulación tan prolongada de malas noticias tampoco es habitual. Y este hombre, desde que llegó a la presidencia de la Junta de Andalucía, no ha tenido ni un respiro de fortuna. Que se conciten en el mismo punto del tiempo la peor crisis económica que se recuerda, la coyuntura electoral más desfavorable, los peores escándalos de corrupción, el malestar generalizado de funcionarios, obreros y pensionistas, y la crisis más grave de toda la democracia del partido que lo cobija; que todo eso confluya en una misma época, es como para pensárselo dos veces. Con esa inercia, ¿puede esperar Griñán que dentro de tres meses, cuando se celebren las elecciones andaluzas, se cambiará la inercia y al fin podrá disfrutar de una noche de fortuna? Es probable que ocurra, claro, porque la política tiene ese carácter aleatorio, voluble, pero si Griñán logra sortear en marzo esta conjunción de adversidades en su partido van a tener que colocarlo en un altar destacado, como esos de Santiago Matamoros.

Los parados, la quiebra del sistema financiero, la sequía de las arcas públicas, los autos judiciales adversos, las protestas enconadas de los funcionarios, la caída en picado en las elecciones, el desencanto de los militantes, el cabrero sordo de los trabajadores, el derrumbe del partido, las peleas internas… Todo lo imaginable y todo al mismo tiempo. Sí, sería hasta lógico que hoy Griñán, por un momento fuera feliz y soñara que todo ha sido una broma de mal gusto, una inocentada. Aunque al rato tuviera que entender, al mirarse al espejo, que en realidad es a él a quien se le ha puesto en estos dos años cara de monigote. Así, como en las viñetas de Idígoras y Pachi, con ojeras demacradas y ojos de tristón, una caricatura lista para recortar y utilizarla en un día como hoy.

Imagen: caricaturasdejuanito.blogspot.com

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26 diciembre 2011

Elogio de la grisura



Para deificarse entre los suyos, el presidente de Corea del Norte que acaba de palmarla, Kim Jong-il, hizo circular la leyenda de que su perfección era tan extrema que ni orinaba ni defecaba. No le bastaba con la adoración ni con el terror que había impuesto, no era suficiente con las esculturas enormes en las plazas de todas las ciudades, no bastaba con los bustos de bronce repartidos por todos los rincones, con los murales extendidos en la pared de los edificios ni con la obligatoriedad de que todos los coreanos llevaran un pin en la solapa con su efigie. No era suficiente con inventar su nacimiento en una montaña mítica, como si lo hubiera parido un águila de dos cabezas o una loba sagrada; no, aquel gordo rechoncho que ahora se ha muerto de un infarto quería presumir de que ni siquiera tenía las servidumbres de la naturaleza humana, ni orinar ni defecar. Ninguna religión ha llegado jamás tan lejos con los suyos, con sus santos, con sus mártires, con lo que se confirma otra vez que cuando la ideología ha querido combatir a la religión, lo único que pretendía era sustituirla. Es decir, que cuando un dirigente comunista repite que «la religión es el opio del pueblo» es que pretende simplemente cambiar de distribuidor, hacerse cargo del negocio de las almas. Sustituir a Dios por estos dictadores de mofletes de pan de oro. El pueblo coreano se muere de hambre, se alimenta de yerba, mientras unos sátrapas consagran el cinismo más cruel que ha conocido la política, una 'dinastía comunista'.

La lectura estos días de las noticias que venían de Corea del Norte provocaba escalofríos. Y no por la pose insoportable de aquellos que siguen defendiendo las dictaduras comunistas desde la comodidad de occidente, no. El repelús se produce cuando uno repara en la coexistencia de dos realidades tan distintas; el mundo nunca ha sido homogéneo, es verdad, pero quizá ha sido en esta última fase de la historia cuando las diferencias se han agrandado más. ¿Cuántos siglos de distancia pueden existir entre el relevo de estos días en España del Gobierno de la nación y la sucesión en el trono rojo del dictador coreano por su hijo, también mofletudo? No, no es posible el cálculo y la comparación a lo único que nos lleva es a reafirmarnos en lo nuestro y censurar sin tapujos a los impostores que defiendan la esclavitud de un pueblo en nombre de una ideología. Defensa de esta normalidad que disfrutamos, defensa incluso de esta apatía formal, sin alharacas ni concesiones, con la que se acaba se inaugurar en España una nueva era política, que ya se llama 'la era de Rajoy'. Ya no habrá más debates con sorpresas, nunca más un presidente que guarda un conejo en la chistera porque no hay ni mago, ni conejos, ni chistera, sino un pueblo acojonado por la crisis y dispuesto a aplaudir lo que le recorten.

Repitamos la pregunta: ¿Cuántos siglos de diferencia hay entre Rajoy y cualquiera de la dinastía comunista de Corea del Norte? No es posible el cálculo, no, porque no se trata de tiempo, sino de mucho más. La distancia que nos separa de aquel dictador empalagoso es la libertad, la educación, la democracia, la justicia, la igualdad. La civilización y el progreso. Aquello que debemos conservar. Por eso, este elogio incluso de la grisura.

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El profesional



Imaginemos la escena. Palacio de Oriente, 14 de abril de 1931. Los cristales de los ventanales enormes del palacio retumban con el vocerío, el estruendo, que llega de la calle. En uno de los salones, un rey abatido, Alfonso XIII, va repasando los baúles que le han preparado para el exilio y camina, arriba y abajo, para que las zancadas distraigan su desconcierto, el sudor que entra cuando se intenta comprender que sí, que todo se acabó, que la monarquía de España, tantos siglos, tanta historia, se derrumba en ese mismo instante. Y que es él, nadie más que él, quien le va a poner el punto y final. Y que así va a pasar a la historia, como el final. Es en ese momento cuando un consejero se acerca al oído del rey pensativo. Cincuenta personas le esperaban en uno de los salones para despedirse de él. Aquello reconfortó al rey: Cincuenta leales que habían tenido el valor de acercarse al palacio para despedirle, sin importales el alboroto ni las algaradas. Alfonso XIII se dio prisa y cuando llegó al salón encontró, en efecto, a cincuenta personas, mujeres, hombres y niños, que le esperaban con lágrimas en los ojos. Pero no eran los amigos del rey, nadie que hubiera asistido a sus fiestas y a sus recepciones, nadie que le hubiera regalado los oídos hasta dos días antes de caer la monarquía. No, nadie en España acudió aquel día a despedirlo, a acompañarlo en el exilio, porque aquellas cincuenta personas que le aguardaban sollozando eran empleados de la Casa del Rey, cocineros, camareros, chóferes, limpiadoras... «No veo aquí a ninguno de mis grandes...», murmuró Alfonso XIII cabizbajo.

El episodio lo contó José Luis de Vilallonga en su libro del Rey Juan Carlos para remarcar la extrema dificultad que entraña tener que pronunciarse sobre el sentimiento monárquico de los españoles. ¿Quién se atrevería a decir que los españoles son monárquicos por encima de cualquier otra cosa? Por mucho que la Corona esté tan arraigada en la historia de España como lo puede estar la inglesa, parece evidente que no debe haber aquí nadie dispuesto a mover un dedo por defender la monarquía como institución en el momento en el que las cosas se pudieran torcer. Eso no quiere decir, claro, que el personal dude en este momento de la monarquía española o que rechace a la Casa Real; en absoluto, lo que viene a significar es que la enorme adhesión a la Monarquía que existe desde la muerte del dictador lo es, sobre todo, a la figura del Rey. La adhesión no es en abstracto, al ente, a la historia, sino a la persona, a don Juan Carlos I. Y Su Majestad debió entenderlo tan pronto que desde hace treinta años no pierde ni una sola ocasión, de ninguna naturaleza, para meterse en el bolsillo a los españoles. Ya sea con un discurso oficial, ya sea con un chascarrillo en una recepción o ya sea con un exabrupto, como aquel «por qué no te callas».

Lo que ha ocurrido con Urdangarín es la última demostración de que Don Juan Carlos (y el príncipe) es muy consciente del carácter aleatorio del sentimiento monárquico en España. De ahí, la actuación contundente contra quien se ha visto salpicado por la corrupción. Ya quisiéramos todos que los partidos políticos actuaran alguna vez de la misma forma, con la mitad de la celeridad con la que ha actuado el Rey en este escándalo. Desde Camps a la familia Chaves, hay ejemplos suficientes. Como dijo él mismo de la reina, Don Juan Carlos nos ha vuelto a dejar claro lo que es por encima de todo: un profesional. Un profesional que no quiere que, pasado el juancarlismo, a su hijo lo despidan con sollozos los sirvientes como le pasó a Alfonso XIII.

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13 diciembre 2011

El conde necio



El coraje del necio siempre tiene que nacer de su osadía inconsciente. Se es necio porque se es osado, o al revés, porque el caso es que de esa Babia brotan, sin mesura, sandeces y provocaciones que, para colmo, se acaban ofreciendo como muestras inequívocas de un gran coraje. Lo que le ha ocurrido ahora Cayetano Luis Martínez de Irujo y Fitz-James Stuar, Conde de Salvatierra, es justamente eso, que le habrán hecho creer que sólo él es capaz de cantar las cuarenta, de desvelar aquello que nadie es capaz de denunciar; que ha tenido que venir un follonero catalán a su finca para que todo el mundo se entere de lo que ocurre en Andalucía. Es la osadía del necio, del cínico, utilizada en su beneficio por la insufrible displicencia catalana de superioridad. Y ni unos ni otros saben de qué están hablando, acaso porque tampoco les importa.

Por principios, un conde no pueden dar lecciones de justicia social. Entre otras cosas por su propio bien, para evitarle el patetismo cruel en el que acaba sucumbiendo. Si Cayetano se convirtió ayer en el líder indiscutible de las redes sociales (fue ‘trending topics’ en twitter) no fue por valentía, fue líder porque el personal se tenía que restregar los ojos cuando lo veía allí, en su sofá, con su cara de pijo, su acento de pijo, su casa de pijo, dando lecciones de trabajo, de esfuerzo, de dedicación. «A nadie le regalan nada», decía en su entrevista Cayetano Martínez de Irujo, propietario por herencia de varias decenas de miles de hectáreas, y la inclinación natural era la de propinarle un codazo al que estuviera al lado para que no se pierda el espectáculo del conde metido a filósofo y consejero.

Es tan bobo e inconsciente el discurso del conde, que resulta que, de los casi ocho millones de habitantes que pululan por Andalucía, quizá no se puedan contar con los dedos de una mano los que tienen más motivos para callarse que Cayetano Martínez de Irujo. Un solo dato: con la crisis, desde Bruselas se ha comenzado a deslizar que en el futuro tendrán que limitarse las ayudas agrarias que se aprueban cada año. El objetivo expresado es que se establezca un tope y que ningún propietario pueda cobrar ni un céntimo por encima de esa cantidad. La cifra que se quiere establecer de tope son trescientos mil euros. ¿Y saben qué? Pues que esa cantidad, trescientos mil euros, es la décima parte de lo que recibe la Casa de Alba anualmente de ayudas de la Unión Europea. ¿Cómo puede el conde pontificar sobre la cultura de la subvención cuando la Casa de Alba se arruinaría directamente si se suprimieran esas ayudas?

La Casa de Alba le aporta a Andalucía y a España cultura, historia y patrimonio. Discutirlo o cuestionarlo es un síntoma de idiotez. Pero, que se sepa, de lo que nunca han sido referentes los miembros de la Casa de Alba es de promover, con las infinitas posibilidades que les ha dado la cuna, la cultura emprendedora, la innovación, el desarrollo. La Casa de Alba es una institución respetable, aunque sus moradores se despeñen por la frivolidad. Y la cultura de la subvención es una realidad lacerante que, por desgracia, no sólo afecta en Europa al campo andaluz. Es un debate largo y complejo que no se resuelve con el trazo grueso del PER. Eso es una osadía propia de necios. Tan fácil, tan banal, como retratar a este conde con aquellos versos de Machado que hablaban de un señorito andaluz, «diestro en manejar el caballo y un maestro en refrescar manzanilla».

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12 diciembre 2011

Los amiguitos



«¿Y dónde está la diferencia?», me pregunta un amigo desconcertado, mientras repasa las últimas noticias sobre el procesamiento de Francisco Camps, a partir de hoy, por aquella historia grotesca de los trajes que le regalaba su «amiguito del alma», Álvaro Pérez, ‘el bigotes’. «¿Por qué Francisco Camps se va a sentar hoy en el banquillo por cuatro trajes y, sin embargo, sobre Manuel Chaves no existe ni siquiera una investigación judicial a pesar de que era su propio hijo quien firmaba contratos como ‘comisionista’?».

Nada tienen que ver, desde luego, los dos escándalos, intento aclararle, y, en todo caso, cuando se plantean algunos paralelismos como éste de Chaves y Camps, lo mejor es analizar cada uno de ellos; que esa mezcla, esa confusión, es la que se busca siempre para exculpar las responsabilidades de uno con los abusos del otro. En cualquier caso, es verdad que la pregunta merece la pena. Porque, por extraño que parezca, la diferencia estriba en que la legislación española, el Código Penal, es mucho más contundente frente a un político que recibe regalos que ante el familiar de un alto cargo que vende favores. Dicho de otra forma, es mucho más complejo probar el tráfico de influencias que podría haber cometido el hijo comisionista de Manuel Chaves que demostrar el cohecho impropio en el que pudo incurrir Camps cuando recibió los regalos del ‘bigotes’. Para probar el cohecho impropio sólo hace falta la constancia de la dádiva, porque el propio Código Penal especifica que no es necesario, siquiera, que el funcionario agasajado conceda a cambio ningún favor: el sólo hecho de recibir el regalo, ya está penalizado. Como recordó luego el Tribunal Supremo, para el cohecho impropio basta con la aceptación de un regalo «en consideración a la función o cargo desempeñado». Y está claro que si Camps recibía los regalos era, exclusivamente, por la relevancia de su cargo. Es decir, exactamente igual que ocurre en el caso de Iván Chaves, con la diferencia esencial de que la regulación del tráfico de influencias es mucho más exigente: se precisa demostrar que una persona (alto cargo, funcionario o particular) ejerce una influencia decisiva sobre otro funcionario o autoridad y que el resultado de todo ello es un beneficio económico. Tan complejo es demostrarlo que, por esa razón, en España apenas hay condenados por tráfico de influencias.

Al final, por tanto, la única comparación posible es que El ‘Bigotes’ e Iván Chaves ejercían de ‘amiguitos’. Y en una democracia, ese rasero de ética debería ser suficiente, con independencia de lo que diga el Código Penal.

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11 diciembre 2011

Lealtad



Nada se construye sin la lealtad porque, en las relaciones de los seres humanos, la lealtad es la argamasa que nos une; tan iguales, tan distintos, tan unidos, tan separados. La lealtad que se transparenta en la mirada del otro, cuando los ojos transmiten la serenidad de saber que estamos delante de alguien en quien podemos confiar. La lealtad, aunque sólo sea por un principio elemental de supervivencia, un instinto animal, de ahuyentarnos de los depredadores que se acercan con sigilo a tu entorno. La lealtad, sí, porque como dijo el sacerdote napolitano Antonio Genovesi, «hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca». La lealtad de los vecinos, de los amigos, de los amantes, de los compañeros de trabajo, de los familiares, de los hermanos, de los pueblos. La lealtad como fundamento de cualquier empresas colectiva. Esta semana, cuando hemos celebrado el día de la Constitución, muchos han hablado de reformas y de revisiones, pero lo que quizá ha faltado es que alguien dijera que lo que está fallando aquí es la lealtad.

Un pacto de lealtad que nos haga avanzar sin mirar nunca más hacia atrás, como en una fábula griega que nos atrapa en un laberinto de pesadillas que se recrean a cada instante. Un pacto de lealtad que nos devuelva la estabilidad de una nación sin dudas, sin recelos, sin agravios. Tres mil años de historia tiene esta tierra y, después de tantas idas y venidas, conquistas y reconquistas, esplendor y miseria, la deuda pendiente que tiene España consigo misma es la de aceptarse como es, distinta y común, diferente y unida; única. Y ahora que atravesamos esta crisis que nos devuelve al suelo, ahora que caminamos junto al abismo, en esta etapa crítica se abre el momento de pararnos a considerar que no podemos seguir adelante sin la confianza básica de sabernos leales. Diferentes y solidarios; distintos y semejantes, pero iguales en lo fundamental: leales. La historia lo reclama y ésta es la generación que tiene que pasar esa página.

Un pacto de lealtad es lo que reclama la España moderna que en esta década ha vivido el último zarandeo del egoísmo nacionalista con la oleada de reformas de los estatutos de autonomía que, en muchos casos, acabó despeñándose por el absurdo. Porque, a pesar de que todo eso está tan cerca, ya están otra vez los nacionalismos catalán y vasco reclamando una nueva revisión de «la relación con España». Al Partido Popular y al PSOE se le exigen para la nueva etapa que se abre ahora el entendimiento en las reformas que son necesarias para normalizar los mercados financieros y devolver la economía a balances de crecimiento, pero nada de eso será posible si, de forma paralela, en España nadie es capaz de encontrar un modelo de Estado definitivo, estable. Para ello, sólo dos condiciones previas son necesarias. La primera, que hay que perderle el miedo a las palabras, como el estado federal, y a las reivindicaciones, como la autonomía fiscal y financiera para que cada región, cada autonomía, pueda avanzar por sí sola, con menos dependencia centralista. La segunda condición, se engarza a la primera: cualquier modelo que se establezca debe garantizar la solidaridad entre territorios, la unidad de España y la renuncia expresa de los nacionalismos a seguir planteando la amenaza de la desafección. Antes de que, de nuevo, nos arrollen los acontecimientos, desde estas regiones viejas, Castilla o Andalucía, Asturias o Valencia, tendría que surgir la voz. Un pacto de lealtad.

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10 diciembre 2011

Europa nunca



Como nos hemos acostumbrado a caminar al borde del precipicio, quizá ya hemos olvidado quiénes somos, dónde estamos, qué nos amenaza. Mirad a Europa, miraos todos, antes de que comience a caminar el desaliento, antes de que los discursos populistas, autárquicos, corran por las aceras y se ahuequen en los micrófonos; antes de que nos quieran bendecir con el terruño y agiten el agravio de las imposiciones extranjeras. Antes, detened la mirada en el pasado para aprender de los errores y comprended entonces que no hay futuro si Europa desiste de ser Europa. Nada hay en el horizonte si Europa no se reivindica a sí misma, si no entiende que tiene que conquistar de nuevo la historia, si no se despereza, si no se busca, si no se alza sobre la nostalgia de su pasado.

Esta tierra, que es el continente más viejo, el más pequeño, el más fraccionado, la cuna de la civilización y del mayor progreso que ha sabido alcanzar el ser humano; pues esta tierra es probable haya acabado traicionándose a sí misma por la propia profundidad de su historia. Quizá han sido las raíces históricas las que han maniatado, las que han impedido reinventarse para construir un proyecto nuevo. Son las conquistas del pasado, las glorias del pasado, las que dificultan luego el acercamiento, las que han fomentado las disputas y han socavado las alianzas. Y generación tras generación, esos vicios históricos han ido conformando una sociedad lastrada por las mayores lepras del presente, el relativismo, el conformismo, el desinterés... El egoísmo histórico de los europeos que se ha expresado en momentos cruciales de su historia, como ante la amenaza nazi en la Segunda Guerra mundial. Aquello que dijo el presidente Roosevelt sobre los europeos, incapaces de sacrificarse ni por ellos mismos, ni por su propio bienestar. O la pendiente suicida por la que lleva meses despeñándose el corazón de Europa, Bélgica, el espejo roto en el que podemos mirarnos todos porque es allí donde el desinterés ciudadano, la ceguera nacionalista y la inoperancia política son capaces de aliarse hasta la destrucción del mismo Estado.

Europa nunca se ha visto a sí misma como un continente, como una unión. Aquellos que más historia tienen en común, aquellos que más méritos reúnen, que más orgullo pueden blandir, son quienes tienen más dificultades para entender que los nuevos tiempos ya sólo pueden afrontarse con unión. Esa es la paradoja que, como ocurre estos días en una nueva cumbre europea, se extiende ante nosotros como una sombra.

Somos brotes verdes de razas viejas, como cantó el poeta: «Anoche, brotes verdes de raza vieja, he visto,/ dentro de mí, la mano de plata del invierno./ Iba el álamo mágico desnudando su copa,/ hoja a hoja de fuego». Después de tanto tiempo, nos hemos acostumbrado a dormir en el alambre y acaso hemos olvidado el vértigo y el precipicio.

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08 diciembre 2011

Lealtad



Nada se construye sin la lealtad porque, en las relaciones de los seres humanos, la lealtad es la argamasa que nos une; tan iguales, tan distintos, tan unidos, tan separados. La lealtad que se transparenta en la mirada del otro, cuando los ojos transmiten la serenidad de saber que estamos delante de alguien en quien podemos confiar. La lealtad, aunque sólo sea por un principio elemental de supervivencia, un instinto animal, de ahuyentarnos de los depredadores que se acercan con sigilo a tu entorno. La lealtad, sí, porque como dijo el sacerdote napolitano Antonio Genovesi, «hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca». La lealtad de los vecinos, de los amigos, de los amantes, de los compañeros de trabajo, de los familiares, de los hermanos, de los pueblos. La lealtad como fundamento de cualquier empresas colectiva. Ayer, que era el día de la Constitución, muchos hablaron de reformas y de revisiones, pero lo que quizá faltó decir es que los que lo que está fallando aquí es la lealtad.

Un pacto de lealtad que nos haga avanzar sin mirar nunca más hacia atrás, como en una fábula griega que nos atrapa en un laberinto de pesadillas que se recrean a cada instante. Un pacto de lealtad que nos devuelva la estabilidad de una nación sin dudas, sin recelos, sin agravios. Tres mil años de historia tiene esta tierra y, después de tantas idas y venidas, conquistas y reconquistas, esplendor y miseria, la deuda pendiente que tiene España consigo misma es la de aceptarse como es, distinta y común, diferente y unida; única. Y ahora que atravesamos esta crisis que nos devuelve al suelo, ahora que caminamos junto al abismo, en esta etapa crítica se abre el momento de pararnos a considerar que no podemos seguir adelante sin la confianza básica de sabernos leales. Diferentes y solidarios; distintos y semejantes, pero iguales en lo fundamental: leales. La historia lo reclama y ésta es la generación que tiene que pasar esa página.

Un pacto de lealtad es lo que reclama la España moderna que en esta década ha vivido el último zarandeo del egoísmo nacionalista con la oleada de reformas de los estatutos de autonomía que, en muchos casos, acabó despeñándose por el absurdo. Porque, a pesar de que todo eso está tan cerca, ya están otra vez los nacionalismos catalán y vasco reclamando una nueva revisión de «la relación con España». Al Partido Popular y al PSOE se le exigen para la nueva etapa que se abre ahora el entendimiento en las reformas que son necesarias para normalizar los mercados financieros y devolver la economía a balances de crecimiento, pero nada de eso será posible si, de forma paralela, en España nadie es capaz de encontrar un modelo de Estado definitivo, estable. Para ello, sólo dos condiciones previas son necesarias. La primera, que hay que perderle el miedo a las palabras, como el estado federal, y a las reivindicaciones, como la autonomía fiscal y financiera para que cada región, cada autonomía, pueda avanzar por sí sola, con menos dependencia centralista. La segunda condición, se engarza a la primera: cualquier modelo que se establezca debe garantizar la solidaridad entre territorios, la unidad de España y la renuncia expresa de los nacionalismos a seguir planteando la amenaza de la desafección. Antes de que, de nuevo, nos arrollen los acontecimientos, desde estas regiones viejas, Castilla o Andalucía, tendría que surgir la voz. Un pacto de lealtad.

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07 diciembre 2011

Nos engañan



Nos engañan. Esa es la sospecha primera, quizá el desencadenante fundamental de esta crisis que arrasa el mundo. Nadie le dice la verdad a nadie y llega un momento en el que, como ocurre siempre en la vida, el pus acumulado de la falsedad erupciona como un volcán disperso, común; erupciona en las sedes de los bancos, en las empresas, en las casas, en los gobiernos, en los estados, en las instituciones, en los mercados, en las empresas... Demasiados años en los que nadie decía la verdad y ahora el estallido de la crisis se asemeja a esas bombas de racimo por su terrorífico poder devastador entre la población civil.

Nos engañan, y tiene que ser porque la verdad todavía se oculta por lo que la ministra italiana de Bienestar, Elsa Fornero, rompió a llorar el otro día cuando anunciaba los recortes que se van a imponer allí para no seguir cayendo en el vacío. Estaría bien creer que ahí, en esas lágrimas, está el corazón de la crisis, que la estadística implacable de los parados y los arruinados tiene sentimientos, pero sabemos que no es así, que nadie puede creerse que a una mujer como ella, una prestigiosa profesional que ha entrado en el Gobierno hace menos de un mes con la única misión de aplicar un duro programa de ajuste, se le salten las lágrimas y se le haga un nudo en la garganta al pronunciar la palabra «sacrificio». Elsa Fornero llegó al ministerio con un sólo programa de gobierno, aplicar recortes al Bienestar, y si ahora sale llorando no debe ser por ampliar la edad de jubilación ni por subir los impuestos; si llora debe ser porque la quiebra del estado italiano que ha descubierto al entrar en el Gobierno será mucho mayor de la que esperaba, de la que aún hoy se admite e, incluso, mucho mayor de la que puede contarse sin que cunda el pánico.

Nos engañan, y la mentira de las lágrimas de Italia es la misma mentira con la que aquí se anuncia alegremente que las cuentas públicas de las autonomías están saneadas, que la deuda se ha controlado y que se ha logrado contener el déficit. Hace unos días, el Gobierno andaluz decretó cerrar el año un mes antes, a treinta de noviembre. Se 'cierra el grifo' del gasto corriente y un mes completo se esfuma de la contabilidad de 2011, quizá para camuflar el déficit real con el que se acabará el año. Cuando comience 2012, nacerá ya con la carga añadida del mes de pagos que se le ha hurtado a este año. Ingeniería financiera que se adopta en Andalucía, lo mismo que en Galicia, Cataluña o Castilla y León para que todos podamos concluir que sí, que nos engañan.

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02 diciembre 2011

El buzo



Debe estar Griñán con el sentimiento del buzo de Schiller, aquel que se tragaron las olas. El buzo de Schiller, el poema que cita Freud del rey caprichoso y avaro que llevó a su pueblo hasta el abismo de unas rocas escarpadas para contemplar cómo rugía abajo el mar abajo con un bramido terrorífico de olas, un torbellino hambriento de aguas que engullía todo cuanto pasaba a su alrededor y un estallido frío de espuma blanca. El rey se bebió de un solo trago la copa de vino y la alzó en su mano: «Quién se atreve, caballero o escudero, a sumergirse en este abismo? Arrojaré una copa de oro abajo; ya la he vaciado en la negra boca. Quien me pueda mostrar la copa de nuevo puede quedársela, será suya». Todo el mundo dio un paso atrás, menos un joven valiente, impetuoso, que, sin pensarlo más, se lanzó al mar, directo al agujero negro del torbellino, para rescatar la copa del monarca. Y lo que vio allí dentro, cuando se lo tragaban las olas, sólo podría describirse con las palabras que describen el infierno. Cuando, al fin salió a la superficie, suspiró su alivio con una sola frase: «¡Alégrese quien respira a la rosada luz del día!» Así mismo debe estar el presidente Griñán, cada mañana, cuando algún amigo le llama al despacho, cuando se lo cruzan por los pasillos algunos compañeros, cuando se va a comer con sus colegas. «Qué, presidente, cómo van las cosas». Y él, imperturbable, con la resignación de quien se sabe derrotado, contesta como el buzo: «Alégrese quien respira a la rosada luz del día!»

Nada le ha salido bien a José Antonio Griñán desde que llegó a la presidencia de la Junta de Andalucía, quizá porque demasiado temprano comenzó a renunciar a todas aquellas reformas que pretendía. Esta última encuesta de la propia Junta de Andalucía, el IESA, confirma el imposible estadístico con el que Griñán, y el PSOE andaluz, afrontan la campaña electoral de marzo: la dificultad de remontar en cuatro meses la tendencia de tres años. Lo de menos es que los andaluces crean que el PP va a ganar las próximas elecciones y que le saque diez puntos de ventaja, lo peor son todos los detalles que acompañan a ese ambiente generalizado de cambio. En la comparación, la mayoría de los encuestados piensa que Javier Arenas, su rival directo, va a gestionar mejor la creación de empleo, y también la educación. Piensa la mayoría, de la misma forma, que Arenas está más preparado para resolver los problemas de Andalucía, que tiene más credibilidad y que, en consecuencia, que lo haría mejor que Griñán como presidente de Andalucía. Hasta en la pregunta de si tendría que renunciar Griñán a ser el candidato del PSOE, el personal responde afirmativamente. Hay otros valores que en los que se impone Griñán (honestidad, capacidad de diálogo), pero la sensación general que transmite la encuesta sólo permite constatar lo que desde hace tiempo se ha convertido en un escalofrío dentro del partido, el vértigo del final de ciclo.

(Luego de salir a la superficie, el rey caprichoso y avaro, le propuso al joven buceador lanzarse de nuevo al torbellino de olas y de espuma, para relatarle con más detalle cómo son las fauces del infierno. Si lo hacía, suya sería su hija, a la que podría tomar como esposa, y también una parte de su fortuna. Pero el joven se lanzó de nuevo al mar y ya no volvió más.)

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30 noviembre 2011

Perdón negro



Hasta el perdón ha sido una burla, hasta el final se ha mantenido la calculada estrategia de los asesinos, hasta la última palabra ante el tribunal, el juicio de Marta de Castillo ha estado transitando, idas y venidas, por las callejuelas oscuras y pestilentes de las declaraciones de los implicados, ese juego cruel de testimonios exculpatorios, mareantes y frívolos, de esa gentuza que hasta el perdón lo ha convertido en burla. El perdón como argucia final que busca los favores y las garantías de un Estado de Derecho del que se han mofado desde que asesinaron a Marta del Castillo y condenaron a su familia a la humillación de no poder arrodillarse nunca ante su cadáver, para hablarle a la lápida que trae los recuerdos, para llorarle al mármol en el que repasan con la yema de los dedos su nombre grabado. Hasta el perdón, que es la última oportunidad que tiene un ser humano para sentirse digno, lo han convertido en burla esas alimañas.

Pero es justamente por eso, porque la vista oral ha concluido ya, por lo que tendríamos que imponernos ahora la obligación de no caer nunca más en la sucia maniobra de esos delincuentes. Tenemos que sobreponernos al horror de los últimos años, a la indignación acumulada por tantos días de mentiras, para comenzar, con la serenidad que pueda traer el final de esta pesadilla judicial, a mirar hacia atrás en el proceso con ojos de autocrítica. Analizar, desde que se inició la investigación, qué ha podido fallar para que «cuatro niñatos» –que ha sido la expresión más usada en este proceso– se hayan mofado de policías, fiscales, jueces... Se han reído de una sociedad entera y han pisoteado la confianza de todos en la Justicia. Alejémonos de todo eso, huyamos del sarcasmo, y comencemos a repasar todo lo sucedido para que en el futuro no ocurra nunca más. Por ejemplo: ¿Podemos considerar que la actuación de la Policía no ha fallado en ningún momento? ¿Podría ser que uno de los problemas fundamentales ha sido el haber sustentado en exceso la investigación en los testimonios de unos delincuentes? ¿Y la Ley del Menor? ¿Puede mantenerse por más tiempo el absurdo de juicios separados para menores y adultos en este tipo de delitos? ¿Y los abogados? ¿El Código deontológico no debería implacable antes algunos excesos de las defensas?

Ayer, cuando ya se acabó todo, cuando se cerraron las puertas de los juzgados de Sevilla en los que se ha celebrado el juicio, la madre de Marta del Castillo se echó a llorar. Cada vez que veo esa foto suya, cada vez que veo a esa mujer tragándose las lágrimas que le corren por las mejillas... Cada vez que se mira esa foto, cualquiera se angustia al darse cuenta de que, aunque lo intente, le es imposible calcular el calvario de esos padres. Cada noche, cuando cierran la puerta y ven la habitación de su hija vacía. Ese dolor merece, al menos, el ejercicio sereno de la reforma y la autocrítica.

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29 noviembre 2011

Derecho arbitrario



«Ningún hombre es él solo. Cada uno de nosotros somos con otros». Es la primera frase del libro de Derecho Romano de Juan Iglesias que se estudia en las universidades y, para despertar en los alumnos la admiración por el Derecho, quizá no haya mejor expresión que esta invocación a la certeza primera que tiene el hombre: que no está sólo en este mundo, que vive en sociedad y que, a diferencia del resto seres vivos, la convivencia está regulada por un conjunto de normas. «El Derecho hace posible la sociedad, la vida en común, la con-vida, al disciplinar los sentimientos, los quereres, los impulsos de los sujetos». El derecho regula la convivencia y el Estado de Derecho nos garantiza que nadie podrá situarse por encima de las leyes, que el poder supremo de una democracia radica en esa garantía: todos los ciudadanos son iguales ante la Ley.

A veces es preciso rescatar los pilares en los que se asienta nuestra convivencia para, sin imposturas ni exageraciones, concederle a algunos de los episodios de la actualidad la trascendencia real que tienen o que deberían tener. El indulto del banquero Alfredo Sáez y al ‘trato de favor’ a un sobrino de Chaves, condenado por abuso de menores, son dos noticias sobrecogedoras. Primero, por la gravedad de las informaciones en sí y, en segundo lugar, por la digestión inmediata que se hace de ellas, como si tal cosa. ¿Pero cómo vamos a aceptar, sin más, que un Gobierno en funciones indulte a un banquero que, en compañía de un juez corrupto, presentó a sabiendas una denuncia falsa contra unos tipos inocentes, que fueron encarcelados? ¿Por ese delito, una multa? ¿Como si se le hubiera olvidado meter el importe de una conferencia en la declaración de la renta? No, claro que no; como han resaltado las asociaciones judiciales, se trata de un exceso inasumible del Gobierno, que pisotea al Tribunal Supremo y que nos insulta a todos los ciudadanos; a todos los que formamos parte de esta sociedad, a todos lo que queremos vivir en una sociedad en la que nadie está por encima de la ley. Si el Derecho hace posible la sociedad, la arbitrariedad y el trato de favor, la parcialidad en la ejecución de las sentencias, destroza la idea misma de esa sociedad civilizada porque la devuelve a la ‘ley de la selva’, el imperio del más fuerte, del más poderoso. Y la sociedad española, y la clase política, ha digerido ese engrudo con la mayor tranquilidad: ya nadie habla de Alfredo Sáez.

El mismo manto de silencio que ha sucedido a las revelaciones sobre el sobrino de Manuel Chaves, beneficiado misteriosamente por un trato de favor que es probable que nunca, jamás, se le haya concedido a un recluso de sus características. ¿Con una condena firme de cárcel por abuso de menores y el precedente de una condena anterior por exhibicionismo se le concede el tercer grado penitenciario nada más solicitarlo? ¿Y sin haber abonado, si quiera, la sanción económica que se le impuso? No, que no, que no se trata de una forma de proceder normal por la sencilla razón de que en las cárceles debe haber cientos de presos con delitos menores a éste que llevan meses y meses tramitando el tercer grado.

«Pura monstruosidad es un Derecho abstracto, dirigido a hombres también abstractos. Desdibujados quedan el Derecho, el hombre y su vida en las hinchadas y coloristas formulaciones de laboratorio», añadió Juan Iglesias. Una monstruosidad mayor debe ser un Derecho arbitrario.

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24 noviembre 2011

Mamá Grande



Me has llamado sólo para decirme que las noticias de esta mañana te han traído el recuerdo de tu abuela, que su imagen la han dejado a tus pies, como dejan las olas las caracolas en la arena y las descubres por la mañana, cuando paseas por la playa. Me has llamado sólo para decirme que te ha emocionado su recuerdo, porque fue ella quien cuidó de ti hasta la adolescencia, porque tus padres se habían separado y tu madre no encontraba horas al día para estirar las cuatro perras que ganaba; horas a deshoras, deshoras tras las horas y horas. Todo el día trabajando y tú, mientras tanto, peinando muñecas en la mesa de camilla de tu abuela, recorriendo con cuidado los trazos precisos del cuaderno de caligrafía, comiendo con burla las fichas del parchís, hasta que tu madre llegaba, vencida, rendida, como el día, y te encontraba acurrucada en los brazos de tu abuela, dormida, ya. Y así, día tras día, noche tras noche, la vida, tu vida entera, fue creciendo al lado de tu abuela.

Dices que tu abuela, como la Mamá Grande de García Márquez, «tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza», y que por eso no la oíste rechistar jamás. Ningún reproche, dedicación exclusiva sin pedir nada a cambio, nunca, porque esa gente, la gente como tu abuela, como tantos abuelos, tienen, es verdad, la serenidad escrupulosa de la que hablaba García Márquez, pero también la dureza de los años de plomo que vivieron en la España de la posguerra. Esa experiencia, la rudeza de esos tiempos, la necesidad de ganarle la batalla a la vida todos los días, atestaron de seres excepcionales las generaciones que nos han precedido, sacrificados, humildes, abnegados. Ellos son ahora los abuelos de la crisis, esos que han salido en las noticias de ayer, la estadística que ha descubierto que el cincuenta por ciento de los abuelos cuidan a diario de sus nietos y que la otra mitad tiene que hacerse cargo de ellos varios días a la semana. Primero fueron los divorcios, cada vez más numerosos, cada vez más tempranos, y ahora la crisis, los recortes de cada familia, el dinero que ya no llega para pagar la guardería, ni siquiera a la vecina que hacía de canguro. La red de seguridad de la sociedad española es la familia; la explicación de porqué no estalla en la calle una sociedad con un treinta por ciento de paro está ahí, en el comedor de los abuelos.

Me has llamado sólo para decirme que las noticias de esta mañana han dejado a tus pies el recuerdo de tu abuela, como las olas dejan en la orilla las caracolas en las que escuchamos el mar. De la misma forma, tú has vuelto a verla sonreír, y has notado su abrazo, has sentido su calor, su olor, su paciencia gigante como su ternura. La crisis no podía acomodarse en otros brazos; la generación más abnegada, más puteada, de la historia reciente de España. Los abuelos de la crisis... Abre bien los ojos, que tu abuela te está buscando para consolarte.

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22 noviembre 2011

Tres veces



La cuenta atrás ha comenzado ya para José Antonio Griñán. Fue el domingo, al mismo tiempo que se cerraba el escrutinio de las elecciones generales y se confirmaba el hundimiento del PSOE. Ahí, en ese instante, comenzaba la cuenta atrás de la estrategia que se marcó hace seis meses, cuando se negó a convocar las elecciones andaluzas el mismo día que las elecciones generales. El partido se lo había pedido con una razón poderosa: ‘es necesario movilizar a todo el partido, fundamentalmente en aquellas regiones donde más fuerza electoral hemos demostrado siempre’. Y qué mejor que una doble convocatoria, elecciones generales y andaluzas, para que el PSOE de Andalucía desplegara la maquinaria social con la que viene ganando elecciones desde hace treinta años. Esas eran las razones, pero Griñán se enrocó en sí mismo: decidió que la derrota que vendría, la de las elecciones generales, no podía ser su derrota; que lo único que le convenía para mantener el poder en Andalucía era alejarse lo más lejos posible de Zapatero. Ayer, al contemplar los resultados de las elecciones generales en Andalucía, Griñán pudo pensar incluso que lo ocurrido le ha dado la razón, porque con la extrapolación de los resultados el Partido Popular habría obtenido la mayoría absoluta en el Parlamento andaluz. ¿Ha acertado, pues?

Si la secuencia se detuviese ahí, es evidente que Griñán podría pensar que se ha salvado de la quema; que la coincidencia de las elecciones no hubieran supuesto otra cosa que una doble derrota para el Partido Socialista y, por ende, su final político inmediato. Pero, al margen de que no sabemos qué hubiera ocurrido con una campaña distinta (ahí está el ejemplo de Alfonso Guerra, que por primera vez se ha echado la campaña a la espalda, se ha multiplicado en dos semanas, desde Radio Betis al último hogar de pensionista de la Sierra Norte de Sevilla, y ha logrado ganar en votos y en escaños), lo que es evidente es que la secuencia política no se detiene aquí. Para que a Griñán le salga bien la estrategia, todavía tiene que conseguir lo fundamental: invertir la tendencia electoral que, desde que llegó a la Junta, se ha mostrado implacable en su contra. Griñán se ha salvado de la ‘quema’ de Zapatero, sí, pero sólo eso.

Tres datos avalan el pesimismo para el PSOE de Andalucía. El primero es que, aun cuando Zapatero se borró del cartel ya en las elecciones municipales y autonómicas, el electorado no lo ha percibido como una rectificación suficiente. El segundo es que la insistencia en la política del ‘miedo a la derecha’, en la que sigue instalado el PSOE como único argumento, ya no tiene ninguna repercusión electoral relevante; sencillamente se ha dejado de ver al Partido Socialista como el único garante de las políticas sociales, quizá porque la prioridad ahora es otra más perentoria: el desempleo, la tiesura, la parálisis económica. Y el tercero es que, ahora, Griñán tendrá que poner en marcha la maquinaria electoral del PSOE de Andalucía en el periodo de mayor convulsión interna que se conoce desde aquel congreso en el que Felipe González forzó la renuncia del marxismo.

De aquí a las elecciones autonómicas de marzo, a Griñán le espera una selva de problemas internos y de desafección externa a las siglas que representa. Ayer, el presidente se agarró a la esperanza: “es posible remontar la diferencia”. Pero eso ya lo dijo en las elecciones municipales y en estas últimas generales: “Digan lo que digan las encuestas vamos a ganar, porque las encuestas se publican para robarnos la voluntad” (7-5-2011). “El vuelco electoral en Andalucía es que vamos a ganar" (5-11-2011). Tres veces ha dicho lo mismo y cada vez que lo dice, en la calle, a su paso, parecen cantarle aquel bolero desgarrado de Paquita la del Barrio: “Tres veces te engañé/ la primera por coraje/ la segunda por capricho/ la tercera por placer. Tres veces te engañé/y después de esas tres veces/ no quiero volverte a ver”.

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21 noviembre 2011

Franco ha muerto



Tenía que ser así, que fuera la izquierda la que convocara unas elecciones generales el 20 de noviembre, en el aniversario de la muerte del dictador, y que ese día, en esa jornada electoral, fuera la derecha la que obtuviese la mayor victoria en la democracia para el Partido Popular. Tenía que ser así, y tenía que ser en España, porque en este país se arrastra desde la dictadura, y desde la Guerra Civil, un prejuicio político que ha deformado la percepción normalizada de la izquierda y de la derecha, con la condena de estar resucitando siempre la sangría fratricida por la que se despeñaron los españoles. Tenía que ser así para que el fantasma del cainismo, la tensión de los enfrentamientos, se olviden para siempre; para que la izquierda y la derecha superen en la memoria colectiva, y sobre todo en el debate político, el pesado lastre del pasado.

La lección, es verdad, habrá de aplicársela fundamentalmente el Partido Socialista, porque ya no se imagina que pretenda seguir manteniendo por más tiempo el discurso repetido del ‘miedo a la derecha’. No, después de haber perdido en unas elecciones casi a la mitad de su electorado (un cuarenta por ciento menos de apoyo, casi cinco millones de votos han rechazado las siglas), ya no es ni viable ni sensato el recurso fácil, y gastado, del espanto del adversario. Los ciudadanos, los votantes del PSOE, ya lo anunciaron en las pasadas elecciones municipales y autonómicas y ayer, de nuevo, el discurso del miedo a la derecha en el que ha vuelto a reincidir el PSOE en esta campaña electoral, el vídeo aquel de la mucama y el niño pijo camino del colegio, ni siquiera han evitado el mayor batacazo en las urnas. El suelo de los ciento diez escaños hasta el que se ha precipitado ahora el Partido Socialista tienen que llevarlo necesariamente a una refundación de las ideas: el manual de campaña de la Transición ya no sirve en unas elecciones.

No, ya nada será igual, de la misma forma que el Partido Popular, tras estas elecciones, tendría que alejar de sí mismo la pulsión persistente de ejercer la política con antipatía, con dureza, con crispación. También todos aquellos que, dentro del Partido Popular, veían en Rajoy a un pusilánime, un político débil y acomplejado, deberían reparar ahora que sólo cuando el Partido Popular ofrece una imagen real de centro es capaz de arrasar en las urnas: lo consiguió Aznar hace once años, antes de dejarse llevar por la soberbia del poder, y lo ha conseguido ahora Mariano Rajoy después de arrinconar al sector más duro de su partido y de su entorno, aquellos que quisieron tumbarlo en Valencia tras las elecciones de 2008. También ellos han perdido en estas elecciones, la ‘derecha dura’ del Partido Popular que pedía otra política.

Cada jornada electoral acaba convirtiéndose en el epicentro de un movimiento mayor, las consecuencias encadenadas que se suceden en los partidos políticos cuando se van sedimentando los resultados. La victoria y al derrota discurren por caminos diferentes, pero en esta ocasión pueden encontrarse en el mismo sendero. Por eso, tenía que ser así, que se celebraran unas elecciones en España el 20 de noviembre y que ese día nadie ni nada nos recordara al dictador. Ayer domingo, 20 de noviembre, unas elecciones generales en las que la derecha obtuvo su mayor victoria en las urnas enterraron para siempre a Franco. Como entonces, españoles, Franco ha muerto.

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18 noviembre 2011

Ficción electoral



Domingo 20 de noviembre. Me repito la fecha una y otra vez porque hace treinta y seis años, un día como hoy, yo me encontraba aquí mismo, frente a la puerta cerrada del colegio. Me lo ha recordado el frío y el olor que tienen las madrugadas de otoño aquí donde vivo; el fresco del rocío en los árboles, en los setos, la calidez de algún horno de pan cercano, el despertar de café y anís de los bares. Sí, yo estaba aquí mismo y el colegio estaba cerrado porque ese día se murió Franco y no hubo clases: luto oficial. Los niños nos quedamos esperando hasta que salió el director y nos mandó a casa. La puerta estaba cerrada como ahora, y yo, que soy el presidente de la mesa de este colegio electoral, he empezado ya a impacientarme: van a dar las ocho y por aquí no aparece nadie. Todo es silencio y frío.

Al poco, veo acercarse un furgón de policías y varios vehículos particulares. Se detienen frente a la puerta y, con enorme diligencia, se dirigen hacia donde me encuentro. «¿Es usted el presidente de la mesa electoral?», me preguntan. «Pues venga con nosotros que tiene que levantar acta: las elecciones se han suspendido y hay que informar a los electores». ¿Las elecciones suspendidas? ¿Pero de qué hablan? ¿Cómo se van a suspender unas elecciones generales, eso es imposible? Ah, ya sé, un atentado… ¿Qué ha ocurrido? Dígamenlo… «Tranquilícese, que no ha ocurrido nada de eso, ningún atentado terrorista… Usted entre con nosotros, que ahora vienen los políticos a dar todas las explicaciones», me dijeron finalmente señalando con el dedo al grupo de personas que había llegado en los coches particulares y que también ahora se dirigían hacia el colegio. Sin mediar palabra, pasamos dentro; dos policías se apostan en la puerta.

«La decisión se ha tomado esta madrugada; es normal que usted no se haya enterado de nada si esta mañana, antes de venir al colegio electoral, no le ha dado por poner la radio», me dijo uno de los políticos mientras los demás, de otros partidos, asentían con la cabeza. Estábamos reunidos en una de las aulas del colegio, los pupitres verdes apilados en las paredes y una mesa larga, rectangular en el centro, con la urna vacía. Nos sentamos allí, la legitimidad de aquel acto, según explicaron, pasaba por el acta de conformidad que yo tenía que levantar como presidente de mesa. «Mire, lo primero que quiero decirle es que la anulación de las elecciones ha sido acuerdo de los dos grandes partidos y confiemos que, en breve, se sumen todos los demás. Porque no había otra salida: los mercados no han visto bien que en España, en este momento, con la prima de riesgo por encima de los quinientos puntos, se celebren elecciones. Portugal, Grecia, Italia... En el fondo todos sabíamos que era cuestión de tiempo. Exigen, nos lo han exigido nuestros socios europeos, un gobierno de concentración presidido por alguien de prestigio internacional en el mundo de las finanzas. Y reformas inmediatas, en una semana. Las elecciones lo retrasarían todo; no es fácil de explicar, pero en este momento las elecciones son contraproducentes. Elecciones igual a quiebra. Quién nos iba a decir al principio de la crisis que, en vez de refundarse el capitalismo, lo que se iban a refundar eran las democracias». El político ha cerrado la frase con una sonrisa que parecía irónica, y me ha pasado un acta para firmarla. Domingo, 20 de noviembre. Vuelvo a casa pensativo. ¿A quién diablos se le ocurriría la dichosa fecha?

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