El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

06 mayo 2011

Del revés



En una de las casetas de la Feria de Sevilla, “cuatro lonas estirás”, como se definen en las sevillanas de los Cantores, encender un cigarrillo está tan penalizado como encenderlo en un hospital. La dichosa ley antitabaco no hace distingos y ésta de ahora, con la que se inician las ferias de todas las ciudades y pueblos de Andalucía, es la primera en la que se ha prohibido fumar en todas las casetas, ya sean cuatro lonas o dos simples toldos verdiblancos que adornan una de las esquinas del recinto. Está prohibido aunque la caseta tenga dos laterales descubiertos, separados de la acera de albero por una breve barandilla: traspasar esa línea puede acarrearle al infractor una multa de trescientos euros.

En esas, cada día que ha pasado de la Feria el personal ha ido animándose para la aplicación severa de la ley, y lo que corren por las barras ahora son las noticias de las multas que han ido poniendo en distintas casetas en las que la policía ha sorprendido in fraganti a un tipo con un puro en una mano y una copa de manzanilla en la otra. En la radio, una señora descuelga el teléfono para animar a todos los que vayan a la Feria a que estén atentos a lo que pase a su alrededor y que no duden ni un instante en denunciar a los malhechores que infringen la norma. Ella misma ya ha denunciado a algunos, dice la mujer como un sioux que exhibe un puñado de cabelleras de hombres blancos. Luego, como prueba irrefutable, recuerda que hace unos años, en la misma caseta en la que ha denunciado a unos socios, a ella le quemaron un mantón con un cigarrillo. Lo ha contado y a nadie debe haberle quedado duda alguna de que, con el efecto multiplicador que tiene este sistema de delaciones en el que se sustenta la ley antitabaco, otras muchas venganzas irán aflorando en la Feria en lo que queda de semana.

Yo mismo he acabado por asumir que, aunque mi norma básica, mi lema, siempre ha sido el mismo: “contra las leyes bobas, insumisión”, el problema de encender un puro en la caseta de un amigo es que puede haber cualquier señora, cualquier señor, apostado en una esquina, esperando ese preciso momento para liquidar al socio. ‘¡Te pillé!’ Con un poco de discreción, nadie podrá conocer nunca la identidad del delator, al que le bastará con poner cara de asombro cuando llegue la Policía y se dirija a la mesa del fumador para pedirle la documentación. Como en la novela de Juan Bonilla, aquí nadie conoce a nadie. Y, lo que es peor, nadie podrá remediarlo porque ya está dicho aquí que las leyes antitabaco han sido las únicas que se han cumplido con rigor y pulcritud.

(Mientras redacto el artículo, un amigo abogado me pone un sms desde la Feria. Dice así: “¿Cómo es posible que la Feria esté llena de rumanas con niños drogados pidiendo limosna y nadie haga nada? Y el personal, acojonado por las multas del tabaco. Este país está al revés…)

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22 noviembre 2010

Dispensa moral



Como si Al capone, con su cara cortada y su hoyuelo de la barbilla, los mofletes gordos y la calva prominente, se hubiera levantado indignado en el juicio al que lo sometieron por evasión de impuestos. “Señor juez, un país decente no puede convivir con el crimen organizado ni estar en manos de la mafia. Tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas contra esa gentuza”. Como si Jesús Gil, con la guayabera y los michelines, hubiera acabado de catedrático emérito de la Universidad de Málaga, impartiendo clases diarias de ‘Urbanismo y Legalidad’. Con la misma credibilidad que tendría una casa de acogida de putas regentada por Jack el Destripador, con su gabán y los cuchillos afilados debajo del mostrador de recepción. Como si todo lo que vemos, todo lo que conocemos, todo lo que palpamos, se pudiera desmentir con una sola declaración; como si la lógica tuviera que cederle paso a la sinrazón. Con ese absurdo latente, ¿cómo diablos van a venir ahora los dirigentes del PSOE, con golpes de pecho, a reclamar que se llegue “hasta el final” en el escándalo de Mercasevilla? Si el final, vamos a ver, es el PSOE, como ya ha advertido el propio comité de empresa de Mercasevilla. ¿Quién, sino el PSOE, puede explicarnos hasta el final por qué, entre extorsiones ciertas y regulaciones de empleo falsas, se ha cambiado el objeto social de esa empresa pública, de abastecimiento de mercados al abastecimiento ilegal del partido? El final y el principio de la corrupción en Mercasevilla está en el PSOE y en sus socios de gobierno en Sevilla. Tan claro como que Al capone era un gánster, que Gil cobraba comisiones y que Jack el destripador asesinaba prostitutas.

De todas formas, si miramos atrás, comprobaremos que, en realidad, esta salida cínica, estos golpes de pecho en público, esta indignación simulada, esta reiteración grandilocuente de “tolerancia cero” contra la corrupción, todo eso se repite milimétricamente cada vez que un escándalo salta a los medios de comunicación. Esa frase, “que se investigue hasta el final” se lanza siempre como disculpa y como amenaza, como si ante la investigación de un caso de corrupción tuviera que preocuparse alguien más que los corruptos y quienes los amparan o protegen. Se dice en voz alta, se repite una y otra vez que la investigación debe llegar “hasta el final”, y el efecto doble que se consigue es, primero, alejar la responsabilidad por lo ocurrido y, segundo, dar la apariencia de que en el escándalo se esconde un interés oculto, una identidad sorpresa, que acabará salpicando a la oposición.

Jean François Revel sostenía que, quizá por el alto concepto que tenían los dirigentes socialistas de ellos mismos y de su ideología, como si se tratara de una verdad superior, la relación con la corrupción generaba un sentimiento de dispensa moral. “Los socialistas tienen una idea tan alta de su propia moralidad que casi se creería, al oírlos, que vuelven honrada a la corrupción cuando se entregan a ella, en vez de ser ella la que empaña su virtud cuando sucumben ante la tentación”. Es lo que está pasando aquí, uno se queda un rato escuchando a los dirigentes del PSOE hablar del escándalo de Mercasevilla y tiene que restregarse los ojos para comprobar que es cierto. ¿Dispensa moral o cinismo? Bah, quizá en la corrupción, una cosa no sea posible sin la otra. Lo esencial es que no cuela.

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17 noviembre 2010

Chucherías




Morales Padrón me tomó del brazo y me llevó hasta el pie mismo del abismo. ‘Ahí está, ¿lo ves ahora?’ Entonces vi por primera vez el abismo de odio que recorre Andalucía como una falla arquitectónica, honda y negra, desde Huelva hasta Almería. El odio disimulado e implacable que otros llaman ingratitud; el odio que no perdona, que aguarda su momento, y que hay quien lo llama envidia; el odio lacerado que los poetas dibujan con fuego y con nieve, la frialdad del andaluz envuelta en afectos. Que templando repele…

El secreto de ese abismo de odio, lo que lo hace distinto a todos los que puedan existir en otras regiones, en otros países, es que, aquí, antes de llegar al abismo, primero te conquista la tierra. Quizá para hacer más dura la caída, la camufla; para hacer más doloroso el desencanto, lo colma de placeres. Es la gente, el ambiente, el aire; es Andalucía la que te atrae, te embelesa y luego, cuando te ha conquistado, te desprecia. Andalucía nos envuelve, nos atrapa, nos apresa, y así vamos, alegres y ciegos, caminando hacia el abismo; llegará el final del camino y, en el último peldaño de esa atracción maravillosa, magnética, de un empujón te caes al abismo. Eso fue lo que le ocurrió a Francisco Morales Padrón una mañana de primavera, al pie del atril del pregón de Semana Santa de Sevilla.

Morales Padrón había llegado a Andalucía siendo un adolescente. Se embarcó en Canarias con un puñado de libros en el hatillo y se encerró en la Universidad de Sevilla hasta lograr la excelencia como uno de los mejores expertos de la Historia de América. Se vino a Andalucía y ya no se fue más: se enamoró. Aquel día que estaba en el atril del pregón de la Semana Santa de Sevilla debió pensar que era el momento culminante de su integración en la ciudad. Fue entonces cuando descubrió el abismo. «Me aconsejaron que, nada más empezar, en veinte minutos, buscara el pellizco, el aplauso. ¿Qué hice? Introduje en los primeros párrafos una alusión a mi madre, que estaba allí sentada, con sus 84 años. Y conté que cada Semana Santa yo le llevaba un clavel de El Cachorro que ella guardaba todo el año en su pecho. Lo dije, la señalé, elevé el tono… Y nada, ni un aplauso. Silencio absoluto… Se me vino el mundo encima. No aplaudieron ni siquiera como homenaje a aquella mujer que estaba allí presente».

Se ha muerto Morales Padrón y, ni la ciudad que lo enamoró ni la región en la que quiso vivir, lo han condecorado nunca con una distinción. Ni calles ni medallas. Hasta para ser catedrático emérito tuvo que afrontar, él que era hijo de un obrero socialista, el desprecio del ‘sector progresista’ de la Universidad de Sevilla. Me dijo aquella vez que me enseñó el abismo que, en realidad, todo ese mundo de pregones no era nada. «Chucherías. Parecen escayola, quincallería, todo bambalina, un discurso hecho para agradar y para la autocomplacencia». Pues eso. Sevilla. Andalucía. Descanse en paz.

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03 abril 2010

Según Barbeito



Hay más verdad en la sencillez de un místico descreído que en las estrictas reglas de rígidas prelaturas de la Iglesia católica. Hay más reflexión, más sinceridad, en quien busca la verdad en la duda que en quien afirma que conoce la verdad de nuestra existencia. Bernardo Soares, el heterónimo de Fernando Pessoa, era uno de esos místicos descreídos en los que se puede encontrar más verdad que en muchos otros de comunión diaria y principios inamovibles. Y Bernardo Soares decía: “Pertenezco a una generación que heredó el descreimiento en la fe cristiana y que creó en sí un descreimiento en todas las otras fes (…) Todo eso lo perdimos nosotros, de todos esos consuelos nos quedamos huérfanos. (…) Sin ilusiones vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos, nos disminuimos, porque el hombre completo es aquel que se ignora. Sin fe no tenemos esperanza, y sin esperanza no tenemos propiamente vida.”
Luego de ese texto sublime, Pessoa establecía un vínculo necesario entre la esperanza y la idea del futuro, la idea del mañana, con lo que cerraba el círculo de la existencia; el pasado que llevábamos a la espalda, el presente que vivimos y las expectativas de un futuro que anhelamos y que nos hace superar la incertidumbre del presente y la nostalgias del pasado. Quiere decirse, en fin, que la vida, nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros necesita la esperanza de otra vida; necesita la ilusión, la fe, de que todo no se agota con estas líneas, con este día, con este año, con este momento, sino que con cada paso que damos estamos construyendo una ilusión. Una esperanza.

Esperanza, sí. Pero fíjense cómo es la duda en cada uno de nosotros la que se convierte al final en un camino hacia la esperanza, hacia la ilusión, y gracias a la inquietud que hace de la duda es, además, un camino hacia el impulso creador, como se decía antes. Dicho de otra forma, la duda forma una parte esencial de la idea del cristianismo, de la religión católica, y no sólo por el pasaje bíblico que hoy mismo revivimos cuando el propio Jesús exclama, ante su crucifixión, “padre, por qué me has abandonado”. No, no sólo por eso. La duda, desde los filósofos griegos, es la sustancia de la que está hecho el progreso; gracias a la duda avanzamos, gracias a la duda investigamos, mejoramos. Gracias a la duda escuchamos a los demás, atendemos otras realidades, otras formas de ver la vida. La duda genera humildad y de la humildad nace el pensamiento de la igualdad entre todos los seres humanos. Gracias a la duda avanza la humanidad.

Quienes no vivan en Sevilla quizá sean ajenos a la polémica que se ha desatado en la ciudad por el pregón de Semana Santa de Antonio García Barbeito. Por su forma de ser, por su vida, por su forma de entender la fe, por su duda. No saben que Barbeito, con su pregón, con su vida, con su duda, les ha mostrado la única esencia, la principal virtud que tiene la religión cristiana. Y no es el dogmatismo, ni la rigidez. No es la verdad inamovible sino la duda, la esencia primera del cristianismo. La duda como palanca que nos conduce a la reflexión; la duda que es el camino de la humildad, de la sencillez; la duda que es la antesala de la igualdad; la duda que es hermana de la esperanza. Tu duda, Barbeito, es mi duda. Y es mi fe.

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01 abril 2010

Arameo



Dicen que en Sevilla una nueva cofradía ha dispuesto una guardia judía tras el paso de Cristo que, para girar a la izquierda o a la derecha, para detenerse o comenzar a andar, el capitán transmite las órdenes en arameo. La cofradía es nueva en el catálogo de hermandades de Sevilla y todavía ni siquiera tiene un hueco en la Semana Santa, sino que salió a la calle el Sábado de Pasión. Pero la expectación de la nueva hermandad era tan grande que no ha habido charla de café, tertulia de Semana Santa o discusión de barra de bar que no se haya detenido un momento en la nueva hermandad. Los que dirigen la nueva hermandad dicen que se trata sólo de rigor histórico, de intentar reproducir lo que se cuenta en los Evangelios sobre el prendimiento de Jesús, y que por eso la tropa judía, compuesta por treinta y tres personas, va armada de palos, espadas y antorchas, se viste con el uniforme que se le supone a la tropa judia de la época, casco coniforme, correas de cuero y metales en el pecho, y está comandada por un tribuno romano. Antes de salir la hermandad, al llegar al templo, el tribuno llama a la parroquia y le dice al párroco, también en arameo, “abrid las puertas del templo a la guardia del Sanedrín, que viene a apresar al que dice ser el Rey de los Judíos”. A quienes se visten de judío les pidieron que tuvieran “cara de judíos” y casi todos se han dejado la barba, quizá porque todos pensamos que un judío en Semana Santa tiene que parecerse a un maleante y tener cara de mala leche. En las fotos se les ve serios, muy serios, mientras atienden las instrucciones en arameo que les ha impartido uno de los cinco profesores de arameo que hay en España.

¿Sólo rigor histórico? Hay quien piensa que lo del rigor histórico sólo es una excusa; que la realidad es que, al ritmo de los tiempos que vivimos, lo que han querido es crear una ‘cofradía de diseño’. No son los únicos, dicen, pero sí el caso más notable: todo está cuidado al más mínimo detalle, desde las sandalias de cuero de la tropa judía hasta los capirotes más altos de lo habitual o la túnica de ruán verde. De todas formas, lo que más me ha atraído de la conversación es la conclusión a la que llegan algunas personas que ven en esta hermandad un síntoma claro de declive de la Semana Santa. Es llamativo porque, a lo que se ve, el éxito de la nueva cofradía ha sido absoluto. Un barrio entero se ha volcado con la salida, los costaleros se cuentan por centenares, es un privilegio vestirse de judío y hasta el arzobispo se mostró admirado. ¿Qué está pasando, entonces? ¿Cómo va a constituir un peligro algo que moviliza a miles de personas y levanta una gran expectación?

En teoría, cualquiera podría pensar que la principal amenaza de las celebraciones de Semana Santa vendrá de la mano del laicismo beligerante o de quienes consideran que el multiculturalismo y la tolerancia debería prohibir las manifestaciones públicas de fe que puedan ofender o incomodar a quienes no son de esa creencia. Sin embargo, no es así: el principal riesgo de la Semana Santa, el peor virus de deterioro, no vendrá de fuera, sino que nace dentro. Ha ocurrido siempre así, las civilizaciones, mucho antes de que llegue un agente exterior y las domine, ya se han podrido por dentro. Desconozco cómo será la cofradía nueva de Sevilla, la devoción de sus hermanos, las órdenes en arameo y los agudos capirotes de los nazarenos. No puedo juzgarla. Lo que sí he entendido muy bien es la alarma y el espanto porque todo eso no tenga más consistencia que el de estas ‘cofradías de diseño’.

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07 marzo 2010

Bollito de leche



El propietario del último escándalo municipal de Sevilla, un concejal llamado Alfonso Mir, se volvió chulesco un día, cuando le preguntaban por la caseta de Feria que se quiso apropiar, y se sacudió de un manotazo todas las dudas legales, como si fueran migajas sobre el mantel. ¿De quién era la caseta de Feria? ¿Era particular, municipal o de titularidad compartida? “Mire usted –acabó diciendo- yo no entiendo de eso; por mí como si en vez de ‘particular’ pusiera ‘bollito de leche’”. Debe entenderse a continuación que si un tipo así, que contempla la legalidad con ese desparpajo, sigue siendo concejal de una ciudad como Sevilla, lo que puede esperarse del conjunto no sea más que una sucesión de escándalos. Como ha ocurrido en Sevilla en los últimos años.

Ahora el Tribunal Supremo acaba de confirmar la sentencia de uno de los primeros escándalos, el de las facturas falsas del distrito Macarena. Los condenados, con penas de cárcel superiores a tres años, son el ex secretario del Distrito Macarena José Marín y un contratista José Pardo, a quienes se hace responsable de los delitos cometidos de malversación y falsedad documental con los que lograron beneficiarse del cobro de obras no ejecutadas en ese distrito. No ha debido tener demasiados problemas el Tribunal Supremo para ratificar la condenado porque nada más había que ver el documento aquel, dirigido a ‘Pepi’, en el que se daban las instrucciones precisas para engordar el importe de la factura, pagar la cuenta de los albañiles y guardar el resto “en la caja fuerte”.

A donde no llega el Supremo, ni ninguna de las instancias judiciales anteriores, la Audiencia de Sevilla y el TSJA, porque no era ésa su competencia ni su misión, es a concluir que la responsabilidad política de lo ocurrido no se limita a esos dos condenados. Una vez que la sentencia de las facturas falsas es firme, es el alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, la persona sobre la que recae la responsabilidad política de lo sucedido. El escándalo de las facturas falsas, como el posterior de las comisiones ilegales cobradas en Mercasevilla, lo que revelan es una estructura de poder en la que la administración y el dinero público se ponen a disposición de un partido político. Ya resaltamos aquí tras la primera sentencia un párrafo del magistrado Francisco Gutiérrez, visiblemente sorprendido al conocer cómo funcionan las cosas en el Ayuntamiento de Sevilla. En el distrito en el que se produjeron las irregularidades, el PSOE había confeccionado una administración bananera: Cuatro funcionarios arrinconados en un despacho mientras hacían y deshacían a su antojo veinticinco ‘colaboradores’, sin ninguna vinculación con la administración, contratados directamente por el partido. Y decía el magistrado: “No corresponde a este magistrado calificar jurídicamente la decisión del Ayuntamiento de instaurar ese procedimiento para contratar y ejecutar esas obras (…) pero sí constatar la directa relación que ha existido entre la instauración de ese proceder sin control ni intervención de los funcionarios del Ayuntamiento en ninguna de sus fases previas al pago con la aparición de los comportamientos ilícitos aquí enjuiciados”.

De ese sistema descontrolado, de ese modelo de gestión creado para fabricar facturas falsas sin control, es de lo que tiene que responder ahora el alcalde. Aunque por lo que llevamos visto hasta ahora, dirá como su concejal: “A mí, como si en las facturas pone bollito de leche”.

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02 febrero 2010

Un cielo democrático



El valido de Sevilla, Alfonso Rodríguez y Gómez de Celis, acaba de anunciar la última conquista del gobierno municipal: «El ayuntamiento va a democratizar las vistas de Sevilla». De todos los peldaños que ha ido escalando el hombre desde la demokratia griega, debe ser éste que se anuncia en Sevilla el más original. Entre otras cosas porque si la democratización del paisaje se realiza en una ciudad como Sevilla la dimensión es distinta; que lo único que nadie le reprochará a esta ciudad es la belleza. Los rincones ocultos serán secretos a voces y las espadañas que coquetean con los pináculos de la catedral se ruborizarán con la mirada pública. Las azoteas y los tejados que se arrodillan cada amanecer a los pies de la Giralda serán a partir de ahora testigos mudos de esta nueva libertad que el Ayuntamiento de Sevilla ha conquistado para la Humanidad. Lo ha dicho el valido de Sevilla y así será.

El anuncio lo ha realizado para terciar en el cabreo que se ha generado en la ciudad al conocerse que el mega proyecto llamado de las setas –una especie de parasoles gigantes de hormigón y madera– va a costar cincuenta millones de euros, el doble de lo presupuestado. Eso de momento, claro, porque, tras cinco años de obras, nadie es capaz de decir todavía cuándo se van a acabar esas setas que «terminarán siendo como la Torre Eiffel o la pirámide del Louvre», como le dijo el otro día el valido a Juan Miguel Vega. La cuestión es que cuando los sevillanos puedan subir hasta la copa, disfrutarán de unas vistas que, hasta ahora, sólo eran propiedad de los ricos y acaudalados que viven en el centro de Sevilla y tienen azotea. De ahí su afirmación: «Vamos a democratizar las vistas de Sevilla». ¿Cabe mayor desahogo? Si con las setas el PSOE ‘democratiza’ las vistas de Sevilla, ¿podría considerarse a Hernán Ruiz como un precursor del marxismo por la Giralda?

Lo más desolador de todo es que el tal valido es de las nuevas generaciones de políticos del PSOE andaluz, con lo que ninguna enmienda pueden esperar los socialistas veteranos que se desesperan con ‘las ocurrencias de Zapatero’. En el caso de Sevilla, además, este tipo de bobadas es especialmente preocupante porque la ciudad que se va a gastar cerca de 150 millones de euros entre las setas y el tranvía que recorre un kilómetro en el centro, esa ciudad tiene ante sí un panorama «devastador», según el informe económico de la Cámara de Comercio. Un tejido empresarial primario, que no exporta nada, y una tasa de paro por encima del veinticinco por ciento. Si no fuera por el ejército de más de cien mil funcionarios de las administraciones públicas, Sevilla no tendría nada que llevarse a la boca. Sería bueno que la gente reparase en todo esto, que alguna vez, algún día, el personal asumiera que el dinero público es su dinero, y que fuera tan exigente con el gasto público como lo es con el control de su cuenta bancaria. Democratizar las vistas de Sevilla. Habráse visto cosa igual…

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09 julio 2009

Éxodo gitano



Caminan descalzos, con los mocos secos y churretes de sudor negro. Delante, un grupo de jóvenes, como explorando el camino, y detrás, el resto del grupo, mujeres con delantales de colores y chanclas, y hombres melenudos, en bermudas, la barriga prominente, tirando de un carrito de hipermercado cargado de ropa, grandes bolsas de ropa, un televisor y algunas cacerolas. Más atrás, otro tipo arrastra un frigorífico. Los niños corretean descalzos entre el grupo, dando saltitos para sortear con la punta de los dedos las zonas sin vegetación donde las piedras incandescentes achicharran la planta de los pies.

Son cuarenta familias de gitanos condenados a vagar por el extrarradio de Sevilla; condenados por eso que llaman la ‘ley gitana’, un código moral que dicta sentencias al margen del Estado de Derecho, una aberración democrática que se sustenta en el principio inadmisible de que las controversias entre gitanos no pueden ser juzgadas por los payos. Por esa razón, estas cuarenta familias fueron condenadas al exilio hace tres meses. Éxodo o muerte. Y abandonaron sus pisos, en otra barriada de Sevilla al margen del Estado de Derecho, las Tres Mil, y se pusieron a vagar por la ciudad. Nadie los quiere. Llegan a un descampado y, al poco, los expulsan. Así, tres meses.

Van penando van por los rastrojos tras la muerte accidental de un joven, atravesado por una bala cuando viajaba en el coche de su padre en ese barrio sin ley, ni patria, ni justicia. El autor del disparo está en la cárcel, pero la ‘ley gitana’ dice que deben pagar el asesino y toda su familia, todo su clan, padres, hermanos, hijos, primos... Arrastan neveras por el descampado, como arrastran piojos. Y la ciudad, Sevilla, los contempla, los ve caminar sin rumbo, hoy los echan de aquí, mañana de allí, hoy la autoridad portuaria, mañana la policía y pasado una orden ministerial que les prohibe asentarse en un terreno del Gobierno.

No hay imagen más cruel que la de ese éxodo gitano para comprender el fracaso y la hipocresía con la que es capaz de convivir un Estado de Derecho. Comenzando por la absurda comprensión de los abusos del pueblo gitano como si fueran rasgos identitarios intocables, irrenunciables, históricos. Gracias a ese falso mito de la cultura gitana, unos vándalos han logrado hacer de su barrio un fortín en el que el único imperio es el de la ‘ley gitana’. No habrá autoridad civil, policial o judicial en España que devuelva a esos gitanos a las casas que han tenido que abandonar. Ya verán como este descomunal despropósito acaba con la cesión de un terreno público para que el clan maldito abandone el éxodo y edifique allí sus chabolas... Las mismas chabolas que abandonaron hace cinco años cuando el Ayuntamiento se los quitó de en medio una mañana, repartiendo bolsas de quinientos euros en la puerta de cada chabola.

El despropósito de la ‘ley gitana’, la impotencia del Estado de Derecho para imponer su ley en un barrio de Sevilla, es un fracaso demasiado grueso, una frustración demasiado cruel para que la aspiración máxima de las instituciones sea ofrecerles otro núcleo de chabolas. ¿Actuaría igual la Junta, los celosos servicios de protección del menor, si los más de cien niños que estos días corretean con los pies descalzos por el extrarradio de la ciudad no fueran gitanos, si fueran payos? Piensen en la respuesta. Y recuerden los casos de menores cuya tutela le retira la Junta a sus padres, a veces por nimiedades. Piensen en la respuesta. La prevalencia de la ley gitana en un Estado de Derecho es la fortaleza de ese submundo y nuestra debilidad.

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17 junio 2009

Catarsis


Las imágenes de la inmensa manifestación de béticos enciende el debate en la redacción del periódico. Las redacciones de los periódicos, es verdad, no tienen ya nada que ver con las redacciones clásicas de los periódicos. Quizá porque lo que ha cambiado es la propia vida del periodista, muy lejos ya de aquella imagen romántica e idealizada del tipo que, envuelto en el humo de las tabernas, lograba un soplo, una confidencia, y llegaba excitado a la redacción con la certeza de que podía derribar al gobierno, desnudar a un magnate, o desafiar a un narco chulo y prepotente. Los periodistas no cierran ya los bares de la ciudad, no apuran el último whisky con las prostitutas ni persiguen los coches de policía en la madrugada. No recogen el periódico de la rotativa ni entran en casa de puntillas para no despertar a los niños después de haberles prometido una tarde de cine y haberlo olvidado otra vez.

No, no tienen nada que ver las redacciones de los periódicos con aquellas, pero mantienen un rescoldo inagotable de vida, de debate y de camaradería, de frescura intelectual y de descaro político. Por eso, el lunes por la tarde, cuando comenzaron a llegar las primeras imágenes de la manifestación del Betis, se encendió el debate. Unos sostenían, desolados, que allí en la calle estaba la tragedia de Andalucía, la pena de una sociedad que es capaz de movilizarse por el Betis pero que jamás se inmutaría por el triste destino que arrastra, siempre a la cola de todo. Es el andaluz superficial y acomodado de Ortega: “Tiene el viajero la sospecha de que los sevillanos han aceptado el papel de comparsas y colaboran en la representación de un magnífico ballet anunciado en los carteles con el título ‘Sevilla’. Esta propensión de los andaluces a representarse y ser mimos de sí mismos revela un sorprendente narcisismo colectivo”. Otros en la redacción, por el contrario, contemplaban en la manifestación del Betis la revelación última del comportamiento de los andaluces. No es un pueblo dormido, como parece, sino que mira los asuntos con distancia, con la frialdad y la equidistancia de una existencia milenaria. Hasta que llega un punto de no retorno, basta ya, y, entonces, esa gente que parecía apática y despreocupada, se echa a la calle y asombra a toda España con una manifestación gigantesca, como nunca en la historia, pacífica y familiar, para decirle al tirano “Lopera, vete ya”. ¿Que no se entiende? Ya lo dijo Cernuda, cuando pintó al andaluz como un “enigma al trasluz”.

En el debate de la redacción me puse con estos últimos. La sociedad andaluza, es verdad, desconcierta a diario y, a diario, genera ilusiones. Nunca despega, pero nunca se detiene. Acaso nos olvidamos de que para que se produzca la catarsis de una movilización colectiva, aquello que Freud llamaba en sus terapias “vaciar los depósitos emocionales”, es necesario antes instalarse en el caos, en el colapso. En el Betis ha ocurrido, catarsis. Y por miles se echaron a la calle para reivindicar la propiedad de su patrimonio emocional. Quizá algún día suceda también con ese sentimiento hondo llamado Andalucía.

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19 mayo 2009

Alejandro, traidor


Rojas Marcos, que cada mañana le hace un quiebro a su cara reflejada en el espejo, acaba de firmar otra de las suyas, de las que sientan cátedra en política, la inagotable capacidad de un hombre para inventarse a sí mismo y sacar petróleo de una maceta. Querían ponerlo en una cola de alcaldes con medalla, querían subirlo a un escenario de jubilados, y Rojas Marcos ha vuelto a inventarse otra vez, ha renunciado a la medalla y lo que, para otros no ha pasado de un párrafo en la crónica del día, «gracias por la distinción, ser alcalde de tu ciudad es lo más grande que le puede pasar a una persona», Rojas Marcos lo ha convertido en entrevistas de dos páginas en los periódicos, con toda la tralla política acumulada en el látigo. «¿Una medalla por haber tenido un cargo? Usted se ha equivocado de puerta», decía ayer en EL MUNDO. Genial, o sea. Sólo quien pasó a la historia de Sevilla como Alejandro Kodak-Marcos podía manejar los tiempos de esta forma.

Lo de menos será que, en el regate, Rojas Marcos haya dejado en mal lugar a sus colegas de sillón en la Alcaldía, pero ya sabemos desde antiguo que la política sólo distingue entre enemigos y adversarios. «En Sevilla hay un medalleo generalizado, global. ¡Es espectacular! Y en serie. No te la dan sólo a ti; te la dan a ti y a todos los que se te parezcan, en el mismo paquete».

El ‘animal político’ del que hablaba Aristóteles le sale por los poros a Rojas Marcos. Y no sólo por la naturaleza, por la fibra política de la que está hecho, sino por la concepción misma de la política, que Aristóteles también hablaba de la aristocracia como el gobierno de los mejores, de los más virtuosos, y a Alejandro le ha salido de golpe el Rojas Marcos y de la Viesca. En el sentido aristotélico, de la política, y en el otro también...

Que nadie crea, además, que todo esto es fruto de la experiencia, de la veteranía. Hace cuarenta años, cuando Rojas Marcos se la jugaba como concejal en el franquismo, aquellos años del destierro en Écija, el padre de don Juan Carlos le escribió desde Estoril para pedirle su adhesión a la Corona que habría de llegar, para ofrecerle un sillón entre un puñado de elegidos de la monarquía. Y Rojas Marcos, en vez de embelesarse con la oferta, en vez de coger el tren a Estoril, le contestó con otra carta en la que le ofrecía su adhesión, y le matizaba que su adhesión al Rey siempre sería condicional, jamás incondicional; condicionada a que el regreso de la monarquía a España supusiera la instauración de un régimen democrático.

Rojas Marcos, sí. En él se da cita lo mejor y lo peor del andalucismo, los mayores triunfos y las derrotas más crueles. Él afirma que el PA no ha cometido más errores que los demás, pero que a los partidos pequeños los electores le pasan grandes facturas, mientras que a los grandes, sobre todo al PSOE, se le perdona todo. Y es verdad, incluso una verdad obvia hasta cierto punto. Si hubiera sido él, por ejemplo, quien hubiera firmado el acuerdo del pago en especie de la ‘deuda histórica’, otra vez se hubieran llenado las paredes de pintadas, «Alejandro, traidor», como cuando su pacto con la UCD para desbloquear la autonomía. Pero las cosas son como son. Y cuando la aritmética le ofreció la posibilidad de enmendar errores, Rojas Marcos no supo inventarse, le traicionó su olfato. O será que el talón de Aquiles de un animal político siempre es el poder.

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16 mayo 2009

Bocetado


Lo dijeron cuando el metro de Sevilla, esa obra pública indescriptible con forma de muñeca rusa porque se va empequeñeciendo a medida que se desciende; en la calle no hay discretas bocas de metro sino estaciones gigantescas, más grandes que en ningún otro lugar del mundo, luego escaleras enormes y pasillos amplísimos que conducen, finalmente, a un pequeño tranvía que circula en una sola línea, la mayor parte del recorrido en la superficie. Y fue allí, en la pomposa inauguración del metro sevillano, cuando el consejero de Obras Públicas dijo lo siguiente: «El futuro de Andalucía está bocetado y es ilusionante, no es un desastre». Cuando la cursilería y la demagogia se dan la mano surgen estas frases lapidarias, sublimes en lo suyo, obras maestras de la estulticia o el engaño.

Pues bien, tal y como está construido el metro de Sevilla, se construye a diario este tipo de política que persigue el impacto antes que el efecto, la sensación antes que la transformación. Detengámonos un momento, por ejemplo, en una de las promesas del discurso de investidura del presidente Zapatero: 2.000 euros de ayuda para la compra de un coche. Para destacar la importancia de estas medidas, Zapatero resaltó que se trata de salvar un sector «estratégico» de la economía española. Y, ciertamente, es así: España es la octava potencia mundial del sector del automóvil, representa el 23 por ciento de las exportaciones y el ocho por ciento del PIB nacional.

Para empezar, el anuncio lo hace Zapatero, pero en realidad el Gobierno sólo pone una cuarta parte del dinero que anuncia porque la mayor parte, mil euros, lo deben aportar los fabricantes y otros quinientos euros, las autonomías. Si el Gobierno es quien menos dinero pone, ¿no tendría que haber consultado antes con los demás si están de acuerdo con aportar esas ayudas? Pero es que, además, hace tiempo que en algunas autonomías (Navarra fue pionera) conceden ayudas a la compra de automóviles y no se sabe muy bien qué va a ocurrir ahora, si las suprimen, si se suman o si, sencillamente, ignoran la promesa del Gobierno. Igual ocurre con los fabricantes. A mitad de marzo se reunieron para pedirle al Gobierno que aprobara un plan de ayudas a la compra de vehículos. Lo que no sabían los fabricantes es que el Gobierno asumiría su plan por completo, con una ‘pequeña diferencia’, que la mayor parte del dinero tendrán que ponerla ellos.

Sucede, además, que, en algunos casos, las medidas llegan demasiado tarde. Por ejemplo, en el caso de Andalucía. Los dos principales focos de actividad de la industria del sector automovilístico que había en Andalucía no existen en este momento: Delphi se cerró hace dos años y Santana Motor, cuyo accionista mayoritario es la Junta de Andalucía, se ha visto obligada a cerrar sus puertas a la espera de que pueda mejorar el mercado. En el caso de la factoría de Renault en Sevilla, los expedientes temporales están en marcha y atenuados sólo gracias a que en otros países europeos (Francia o Alemania) las medidas que ahora anuncia Zapatero se pusieron en marcha hace tiempo, eran ayudas directas, y ya están dando sus frutos.

Para cuando se aplique en España, es decir, cuando cada una de las partes aprueba la medida y entre en vigor, habrán pasado, seguro, varios meses. Quizá después del verano. ¿Quién va a comprar un coche hasta entonces? ¿Y si, al final, la leve mejoría del sector resulta que se viene abajo por lo anunciado hoy, de difícil aplicación? Lo dicho, el metro de Sevilla. Con esa birria se mide todo.

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31 marzo 2009

Mentiras y gordas

Cuando el juicio de las facturas falsas de Sevilla, pasó inadvertido, entre la escandalera mayor de la mangancia, la peculiar composición que tenía el distrito municipal en el que se amañaron los cobros por obras públicas que no existían. Es llamativo: había dos funcionarios y 25 colaboradores contratados por el PSOE. Es fácil imaginarse la escena, los dos pobres funcionarios, arrinconados en una esquina de la oficina municipal, invitados incómodos al trajín de todos los días, molestos testigos de vista del continuo hacer y deshacer de los cientos de miles de euros que llegaban hasta ese distrito para repartir entre la clientela partidaria y camuflarlos luego con proyectos inexistentes.

En su sentencia, el juez Francisco Gutiérrez no pasa por alto la peculiar composición de la oficina ya que, como señala, el imperio de los colaboradores en una oficina municipal es el triunfo de la arbitrariedad y el sectarismo frente a la intervención, el control y el procedimiento reglado en el manejo de los fondos públicos. Era tal el caos administrativo en el distrito –caos consciente, desde luego– que ha sido incluso determinante en el juicio porque no existían pruebas documentales de casi nada, ni expediente de por qué se contrataban unas empresas y no a otras, ni informes sobre el destino de las inversiones ni inspecciones de la ejecución de las obras. Como por desgracia ese barullo consciente no estaba sometido a juicio, el magistrado se limita a mostrar en la sentencia su perplejidad de funcionario público. «No corresponde a este magistrado calificar jurídicamente la decisión del Ayuntamiento de instaurar ese procedimiento para contratar y ejecutar esas obras (…) pero sí constatar la directa relación que ha existido entre ese proceder sin control ni intervención de los funcionarios con la aparición de los comportamientos ilícitos».

Ocurre, además, que después de saber cómo funcionan las cosas en esa oficina del Ayuntamiento de Sevilla ya podemos ir haciéndonos una idea de cómo está el patio. Que si esto pasa en Sevilla, cómo no será lo que ocurre en la Junta de Andalucía, ese magma impenetrable, inmenso, inabarcable. Ahí está, de hecho, el último informe de la Cámara de Cuentas. No hay modalidad de contrato ejecutado en la Junta que no esté manchado por la sospecha del chanchullo, de la fullería, del amiguismo. Dicen los auditores que todos los tipos de contratos públicos, ya sean concursos, subastas o contratos negociados, presentan algún tipo de anomalía. Y siempre se trata de lo mismo: opacidad, arbitrariedad y discrecionalidad en las adjudicaciones, que es, precisamente, lo contrario de la transparencia, el rigor y la independencia que debe caracterizar a la Función Pública en un país desarrollado, civilizado.

Luego vendrán con el respeto a las instituciones y a las ‘reglas del juego’… Ya ven, cuando esta falta de respeto a Función Pública supone demoler uno de los pilares esenciales de un Estado de Derecho. Aquí, como en otras facetas de la vida, todo es pura apariencia. Como en la peli de estos días, mentiras y gordas.

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03 marzo 2009

Bipartitos


Hay un repelús de bipartitos en el resultado de las elecciones gallegas de este fin de semana, un sarpullido de pactos de progreso con despachos de lujo, un rechazo corporal a toda esa impostura de quienes predican tolerancia y practican un sectarismo feroz, implacable. «El riesgo del bipartito es la abstención», decían en la campaña electoral y resulta que, como quien pide sopa y le dan dos tazas, en las elecciones se ha superado el setenta por ciento de participación, récord histórico, pero no porque el electorado se movilizara para defender al bipartito, sino por el hartazgo.

Cuentan de Chaves que, ante los suyos, ya ha expresado varias veces su preocupación por la caída imparable de las expectativas socialistas en Sevilla, que gobiernan la ciudad con otro bipartito. «El alcalde Monteseirín cada vez se hunde más en las encuestas; la Junta se ha gastado muchísimo dinero en la capital y, nada, no hay forma de que el alcalde le caiga bien a la gente», viene a decirle Chaves a los suyos. Fíjense que, para empezar, la perplejidad de Chaves encierra el descaro habitual del Gobierno andaluz de distribuir las inversiones de acuerdo a la afinidad política con el alcalde en cuestión. En Sevilla, como hace falta apuntalar al alcalde socialista, que va mal en las encuestas, pues se apalean millones a ver si remontan las expectativas… ¿Qué norma democrática es ésa que, con el dinero de todos, se premia a los afines y excluye a los rivales? Por mucho que todo este desvarío sea moneda común en política y norma de obligado cumplimiento en el Gobierno de Chaves, no debe dejar de sorprendernos, de irritarnos.

Entre otras cosas porque, como le dice Chaves a los suyos, ni con ésas remonta el alcalde de Sevilla en las encuestas. Es tan sencillo como pensar que las inversiones millonarias en manos de un mal gestor lo que consiguen al final es multiplicar el desastre, aumentar los casos de despilfarro, acabar con cualquier disculpa posible que puedan justificar el lento e implacable declive de la ciudad. «Sevilla está mal y no es por falta de dinero», que es lo que acaba coligiéndose de la duda metódica de Chaves por las malas expectativas de su alcalde. Ahí está el último escándalo, los más de 660.000 euros que el Ayuntamiento de Sevilla destinó el año pasado a financiar proyectos, convenios y hasta la celebración de jornadas de apoyo al régimen castrista. Y ahora que venga el PSOE local, que salga en defensa de los iluminados con los que gobierna, a defender que éstas son las señas de identidad de un ‘gobierno de progreso’.

Hay un repelús de bipartitos en las explicaciones de las elecciones gallegas. Sostiene ahora Blanco y Touriño que en la campaña han descubierto que existía un gran malestar de la ciudadanía por la gestión del bipartido. «Errores de gestión y de enfoque han creado desencanto en el electorado». Ya ven, el enfoque dicen… Serán necesarios más batacazos de estos bipartitos o tripartitos para que, al cabo, los socialistas caigan en la cuenta de que esta estrategia suya de alianzas está esquilmando a la izquierda española. El poder a cualquier precio; este sinsentido de haber convertido en progresista a los nacionalistas; ese discurso gastado que amenaza una y otra vez con el ‘lobo de la derecha’; esa ideología endeble de frases hechas y propaganda vacía; todo eso acaba en sarpullido. Como ahora en Galicia, como mañana en Sevilla.

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15 diciembre 2008

La visita



Llegaron los expertos de la City y los concejales se pusieron en fila para el acontecimiento, aguardaban con los ojos redondos de expectación, como los niños de Macondo cuando corrían a recibir a los gitanos y sus carromatos llenos de pócimas mágicas, metales deslumbrantes y sofisticados artefactos con los que se podía mirar la luna y pasear por ella, palmo a palmo, porque era igual que caminar mirando al suelo. “En el mundo están ocurriendo cosas increíbles”, le decía José Arcadio Buendía a Úrsula. “Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clases de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros”.

Pero antes que los ojos redondos de los concejales, lo primero que le sorprendió a los expertos de la City fue la extraña calma que se respiraba en el aeropuerto de Sevilla; nada que ver con la agitación comercial de las ciudades de Estados Unidos en las que habían predicado durante meses el mensaje de cambio del candidato negro. “Yes, we can”. Luego comprendieron que la calma del aeropuerto era la calma de la ciudad. Y pensaron que les habían llamado para curar a Sevilla del letargo, que es la peor enfermedad de la que puede contagiarse una ciudad. Antes de llegar al Ayuntamiento, los expertos preguntaron a unos jubilados que tomaban en sol en la Plaza de América: “¿Industrias en Sevilla? Bueno, aquí está la Junta de Andalucía, ¿se refiere usted a eso, no? Ahí es donde hay más gente trabajando. Y luego, los bares. Muchos bares…”

Los concejales los aguardaban en fila, impacientes por el momento crucial, la foto estrechándoles la mano que muy pronto estaría en el lugar más visible de sus despachos. El alcalde, además, les había dicho que no pensaran en las críticas que arreciaban por los 60.000 euros gastados. “Somos los únicos de Europa a los que se nos ha ocurrido la idea de traer a los asesores de Obama, y ésa es la envidia que nos tienen”. La lógica, además, estaba de su parte. Porque también en su partido se lo dicen. El Gobierno andaluz ha gastado en Sevilla más dinero que en ninguna otra ciudad y el alcalde Monteseirín es incapaz de rentabilizar nada, sigue perdiendo votos y cada vez tiene peor imagen en la ciudad. De esa inexplicable contradicción nació la idea de traer a Sevilla a los expertos de Obama.

Llegaron, los recibieron como a los gitanos en Macondo y, cuando se fueron, el concejal más aventajado ofreció sus conclusiones en una rueda de prensa. Dice así: «Tenemos la estrategia política y el modelo de ciudad, pero los medios tradicionales no llegan a la totalidad de los ciudadanos y hay que implementar ese esfuerzo para llegar directamente a los ciudadanos en una comunicación bidireccional».

Implementar, implementar… Cáspitas, cómo no se nos había ocurrido antes. El problema de Sevilla es que hay que implementar una comunicación bidireccional. Era eso, claro. Como José Arcadio Buendía. “Seguimos viviendo como burros mientras ahí afuera implementan el esfuerzo en la comunicación bidireccional”.

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16 octubre 2008

Sustratos


En pocas ciudades de España se roba tanto y tan bien como en Sevilla. Tiene la capital andaluza, en su abanico de suspiros y repulsas, una antigua fama de ciudad de pícaros y ladronzuelos que no ha variado desde Cervantes. El patio del Monipodio y el despacho de Juan Guerra. Los muros platerescos de su Consistorio. La picaresca, de tantos siglos como han pasado, se ha convertido en sustrato y hasta los arqueólogos se toparán con sus huellas cuando excaven en una iglesia, un mercado o una casa de citas. La picaresca es aquí otra cosa, y de eso se percató Cervantes; aquí es piadosa cofradía.

–¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?
– Sí, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año del noviciado.

Los aires del Arenal y de la calle Sierpes, el incienso de hojana de la cofradía de Monipodio se respiraba el otro día, cuando el juicio de las facturas falsas. Porque los tipos que se sientan en el banquillo son de esa otra cofradía que sirve a los intereses de un partido, el Partido Socialista, y hasta estaban dispuestos, a cambio de que el juicio no se celebrase, a pagar, con el correspondiente interés, el importe total de las facturas falsas que le cobraron al Ayuntamiento de Sevilla. Lo cual, que a la misma pregunta, los tres acusados contestarían igual que en la novela de Cervantes.

– ¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?
– Sí, para servir al PSOE y a las buenas gentes de Sevilla.

«Profesionales de la difamación y la mentira». ¿Cuántas veces lo habrán repetido los dirigentes del PSOE tras cada noticia, tras cada denuncia, tras cada revelación sobre las facturas falsas? Y ahora que los acusados lo que buscan es pactar un final sin juicio, ahora, dirán que lo ocurrido en Sevilla era cosa de tres, que actuaban por su cuenta, tres aprovechados de la buena fe del concejal, del alcalde, del partido …

En fin, a partir de la disposición de los procesados a devolver el dinero de las facturas falsas, ya no hace falta la celebración del juicio para sacar conclusiones políticas y, como en el lenguaje procesal, elevarlas a definitivas. La trama de las facturas falsas del Ayuntamiento de Sevilla es el último episodio conocido de la financiación ilegal del PSOE de Andalucía, tan persistente como los treinta años de historia de este partido. Habrá quien se excuse y, como en tiempos de Filesa, diga que cobrar comisiones para el partido no es robar. Pero tampoco esto tiene menos de cinco siglos. Ya ven.

– Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.
– Señor, (…) Monipodio (…) tiene ordenado que de lo que hurtáremos demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de una imagen muy devota que está en esta ciudad. (…)
– Y ¿con sólo eso que hacen, dicen esos señores -dijo Cortadillo- que su vida es santa y buena?
– Pues ¿qué tiene de malo? ¿No es peor ser hereje o renegado, o matar a su padre y madre?

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10 octubre 2008

Bicicleta


A la presidenta del Parlamento, Fuensanta Coves, le pidió un ciudadano en un foro de internet que le pusiera un adjetivo a cada provincia andaluza, y al llegar a Sevilla, dijo la señora: «¿Sevilla? Bicicleta»… Lo cual que, a partir de ahora, entenderá la presidenta que, con todo el respeto, su frase se enmarque y se convierta en chiste habitual de sobremesas. Mira que le han dicho cosas a Sevilla; a Sevilla la han cubierto de miel y le han escupido hiel; le han echado estiércol y la han adornado con pétalos de rosa. A Sevilla la han comparado con el paraíso y con la veleta. Mira que se han escrito cosas de Sevilla, pero nunca nada parecido a este piropo parlamentario que, con sólo decirlo dos veces, ya se hace pegadizo. «¿Sevilla? Bicicleta».

Adviértase, además, que la presidenta no lo dice como insulto o por desprecio a la ciudad. Ni por desconocimiento. Por eso desconcierta tanto, porque nada ofende más que ciertos halagos. Como dicen con acierto los argentinos, lo de la presidenta es una ‘pelotudez’, que es una forma elegante de advertirle a alguien que está comenzando a decir sandeces, imbecilidades o idioteces. En vez de cualquiera de esas admoniciones groseras, que cortan el ambiente, esa advertencia de mis colegas argentinos, «sos una pelotuda; decime, presidenta, qué boludez querés decir…». ¿Saben? Igual la mando a la web oficial de la pelotudez (pelotudo.org), para que la inscriban en su lista oficial. O que pongan un enlace en wikipedia: «¿Sevilla? Bicicleta».

Eso, claro, si antes no se lo arrebatan las hinchadas de fútbol, el carnaval o los humoristas… O las juventudes de la política, que es fácil imaginar a toda una grada en un mitin del alcalde Monteseirín cantando al unísono «¡Sevilla, bicicleta! ¡Sevilla, bicicleta!», y el líder dando saltitos tras el atril. Qué gran momento para retratar el absurdo de estos tiempos, del declive de las ideologías; qué gran metáfora bobada y de la corrección política. En Sevilla, dos emperadores romanos tienen calle en el centro acaso porque, como decía Cela, «Sevilla, como Dios, está por encima de lo que de ella puedan pensar los hombres». A Al Mutamid, el rey poeta, lo traicionaron los suyos, y dejó sus lágrimas en las fuentes del Alcázar, y Fernando III, el rey santo, tiene una urna de plata en la que se mantiene incorrupto. Y a pesar de eso, ¿Sevilla, quéee? «Sevilla, bicicleta».

En fin, que tiene que entender la presidenta del Parlamento que esa contestación suya se inscriba en los anales. Ha sido tal el impacto que lo de menos es la respuesta completa y hasta la conversión repentina de bicicleta en adjetivo. Para los interesados, ahí va la versión completa: ‘Andalucía, según la presidenta del Parlamento’. «¿Qué adjetivo le pondría a las ocho provincias andaluzas?... Almería, el mercado de abastos y su gente; Cádiz, la filosofía de vida; Córdoba, paseos por el centro; Granada, historia y nobleza; Huelva, las sierras; Jaén, sobriedad; Málaga, hecha a sí misma; y Sevilla, las bicis».

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21 enero 2008

Fábula


Si fuera una fábula, no tendría final. Si lo ocurrido en el Ayuntamiento de Sevilla fuera una fábula, ‘La fábula del zorro y el pardillo’, le habrían borrado la moraleja final. Y una fábula como ésa sin moraleja, sin lección de moral ni escarmiento ético, es una invitación pública a la desvergüenza.

Si lo ocurrido en el Ayuntamiento de Sevilla fuera una fábula, el zorro sería concejal de Izquierda Unida, Lolo Silva, que ha sido condenado por culpar de un robo a un funcionario inocente, a sabiendas de que era mentira. Y el pardillo sería un funcionario, José Luis Pardillos, al que convirtieron un día en el centro de todas las miradas, de todas las burlas; el funcionario al que colgaron el cartel de ‘inútil’ e hicieron responsable de que el Ayuntamiento de Sevilla entrase en el Guiness de las barbaridades políticas; el funcionario al que culparon del robo, delante de sus narices, la kilométrica cubierta de la Copa Davis. Era inocente, la responsabilidad de aquel robo no era del pardillo sino del zorro, el astuto zorro de Izquierda Unida. Lolo Silva, que tiene la cara de zorro, la barba de zorro, la mirada de zorro, el descaro del zorro, la risa del zorro. Por eso, aunque una sentencia lo condena al descrédito público, él ha conseguido invertir moraleja. En vez de dimitir, dará lecciones en la Universidad gracias al apoyo municipal. En esta fábula, el zorro puede seguir robando gallinas; la culpa siempre será del pardillo.

¿Será eso lo que, a partir de ahora, enseñe en la Universidad Pablo de Olavide el zorro Lolo Silva? Que la ética de un cargo público consiste en cometer las tropelías que se quieran y culpar luego al primer inocente que se cruce en el pasillo. ¿Será esa la lección que ofrecerá como profesor a los alumnos de Historia del Pensamiento Político? Que el poder autoriza al abuso, que el gobierno consiste en el cinismo y la mentira. ¿Será ése el ejemplo que quiere ofrecer el alcalde a la ciudad? Que sus concejales pueden hacer lo que quieran, sobre todo si son los socios de gobierno, porque lo más importante de todo es su sillón. ¿Será ése el mensaje que quiere lanzar Izquierda Unida? Que esa fuerza política, que en un tiempo abanderó la ética y la honestidad, ha dejado el rumbo en manos de zorros desvergonzados, cachorros atrevidos. Dictadores de barrio sin más principios ni escrúpulos que sus ansias de poder.

En el Ayuntamiento de Sevilla, el abuso de poder al llegado al límite inaceptable de que un concejal de Izquierda Unida culpó de un robo a un funcionario, a sabiendas de que era mentira. Y ahora que la verdad se conoce por una sentencia, ahora que sabemos que el funcionario se ha pasado años amargado, burlado, en tratamiento por depresión, al concejal lo hacen profesor de Universidad y al funcionario no le piden ni perdón. Si fuera una fábula, en el párrafo final no habría moraleja; el cuento se acaba con la imagen del zorro por un sendero, con birrete de profesor, silbando una canción de Estopa camino de la Universidad. «Me la pela, me la pela…»

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02 noviembre 2007

Tranvías


«A pesar de todo, aún no han podido con Sevilla». Lo escribió, unos días antes del esperpéntico descarrilamiento del tranvía de Sevilla, el escritor Félix de Azúa, tras una visita a la ciudad que lo dejó, de nuevo, embobado por el color de las jacarandas, el clima suave del otoño, la belleza obsesiva de la Giralda, la certeza de que siempre que se pasea por esta ciudad se acaba descubriendo un rincón que parecía velado, que se ocultaba. A Sevilla siempre se quiere volver, y por eso Félix de Azúa la recomienda cuando le preguntan por la ciudad más hermosa de España.


Es la belleza reposada y antigua de la Sevilla milenaria, que se ha enriquecido con las invasiones de la historia y que es capaz de resistir, incluso, el asedio de estos tiempos de globalización, las legiones de turistas bajo las que ya han sucumbido muchas ciudades de la vieja Europa. «Es cierto, el turismo aún no ha herido de muerte a Sevilla, pero los alcaldes la pueden hundir en cualquier momento. El actual ha puesto en marcha una línea de tranvías que transitan como tiburones junto a la catedral», remataba Félix de Azúa, sorprendido por el espectáculo.

Lo que ha ocurrido con el tranvía de Sevilla es curioso y representativo del alma sociológica de esta ciudad. A cualquier alcalde del mundo lo hubieran corrido a gorrazos si, como éste de Sevilla, hubiera prometido un Metro y, en su lugar, acabara inaugurando un tranvía (lo llama ‘Metrocentro’ para disimular) con un recorrido que no llega al kilómetro y medio. En Sevilla no. La ciudad acogió la inauguración del tranvía con el engañoso juego de sensaciones que convierte las adulaciones en vísperas del desdén y de la burla. Los mismos sevillanos que, el lunes, parecían llorar en las emisoras de radio por la emoción del tranvía, se descojonaban el martes cuando el dichoso trasto, después de seis meses (¡seis meses!) de pruebas, descarriló. «Esto está muy bien. El alcalde se ha gastado millones y millones en un tranvía de kilómetro y medio y un poco más y se mete en Correos a comprar sellos», dejó dicho uno que pasaba por allí. Fino y frío, que dijo Unamuno del sevillano.

Descarrilla el tranvía y todo el mundo se troncha por el ridículo del alcalde. Nadie se compadece. Dirán, ya lo sé, que la ciudad es así de cruel, de interesada; que siempre lo ha sido, desde tiempos de Julio César. Y es verdad, pero quién censura hoy, después de analizar la esperpéntica historia del tranvía, del despropósito permanente de las obras del metro, de la chapuza municipal, después de todo eso, quién no defiende esa doblez sevillana como un mecanismo de autodefensa. Como la ‘mala follá’ granaína o la ‘guasa’ gaditana. Es la respuesta, lecciones de humildad de ciudades milenarias a una clase política prepotente, ensimismada y soberbia. Es la respuesta adecuada, merecida a esos yupis del urbanismo sevillano. La ciudad siempre se impone. Por eso siguen llegando viajeros como Félix de Azúa. Ya lo advirtió Cela: «En Sevilla se cree o no se cree, como en Dios. Sevilla, como Dios, está por encima de lo que de ella puedan pensar los hombres».

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27 septiembre 2007

Hungry


El informativo de la radio ofrece en Sevilla una noticia singular. Dice el periodista: «Y en la agenda de la jornada, comienzo del curso universitario y convocatoria de las dos primeras barriladas (botellones), el jueves en Charco de la Pava y el viernes en Reina Mercedes». El mismo día, por la noche, un catedrático de Física, Luis Rull, presenta en una conferencia a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Y dice Rull: «Me gustaría recodar una gran frase de Steve Jobs, fundador de Apple, en su discurso en la Universidad de Stanford, frase que repetiría a cualquier joven en la situación de nuestro primer protagonista: ‘Stay hungry, stay foolish’, que, traducido en el sentido que le da el gran genio de la informática, quedaría así: ‘mantente hambriento, mantente osado’. Nuestros jóvenes deben aspirar a la mejor formación, a las mejores oportunidades».

La disposición de las noticias tiene esta magia que hace inevitable las comparaciones. Periodismo subliminal no buscado, porque, al final del día, uno se acaba preguntando cuál sería el lema de Steve Jobs si se hubiera educado en ese ambiente de botellonas. ¿De qué tienen hambre nuestros universitarios? Sin caer en chistes fáciles (más que hambre, los universitarios andaluces lo que tienen es mucha sed), sigamos la experiencia de vida de uno de los principales artífices de la revolución informática, acaso la mayor revolución de todos los tiempos.

Steve Jobs es hijo de una estudiante universitaria que, al quedarse embarazada, decidió tener a su hijo y, luego, entregarlo en adopción con una sola condición: Que los padres de acogida fueran universitarios. La petición de la madre biológica se truncó en el último instante y Steve se crió en el seno de una familia de clase media, un empleado de ferrocarril que se esforzó porque su hijo pudiera llegar a la Universidad. Ingresa en universidad de Portland, pero sólo puede asistir seis meses a clase por el alto coste de los estudios. Sin embargo, continúa asistiendo como oyente a aquellas clases que le interesaban, como caligrafía. Los apuros económicos se los sacude con trabajos ocasionales, programador de videojuegos o recogiendo cosechas en una huerta de Oregón.

Cuando años más tarde le preguntaban por sus orígenes, Steve Jobs recodaba su lema de estudiante (‘Stay hungry, stay foolish’) y concluía que, al final de la vida de una persona, cada circunstancia se va uniendo como una línea de puntos: El deseo de su madre biológica de que su bebé se criara en un ambiente universitario, el espíritu de esfuerzo de su padre ferroviario, las clases de caligrafía que le sirvieron para diseñar la tipografía del primer Mac y el trabajo en una huerta, que le dio el símbolo de su imperio, la manzana.

Inicio del curso universitario en Sevilla. Si lo piensan, el problema no son las barriladas, el problema es que, uniendo los puntos que van dejando encuestas y estadísticas (fracaso escolar, crisis de autoridad y disciplina, botellones, récord de consumo de cocaína), aparece un perfil muy reconocido; mírenlo, ésa es la silueta del fracaso.

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16 mayo 2007

Para Pepi


Había un tipo acodado en la barra del bar. Pasaba las hojas del periódico con desinterés, como si apartara los guisantes del puchero. Llegó a la información electoral y señaló con el dedo una valla publicitaria: ‘Haremos más, Alfredo Sánchez Monteseirín’. «Esto es verdad», le dijo al camarero. «Haremos más, porque menos es imposible».
El alcalde de Sevilla es un tipo cordial, sencillo y abierto que, después de ocho años de gobierno, se debate entre el ridículo y la hazaña. Lo primero, porque es probable que no haya existido en Sevilla otro alcalde anterior con peor imagen que Monteseirín. Si pierde la Alcaldía, serán los suyos los primeros que querrán correrlo a gorrazos. Llevan meses intentándolo. Pero si no es así, si gana las elecciones, se convertirá en el único alcalde de Sevilla que ha logrado gobernar durante tres mandatos seguidos.
Todo esto, este simbolismo de estar entre el ridículo y la hazaña, parece interesante porque el alcalde, de hecho, sigue encabezando las encuestas pero, objetivamente, como decía el tipo aquel del bar, el balance de gestión de ocho años de gobierno en Sevilla es mínimo. Mínimo, claro, si se compara con lo que sucede en otras ciudades. En Madrid, por ejemplo, Esperanza Aguirre ha editado estos días unos folletos en los que detalla los noventa kilómetros de Metro construidos en tres años y medio. En Sevilla, en el mismo tiempo, se han construido tres o cuatro kilómetros de túnel. Como no se ha podido inaugurar ni una sola línea, se ha improvisado un tranvía que recorrerá –todavía no funciona– un kilómetro y medio del centro de la ciudad. Lo llaman ‘Metrocentro’.

Ahora, en plena campaña, a Monteseirín ha vuelto a estallarle la agria polémica de las ‘facturas falsas’, la red de financiación que, según el PP, ha estado nutriendo al PSOE de dinero público.
Las subvenciones municipales, según la denuncia, se desviaban hacia el partido inflando facturas de inversiones en los barrios. Los socialistas, que niegan cualquier red de financiación, ridiculizan las denuncias por las cantidades que se suelen airear. Facturas infladas con quinientos euros, con mil euros, no tienen consistencia, dicen, para hablar del «saqueo de las arcas municipales», como afirman los populares.
Desde fuera, es verdad, las ‘facturas falsas’, tomadas una a una, no parecen tener el nivel de gran escándalo político; salvo que sean, una a una, las piezas diminutas de un enorme puzzle. Corrupción institucionalizada, como la que quiere demostrar el fax enviado ahora por el PP al juzgado, en el que se desvelaría el procedimiento. «Para Pepi», dice el encabezamiento del fax, entre enigmático y tierno. Y detalla el procedimiento, una parte para pagar la factura real y el resto «a Caja fuerte».

‘Haremos más’. Los lemas de campaña, qué peligro. A ver qué se le ocurre esta mañana al tipo aquel del bar, cuando comience a repasar las páginas del periódico, como quien aparta los guisantes del puchero, y se detenga en el fax: «Para Pepi».

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