El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

06 enero 2012

Riesgo asumido


Existen, claro que existen. Tú quizás creías que los Reyes Magos sólo existen de verdad, con intensidad, en la niñez, pero que luego toda esa magia se desvanece, desaparece de la vida a medida que la realidad crece a nuestro alrededor; se agigantan las certezas y las limitaciones, y en la balanza se va quedando abrumada, empequeñecida, la inocencia. En eso tienes razón, todos lo hemos pensado alguna vez, que la niñez es la única patria de la felicidad, de la felicidad total, porque sólo entonces, en ese periodo de la vida, el ser humano se deja guiar exclusivamente por esa combinación perfecta de credulidad y de inconsciencia que conocemos como inocencia. Cuando eso sucede, cuando es la inocencia la que nos despierta cada mañana, se despliega un universo de imaginación en el que todo es posible; cualquier cosa se hace realidad ante tus ojos porque en las películas el malo siempre sale derrotado, porque el horizonte del día es el patio del colegio, porque no existen los sinsabores, ni las frustraciones, ni el desamor. En la niñez no existe el pasado, sólo el presente; ni siquiera inquieta el futuro porque en la mente de un niño esos cálculos no alcanzan y porque los planes del mañana están tan lejos que se pierden en el infinito de una vida por andar.

La felicidad se acaba cuando se convierte en un sentimiento incompleto, cuando ya no es posible abstraerse en un instante de satisfacción sin pensar en lo que hemos perdido, en lo que se ha truncado, en lo que se ha roto y nunca más podrá volverse a componer. Por eso, porque todos sabemos que la felicidad tiene su tiempo ceñido a la niñez, lo que ocurre en un día como hoy, este estado de ilusión colectiva, acaba demostrándonos que los Reyes Magos sí existen. Sólo hoy, sólo por unas horas, todo el mundo vuelve a mirar a través de los ojos de un niño. Sólo por la madrugada que acabas de vivir, sólo por el despertar de esta mañana, que no existe ningún sobresalto igual. Fíjate, por ejemplo, en la sentencia que hace unas semanas dictó un juez de Huelva, el magistrado Javier Pérez Minaya, y vas a comprobar lo que te digo. Una mujer había demandado al Rey Baltasar por el caramelazo que recibió durante la Cabalgata y el juez, en su sentencia, decidió sobreseer el caso. Y eso que, nada más comenzar a redactar la sentencia, el juez admitía que no podía ser objetivo en el proceso ya que entre él y el Rey Baltasar «existe una relación de amistad íntima». De hecho, Baltasar, el denunciado, «con el concurso del Rey Melchor y del Rey Gaspar, han venido ofreciéndome anhelados presentes cada seis de enero». Aún así, el juez de Huelva tiró de argumentos jurídicos y absolvió al Rey Baltasar por la sencilla razón de que cuando cada uno de nosotros decide acudir a una cabalgata de Reyes Magos ya sabe que habrá carrozas desde la que se lanzarán caramelos. «Y un caramelazo, como un balonazo en un partido de fútbol, o una cornada en San Fermín, es un riesgo asumido», acababa argumentando el juez en su sentencia.

Dime tú, ahora, después de haber conocido esta sentencia, si no podemos zanjar ya de una vez el debate sobre la existencia de los Reyes Magos, si hasta contamos ya con documentos oficiales que los citan como personas físicas. Y más allá de eso, dime tú ahora, con el erial de sinsabores que estamos atravesando, si este periodo expansivo de ilusión colectiva no es la prueba definitiva de su existencia. Es aquello de Unamuno: «De razones vive un hombre; de sueños sobrevive». Sólo hoy, sólo por unas horas; ese es el verdadero riesgo asumido por todos, volver a la inocencia, a la inconsciencia. Que mañana ya amanecerá otro día más.

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23 junio 2011

Corpus



«Será religioso o no será». Ha salido a la calle temprano, casi de madrugada, para recorrer las calles verdes de hierba esparcida, recién cortada, con el olor de la savia impregnando las paredes de cal. Se ha echado a la calle decidido, atraído por una fuerza que no es racional, ni meditada, es un impulso de años, la fuerza de la costumbre. Ha comenzado a andar despacio en busca de la procesión del Corpus y, desde que cerró la puerta de su casa, no deja repetirse la misma frase: «el siglo XXI será espiritual o no será». Sin saber por qué, se ha instalado en su mente, viene y va, viene y va, como si su cabeza, con esa letanía, se quisiera acompasar al ritmo de los pasos que va dando. Antes de doblar la esquina, ya ha comprendido que lo que le atormenta de la frase es la certeza de que nadie ha resuelto aún esa duda. Que ya estamos plenamente integrados en este nuevo siglo, y la duda persiste. Alguien la dejó grabada en el epitafio del siglo anterior, una lápida de mármol con esa inquietud que, ahora, nos hace dudar hasta de la propia existencia. ¿A qué riesgo se refiere? ¿Qué va a ser del hombre sin religión?

En el portal entreabierto de una casa del barrio antiguo, ha podido ver al fondo, cruzando un patio de baldosas antiguas, rojas y blancas, un niño vestido de comunión que participará en la procesión del Corpus por las principales calles del pueblo. Al verlo, como un destello blanco, ha reparado que la memoria más fiable del hombre es aquella que traen los olores; el olor del traje blanco almidonado y las manos de su madre, acariciándole el cuello de la camisa mientras lo vestía, el olor de la colonia infantil en el pelo recién peinado y el olor de la calle, verde hierba, cuando se encontraba con sus amigos camino de la iglesia. «Será religioso o no será». ¿No es acaso esta procesión del Corpus una demostración fiable de que el peligro se ha conjurado? ¿No lo corrobora así él mismo o ese niño vestido de comunión? ¿No es acaso ese cruce de miradas a través del patio un lazo firme que hilvana pasado, presente y futuro?

La puerta grande de la Iglesia ya se ha abierto y se adivina el revuelo del interior, los últimos preparativos, las filas ordenadas, la custodia bajo palio, las autoridades. «El siglo XXI será religioso o no será». Tan compleja es la duda que, para colmo, ni siquiera se le pueden exigir explicaciones al autor; que siempre se le ha adjudicado a André Malraux, pero él mismo dijo que nunca había salido de su boca. El siglo XXI ya ha consumido su primera década y, en estos albores, sólo nos llega el contraste de dos sociedades que caminan de espaldas, la una avanza hacia el laicismo y la otra se adentra en el fundamentalismo. Es esa, quizá, la mayor perversión, la explicación de porqué aquella pregunta lapidaria se ha quedado sin respuesta; el siglo XXI no va tener que decidir entre ser o no ser religioso, sino que la tensión es mayor porque se va partiendo en dos mitades. Ser y no ser, al mismo tiempo. Los primeros tramos de la procesión han comenzado a salir y una nube de incienso antiguo ha acudido a disipar sus dudas: Un hombre necesita la tradición, esa reiteración de siglos, para sentirse seguro. ¿Será o no será? Quién sabe, pero hoy es Corpus, y la hierba cortada le ha dejado como consuelo la esperanza de lo inmutable.

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01 junio 2011

Aprehensión




Vivimos pendientes de una plaga. Parece que la esperamos, más que temerla, la intuimos; se presiente, está ahí, ya viene, se acerca. Vive el hombre moderno a la espera de un mal antiguo, primitivo, un azote que lo borre de la faz de la tierra, una enfermedad que desborde los hospitales, que desconcierte a los laboratorios, que reviente los tubos de ensayos y empape de bacterias las batas blancas de los científicos. Un virus desconocido, con nombre de satélite espacial E-42, que llene las aceras de mascarillas y de ojos esquivos, bocas cerradas y miradas desconfiadas, un muro invisible que nos convierta en sospechosos ante los demás, en víctimas frente al vecino. Estamos esperando la pandemia, la enfermedad global, y por eso, en cada temporada, la humanidad entera se alerta con la llegada de un mal nuevo.

Ahora son los pepinos, la fiebre verde, como antes fue la peste porcina, la Gripe A, y antes la Gripe aviar, y antes de antes, el mal de las vacas locas. Pero es la certeza del hombre de que un gran mal puede asolar la tierra, es la inseguridad de este cambio de milenio, la que hace creíble las alertas. Es el temor subconsciente el que rompe todos los rigores, el que cierra las fronteras de golpe, el que hace añicos la fidelidad alemana, el que derrite en un instante la frialdad científica y la sensatez europea. Por esa acumulación de espera y desconocimiento; por esta aprehensión se multiplican las alarmas, se extiende el miedo, se propaga el pánico. La fiebre de ahora nace de una bacteria que vive en el intestino del hombre, de los animales; una bacteria inofensiva que se convierte en plaga, trasmuta como las anteriores, la del pollo, la de la vaca, se vuelve feroz. Y todo surge en los establos que el urbanita imagina con montañas de estiércol a su alrededor, y los animales enfangados en un barro de orines y de heces. No es real, pero así se imagina porque así se espera.

Vivimos presos de nuestros remordimientos, de aquello que no hacemos bien, de las injusticias que toleramos, de las hambrunas que consentimos, del egoísmo que engendramos, de las deidades que olvidamos, de la velocidad con la que transitamos por la vida, de la incertidumbre que acumulamos. Como el sermón de Paneloux, como el último sermón del sacerdote de Orán, la ciudad cercada por la peste. Paneloux se había agotado en sí mismo; su sermón apocalíptico se desvaneció cuando la muerte de niños inocentes, de hombres y mujeres piadosos, arrastrados por la plaga, hacía imposible sostener por más tiempo que era Dios quien, cansado de soportar el mal del hombre, había apartado de ellos su mirada. Entonces, poco antes de morir también él, en su último sermón, Paneloux alzó los brazos: «Hermanos míos, ha llegado el momento en que es preciso creerlo todo o negarlo todo. Y ¿quién de vosotros se atrevería a negarlo todo?». Estamos pendientes de una plaga quizá porque estamos pendientes de esa pregunta definitiva, la que nos sitúe frente al abismo de lo que somos.

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22 abril 2011

Punto ciego




Muchas veces es bueno sumergirse en el estruendo. Aislarse en el bullicio. Sólo en medio de la multitud, empapado en el gentío, como cuando se hunde la cabeza en el agua y se hace un silencio hueco. En ese momento, la soledad es reflexiva: estás contigo y te observas. Te ves. A través del capirote de un nazareno, ésa es la sensación que se tiene cuando la cofradía atraviesa una calle bulliciosa y hay un alboroto de niños a tu alrededor, un trasiego de voces anónimas que se han detenido en la acera a repasar sus vidas, sus inquietudes, sus preocupaciones, en tanto llega el Cristo crucificado. El nazareno está allí detenido, separado del mundo por una túnica negra que lo envuelve, y después de explorar miradas y de reconocer amigos sin decir nada, después de acariciar labios y colgarse de las voces de otro, después de atravesar la bulla por un leve pasillo de cirios encendidos, se vuelve hacia sí mismo y contempla desde fuera su propia vida en ese mundo al que, por unas horas, ha dejado de pertenecer.

Dicen que, en esos momentos de introspección, existe un punto ciego que impide que veamos toda nuestra realidad, quizá por una subjetividad inevitable. En un libro de Nicholas Fearn leo que «los filósofos han procurado superar este punto ciego mirando de reojo el viaje del individuo a través de la vida». Pues bien, si hay un sentimiento común en todas las experiencias personales que se cuentan de la Semana Santa es justamente ése, que ha servido siempre a los hombres para verse a través de su vida. En la misma acera en la que estás ahora, ante la misma cofradía, puedes verte de niño y de adolescente y puedes imaginarte de anciano. En la misma esquina por la que ya se pierde el manto de la Virgen, puedes ver a los que ya no están y puedes sentir la punzada de tu propia ausencia. Idas y venidas a lo largo de nuestra propia vida para buscarnos, construirnos, aceptarnos, y, a partir de esa mirada hacia dentro, reconocer y comprender a los demás.

No es casualidad que suceda en Semana Santa porque también eso está entre los valores de una fiesta como ésta. Si algo aportó el cristianismo a la civilización fue precisamente el hecho de colocar al hombre en el centro de la creación. La divinidad encarnada en un hombre. «No entender esto supone vetarse toda comprensión del mundo intelectual y moral en el que aún hoy vivimos. Por poner un único ejemplo, está claro que sin la revalorización cristiana del ser humano, del individuo como tal, nunca habrían visto la luz esos derechos del hombre hacia los que hoy sentimos tanto aprecio», escribe Luc Ferry.

Conviene sumergirse en el estruendo y aislarse. Sucede en Semana Santa, pero tendríamos que buscar ese encuentro en cualquier rincón del año. Mirarse, pensarse, comprenderse. Y así superar el punto ciego de nuestra propia subjetividad como aconsejan los filósofos: mirando de reojo a través de la vida de cada uno.

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21 abril 2011

Deriva atea



Sé de muchas personas sensatas y razonables en España, nada de mojigatos y meapilas, que están preocupados por lo que ellos llaman la «deriva atea» de la sociedad. Debe entenderse que cuando esta gente se muestra preocupada por esos comportamientos sociales no es porque les duela que la misa de doce del domingo tenga menos feligreses o porque las catequistas se desesperen clamando contra la frivolidad de las comuniones; no, cuando esta gente habla de ‘deriva atea’ no ponen el acento en la religión y ni siquiera en Dios, sino que lo que señalan es el inmenso conjunto de valores que representa la Iglesia Católica en occidente y que, al desaparecer, origina un vacío social que asusta.

Podemos detenernos, por ejemplo, en la última polémica provocada por la convocatoria de una procesión atea en Madrid, finalmente prohibida, que pensaba celebrarse en este Jueves Santo. Lo que menos sorprende de la convocatoria, porque eso lo sabemos desde hace tiempo, es que en este mundo quienes realmente no pueden vivir sin Dios son algunos ateos que se pasan el día justificando su descreimiento. Al tiempo de volverse un auténtico coñazo monotemático, incapaces de entender que es absurdo reivindicar lo que, según ellos, no existe. Pero eso, ya digo, se sospecha desde hace tiempo y es como una variante extrema de la fe de converso. No, no es eso. Lo que puede preocupar de polémicas como esa procesión atea es el activismo contra el diferente, la provocación contra el que no piensa igual, la intransigencia contra el adversario.

El ateísmo, en ese tipo de personas, es una expresión más de un radicalismo ignaro que sólo sabe reivindicarse con la intolerancia y el sectarismo. No convocan una manifestación en Jueves Santo para defender unos principios, una idea, sino para combatir los principios y valores de los demás. Mucho mejor se entiende el agravante de la provocación en esos ateos cuando se detiene uno en aquellas personas que, a lo largo de la historia, han llegado al convencimiento de la no existencia de Dios mediante el estudio y la reflexión profunda, y exponen su convencimiento con absoluto respeto y consideración hacia los creyentes. San Manuel Bueno, mártir. Para qué explicar más: «que se consuelen de vivir, que crean lo que yo no he podido creer».

Cuando lo que profilera en una sociedad es el ateo provocador, hasta los ateos cultos y tolerantes deben sentirse agredidos. Porque no es la existencia o no de dios, ese debate tan antiguo como el hombre, lo que se pone de manifiesto, sino un problema mayor de la sociedad. Es el sectarismo del mediocre, la osadía del ignorante, la provocación de los radicales, la grosería de quien ha construido una ideología con tres consignas y dos pastiches. Es el fundamentalismo agresivo y la intolerancia de los que no creen en nada. Ni siquiera en el hombre.

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24 diciembre 2010

Probablemente



Probablemente llegarán tiempos peores. La crisis nos hará bracear sin descanso en el fondo antes de ver la superficie y habrá colas de hombres y mujeres en las aceras de cualquier oficina de empleo, espantando el frío con el abrigo que tantas veces les llevó a la oficina, con las botas reforzadas que pisaban la siderurgia o la obra. Probablemente un día, al llegar al trabajo, nos crucemos con algún compañero que se le acaba el contrato. Y en el bar encontraremos a un vecino desesperado con la hipoteca. Se helarán las cuentas del banco antes de llegar a fin de mes.

Probablemente llegarán más pateras, mujeres con sus bebés en brazos y jóvenes cubiertos con mantas rojas pisarán la orilla del mar. Nos mirarán con los ojos abiertos y desconcertados de una pantera negra perdida en una playa de arena fina. Nos mirarán, les miraremos, y nadie tendrá respuestas. Nacer pobre, nacer rico; nacer en África, nacer en Europa. Nadie lo elige, sólo podemos elegir nuestra forma de ser, el deseo de progresar todos juntos.

Probablemente nos invada la angustia y la desesperación al ver este afán obstinado del hombre por la autodestrucción. Hombres que son lobos de otros hombres. Mujeres maltratadas por sus maridos, menores agresivos que campan chulos por las aceras, gente desquiciada que vaga por las calles con los ojos encharcados en odios inexplicables.

Probablemente llegarán imágenes de atentados sangrientos en alguna mezquita musulmana de Irán o de Afganistán, mujeres enlutadas que sostienen en brazos el cadáver de su marido, de su hermano o de su hijo. Y la barbarie se mezclará con el disparate cuando aquí se confunda el fundamentalismo con la libertad, el burka con la cultura, la desigualdad y la opresión con la religión. Sentiremos otra vez el desasosiego de estar perdiendo esta batalla contra la involución, que es la batalla del nuevo siglo, de esta nueva era.

Probablemente, llegarán días en los que nos sintamos solos en medio de la gente; esa soledad interior que nada tiene que ver con estar acompañado, sino con la incertidumbre, con la incomprensión, con el vacío. Y habrá corazones que se incendien y amores que se apaguen.

Probablemente todo eso llegará, sí. Pero por duros que sean los tiempos que hayan de venir, nada ni nadie arrebatará al hombre su esperanza de un mundo mejor. La esperanza, que es su arma más antigua. La esperanza de encontrarse a sí mismo, la esperanza del esfuerzo, de sus posibilidades de progreso. La esperanza y la humildad que cada año se renuevan en una noche como hoy con las palabras más sencillas: «Y un ángel del Señor se apareció a unos pastores acampados al raso, velando de noche por turno su rebaño: No temáis, porque os anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo. Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es el Cristo, que es el Señor. Y ésta es la señal: Hallaréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

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12 agosto 2010

Ramadán



Bienvenidos al Ramadán, musulmanes que vivís en Andalucía. Ya ha recordado la Junta Islámica, y lo repetirán estos días los imanes de todas las mezquitas, que este es un mes de recogimiento e introspección, un mes que se oculta del sol, que convierte la luz en señal de ayuno y de abstinencia, ni comida ni sexo mientras haya luz del día. Es un mes de sacrificio, sí, y los musulmanes saben bien que el sacrificio, además de acercar al hombre con dios, fortalece el espíritu, robustece el carácter, acentúa el dominio de uno mismo. Todo eso os lo dirán, lo recordarán. Y es tan intenso el esfuerzo y tan repetida la oración que quizá ningún imán, ningún presidente de ninguna asociación islámica, repare en un detalle tonto, casi banal: Fijaros, musulmanes que vivís en Andalucía, que nadie aquí interfiere el Ramadán. Ninguna protesta de ninguna asociación vecinal, ningún vandalismo promovido por ningún grupo religioso, ninguna prohibición institucional, ninguna campaña en los medios de comunicación. Nada. Fijaros, musulmanes, en este detalle bobo porque esta nadería sólo ocurre aquí, en las democracias occidentales en las que la religión ha aceptado desde hace siglos el laicismo del Estado.

Es tan importante el matiz que, si reparáis en él, comprobaréis cuanto engaño se esconde en los discursos etéreos sobre la alianza de civilizaciones. Veréis que no hace falta esperar ni aplazar ningún derecho, que la alianza de civilizaciones es ésta que disfrutáis; la de un país en el que los gobiernos y la gente acepta la normalidad de que dos millones de ciudadanos practiquen el Ramadán en un país mayoritariamente católico. Comprenderéis, musulmanes que vivís en Andalucía, que no hay muchas civilizaciones, que existen muchas culturas, muchas costumbres, muchas religiones, pero que civilización sólo existe una, y ésa es la misma para todos los hombres y mujeres del mundo porque es la defiende la libertad y la igualdad de todos. Sin discriminaciones ni vetos, ni hombres ni mujeres. Ciudadanos que defienden sus derechos y cumplen con sus obligaciones. Durante la reflexión del ayuno, reparad musulmanes en este detalle tonto, que vuestro Ramadán sea posible en España porque los ciudadanos saben que ningún ciudadano debe ser discriminado por razón de sexo, de raza o de religión. Y eso es así porque los derechos y los deberes de los ciudadanos civilizados no los establece ninguna religión.

Quienes os hablan de conflicto de civilizaciones o de guerra de civilizaciones no han reparado en lo que ocurre estos días de Ramadán, esta normalidad en la que nadie repara; la evidencia de que dos religiones pueden coexistir pacíficamente, tolerándose o incluso ignorándose, porque lo fundamental es que exista, por encima de todos ellos, un Estado que garantice la libertad de culto, un Estado sin religión de Estado. Todo eso, la guerra de religiones, pertenece al pasado, y es verdad que durante mil años cristianismo e islam se embarcaron en esas guerras. Pero hace ya muchos siglos, desde el siglo XVII, que el cristianismo abandonó la civilización teocrática, que es la que se mantiene en el islam.

Bienvenidos, al Ramadán, musulmanes que vivís en Andalucía, y meditad sobre el detalle tonto de que si doscientos mil cristianos, o dos millones, que es la cifra de creyentes del Islam en España, quisieran celebrar su Semana Santa en los países árabes no tendrían la misma suerte que vosotros.


Foto: Jesús G. Hinchado

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28 junio 2010

Test de burka




EL MUNDO publicó hace unos días un interesante experimento sociológico con el que pudo demostrar que un gilipollas sigue siendo gilipollas cuando se le coloca un burka. Fue una mujer, Monserrat Nebrera, una política catalana, la que se colocó durante unos días el burka. La señora fue diputada del Partido Popular pero acabó dejando ese partido después de meterse absurdas controversias, alguna de ellas en las que se burlaba del acento andaluz. En cualquier caso, si ha sido del PP debe entenderse que sigue siendo de derechas, o de centro derecha. Hace unos días, la señora se puso el burka, se dio unos paseos por Barcelona y sacó sus conclusiones: “El primer día imaginaba ir en una cárcel ambulante; el segundo día era como llevar una fortaleza que más que aislarme, me protegía. Sólo enseño cinco centímetros de mi cuerpo, pero me siento como si estuviera desnuda. Lo que asfixia no es el burka sino las miradas de rechazo”. Ahí quedó. Para no ser Bibiana Aído, no está mal.

Todo lo anterior, esa confluencia en los supuestos extremos de la política, sirve para demostrar, en primer lugar, que la polémica sobre el uso del burka en las sociedades libres no forma parte de las ideologías, por mucho que, de forma incomprensible, a una parte de la izquierda, o mejor de la progresía, le haya dado por pensar que el respeto a la diversidad y la tolerancia conlleva la aceptación del burka. No, ni el burka tiene que ver con las ideologías ni, desde luego, tiene nada que ver con el respeto de otras culturas. El burka sólo tiene que ver con dos pilares básicos de cualquier estado de Derecho, la libertad y la igualdad. No es de izquierda ni de derechas, es más elemental, más básico, un burka atenta contra la dignidad humana y contra los derechos de toda persona.

A partir de ahí, pensar que una mujer accede libremente a colocarse un burka es una irritante demostración de diletantismo político; un hijo natural de la creencia de que no todos los pueblos están hechos para la libertad y para la democracia. Creer que una mujer con burka es una mujer libre es equivalente a pensar que una mujer maltratada, que sigue viviendo con el maltratador, es una mujer que acepta los golpes y las violaciones de su marido borracho porque son demostraciones de amor. Una mujer que acepta un burka, una mujer que acepta caminar por la calle cinco pasos detrás de su marido, una mujer que acepta que la castren con una tela de todos sus atributos físicos, no puede ser nunca una mujer libre. Ningún amor, ninguna religión, ninguna pasión puede justificar que una democracia acepte que un burka forma parte de la libertad. Porque no es verdad y, aunque lo fuera, no se puede aceptar porque el estado de derecho también le impone límites a la libertad individual.

El maltrato psicológico está recogido en el Código Penal. No es necesario que una mujer sufra daño físico para que un juez condene “al que infligiera a otra persona un trato degradante, menoscabando gravemente su integridad moral”. Si aceptamos que un burka es una humillación para la mujer, comienza a ser un insoportable ejercicio de hipocresía que en España no incluyamos el burka dentro de la Ley de Violencia de Género. En el test del burka, yo no me apunto a la gilipollez.

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18 junio 2010

Desnorte eclesial



A la jerarquía de la Iglesia católica no hay quien la entienda; desconciertan tanto con algunas de sus decisiones que esta sucesión de disparates debe obedecer a una razón superior, como si estuvieran representando delante de todos ‘la parábola del cura errante’. Cuando más sensatez se necesita, cuando más falta hace que la Iglesia católica se ofrezca de ejemplo de religión evolucionada, moderna, capaz de entender y explicar la complejidad de estos tiempos; cuando más la necesitamos como ejemplo de iglesia evolucionada frente a otras religiones estancadas en la Edad media, la jerarquía eclesiástica se empeña en ofrecer su cara más cerrada, más antigua, más sectaria. Cuando la sociedad necesita más su ejemplo, en el momento en el que tendría que rescatar su mejor pasado, su presencia en el origen mismo de los valores esenciales del humanismo y del progreso social, de la igualdad entre todos los hombres y la solidaridad, en este momento histórico a los purpurados le salen a borbotones discursos retrógrados y superficiales.

Habrá habido muchos momentos en dos mil años de historia en los que la Iglesia ha jugado un papel trascendental, aunque no siempre acertado, pero son, quizá, estos años del nuevo siglo cuando más la religión católica es necesaria como referente moral en la sociedad. Y no verlo así, no entenderlo así, puede ser un error irreparable en el futuro. Si ante la incertidumbre y los vaivenes sociales de este principio de siglo, la respuesta de la Iglesia católicas es enrocarse en sí misma, lo peor no será que progresivamente vayan mermando los fieles; no, lo peor será el daño a la sociedad por haber eludido su responsabilidad, por haber hurtado su ejemplo. Si ante el avance del fundamentalismo islámico y el efecto mimético que ejerce para la radicalización de otros movimientos, la Iglesia católica no es capaz de volcarse en la otra balanza, lo peor no será el empobrecimiento de su discurso, sino el deterioro social. Si ante el desplome moral de la sociedad, la Iglesia se mantiene en sus postulados más rancios, frente a los preservativos, frente a la homosexualidad, lo peor no será su estancamiento, sino el atraso de todos.

Pero deben haber entendido que, para adaptarse a los nuevos tiempos, lo esencial es el espectáculo. Quizá por eso, los pasos de Semana Santa van ahora de un lado para otro, como estrellas mediáticas. Primero, la Macarena, que este verano se irá en su palio hasta el estadio olímpico de Sevilla para presidir una beatificación. Sí, ha leído bien, el palio de la Macarena en el estadio olímpico. Y luego, el año que viene, un desfile de pasos procesionales en Madrid, un vía crucis reverencial para el Benedicto XVI. Desde Cibeles hasta Colón, pasos de toda España, entre ellos el Cristo de la Legión de Málaga. Es curioso porque lo que la Iglesia le ha reclamado siempre a las hermandades es que no se conviertan en un espectáculo frívolo, fuera de su contexto, es decir, justo lo contrario de lo que predica ahora con el desfile madrileño. Tanto es así que al arzobispo de Sevilla le ha dado por decir que las hermandades que han rechazado acudir al desfile madrileño tienen un "déficit de eclesialidad".

No, no son esos desfiles de pasarela, desde Cibeles a Colón, lo que los tiempos están reclamando de la Iglesia. No es ése el déficit de eclesialidad. Para adaptarse a los tiempos, no hacen falta atajos mediáticos. Lo que hace falta es un referente moral; una Iglesia comprometida, rigurosa, abierta y tolerante.

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03 abril 2010

Según Barbeito



Hay más verdad en la sencillez de un místico descreído que en las estrictas reglas de rígidas prelaturas de la Iglesia católica. Hay más reflexión, más sinceridad, en quien busca la verdad en la duda que en quien afirma que conoce la verdad de nuestra existencia. Bernardo Soares, el heterónimo de Fernando Pessoa, era uno de esos místicos descreídos en los que se puede encontrar más verdad que en muchos otros de comunión diaria y principios inamovibles. Y Bernardo Soares decía: “Pertenezco a una generación que heredó el descreimiento en la fe cristiana y que creó en sí un descreimiento en todas las otras fes (…) Todo eso lo perdimos nosotros, de todos esos consuelos nos quedamos huérfanos. (…) Sin ilusiones vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos, nos disminuimos, porque el hombre completo es aquel que se ignora. Sin fe no tenemos esperanza, y sin esperanza no tenemos propiamente vida.”
Luego de ese texto sublime, Pessoa establecía un vínculo necesario entre la esperanza y la idea del futuro, la idea del mañana, con lo que cerraba el círculo de la existencia; el pasado que llevábamos a la espalda, el presente que vivimos y las expectativas de un futuro que anhelamos y que nos hace superar la incertidumbre del presente y la nostalgias del pasado. Quiere decirse, en fin, que la vida, nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros necesita la esperanza de otra vida; necesita la ilusión, la fe, de que todo no se agota con estas líneas, con este día, con este año, con este momento, sino que con cada paso que damos estamos construyendo una ilusión. Una esperanza.

Esperanza, sí. Pero fíjense cómo es la duda en cada uno de nosotros la que se convierte al final en un camino hacia la esperanza, hacia la ilusión, y gracias a la inquietud que hace de la duda es, además, un camino hacia el impulso creador, como se decía antes. Dicho de otra forma, la duda forma una parte esencial de la idea del cristianismo, de la religión católica, y no sólo por el pasaje bíblico que hoy mismo revivimos cuando el propio Jesús exclama, ante su crucifixión, “padre, por qué me has abandonado”. No, no sólo por eso. La duda, desde los filósofos griegos, es la sustancia de la que está hecho el progreso; gracias a la duda avanzamos, gracias a la duda investigamos, mejoramos. Gracias a la duda escuchamos a los demás, atendemos otras realidades, otras formas de ver la vida. La duda genera humildad y de la humildad nace el pensamiento de la igualdad entre todos los seres humanos. Gracias a la duda avanza la humanidad.

Quienes no vivan en Sevilla quizá sean ajenos a la polémica que se ha desatado en la ciudad por el pregón de Semana Santa de Antonio García Barbeito. Por su forma de ser, por su vida, por su forma de entender la fe, por su duda. No saben que Barbeito, con su pregón, con su vida, con su duda, les ha mostrado la única esencia, la principal virtud que tiene la religión cristiana. Y no es el dogmatismo, ni la rigidez. No es la verdad inamovible sino la duda, la esencia primera del cristianismo. La duda como palanca que nos conduce a la reflexión; la duda que es el camino de la humildad, de la sencillez; la duda que es la antesala de la igualdad; la duda que es hermana de la esperanza. Tu duda, Barbeito, es mi duda. Y es mi fe.

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04 febrero 2010

Rezos laicos


Lo que convierte en extraordinario el rezo del presidente del Gobierno español en Estados Unidos es el hecho de que, si la invitación la hubiera realizado el Papa, en vez de Obama, Zapatero no hubiera asistido. Reparen un momento en el absurdo: Si hubiera sido el Papa el que hubiese invitado a Zapatero a leer un pasaje de la Biblia en una de las principales ceremonias del Vaticano, el presidente español no hubiera asistido y con el rechazo el Gobierno socialista habría construido un alegato de Estado a la defensa del laicismo. Sí, mediten sobre esa incoherencia porque, a medida que se profundiza se encuentran las mejores demostraciones del carácter insustancial del pensamiento político que se exhibe como nuevo socialismo.

No se trata, además, de ninguna fabulación porque el contraste ya se ha dado. Cuando el Papa Benedicto visitó Valencia en 2006, el presidente Zapatero rompió con la norma protocolaria que habían seguido todos sus predecesores en la Moncloa, acompañar al Santo Padre durante su visita a España. Todos menos Zapatero. Entonces, para hacer visible su desapego con la religión, alejó su visita del Encuentro Mundial de Familias, al que acudía el Papa y dos millones de fieles, y limitó el encuentro a una encuentro previo de 20 minutos. Pero no puso un pie en el acto. «Zapatero no irá a misa», titularon entonces algunos periódicos, jaleados por el desplante laico del presidente, como realzando el gesto valiente de no arrodillarse ante el Papa.

Si Zapatero hubiera mantenido el mismo criterio en Washington, hubiera limitado su visita al encuentro previo que mantuvo con Obama, pero no hubiera puesto un pie en el Desayuno de Oración Nacional y, mucho menos, hubiera participado con la lectura de un pasaje de la Biblia. Pero si el Papa es jefe de un Estado soberano y jefe espiritual de la Iglesia Católica, y Obama es jefe de un estado soberano y discípulo del protestantismo, ¿tiene sentido que Zapatero atienda al discípulo e ignore al jefe? No, no tiene sentido y, mucho menos lo tendrá, cuando se le añada el matiz de que fue el jefe religioso el que visitó España y que el país que gobierna Zapatero es mayoritariamente católico, mientras que para contentar a Obama, que acaba de rechazar una visita a España, Zapatero ha acudido a un acto religioso en Estados Unidos y organizado por una religión, la protestante, que es minoritaria entre los españoles. ¿Tiene sentido?

No, no tiene ningún sentido, pero tampoco se pueden medir los actos de Zapatero desde un punto de vista de coherencia religiosa porque, en el fondo, al presidente todo este asunto le importa una higa, como repetía el recordado Jesús Aguirre. Lo decisivo en esta cuestión no es el acto religioso, sino en acto de fervor a Estados Unidos. Es al templo del imperio americano al que ha acudido Zapatero; es la religión del imperio ante la que ha ido a orar Zapatero. Protestante, metodista, católico o anglicano, eso da igual. El poder es el mensaje; el poder es el único evangelio. Ya podría haber elegido Zapatero para sus rezos el Éxodo 32-33. «Entonces Jehová dijo a Moisés: anda, desciende, porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, lo han adorado y le han ofrecido sacrificios». ¿Qué mejor para un socialista que evocar el becerro de oro en el templo del capitalismo?

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13 junio 2009

Corpus Civil


«Aún no había amanecido, cuando me despertó el suave chasquido de los ramos de hierba al caer sobre el asfalto. Es curioso cómo actúa nuestro organismo cuando dormimos. Cualquier otro ruido no me hubiera despertado, ni el camión de la basura ni el vocerío de beodos durante toda la noche. La memoria de todos nosotros es selectiva y aún en el reposo sabe distinguir entre ruidos. Ante el rumor del destajo silencioso de los trabajadores municipales esparciendo la hierba por las calles, la memoria se ha activado y me ha despertado al instante. Por el chasquido y por el aroma de la hierba fresca, recién cortada, que en sueños me ha trasladado a la niñez. Huele a romero, huele a juncia, y mi corazón se ha sobresaltado, como si fuera mi madre la que aún siguiera llamándome, inclinada sobre la almohada: ‘levántate niño, que ya sale el Corpus’».

«No, claro, cómo voy a olvidar esas madrugadas de Corpus, aunque es verdad que desde hace años la celebración no se parece en casi nada a las de mi infancia. Han pasado treinta y cinco años y ya casi nada es igual a entonces. Cuando yo nací, en el verano de 2009, comenzaron a celebrarse en España los primeros bautizos civiles y luego las primeras comuniones civiles. Aquí en Andalucía, que hasta en el diccionario de la Real Academia figuraba como ‘la tierra de María Santísima’, nos costó un poco más adaptarnos al cambio. Pero lo hicimos. Como siempre en la historia. Todo el mundo fue aceptando poco a poco las celebraciones civiles porque, total, resultan igual que las otras, las religiosas, tienen el mismo protocolo, la misma celebración, pero con la ventaja esencial de que te ahorras la ‘plasta moral’.. los pecados y todo eso, los remordimientos de conciencia y los sermones católicos. ¿Dónde va a parar? Lo de ahora es mucho más cómodo, o sea, no hay que pensar. Además, desde lejos, nadie notaría la diferencia, por eso acabaron imponiéndose. En un bautizo civil, por ejemplo. También se derrama agua sobre la cabeza del niño, pero el agua ahora representa el medioambiente, la sostenibilidad del planeta. Y el aceite con el que unge al niño en la frente es el juramento que hacen los padres para educarlo en valores. ¿Y las bodas civiles, con las novias vestidas de blanco, el color que representa la paz y la igualdad? Ya lo dicen en la ceremonia civil, que ‘el blanco no es sino el reflejo de todos los colores. Por eso su simbología es tan profunda, porque sólo reflejando todos los colores puede alcanzarse la paz duradera’».

«Esparcidos por toda la calle, la alfombra verde que perfuma el amanecer, me ha despertado en este día de Corpus Civil. Ya pronto asomará por la esquina el cortejo. Primero el senatus romano, el emblema rojo con el SPQR que simboliza el triunfo de la ciudadanía. Antes lo utilizaban las hermandades de Semana Santa, pero cuando se impusieron las celebraciones civiles, tuvieron la gran idea de rescatarlo para el Corpus Civil porque, así, abriendo el cortejo, simboliza el enraizamiento de nuestra tradición: igual que los romanos suplantaron a los dioses griegos; igual que la iglesia católica suplantó luego las fiestas paganas; en esta era de la XI Modernización andaluza las celebraciones civiles han sustituido a las fiestas religiosas. Pronto sonarán las campanas que anuncian el cortejo y yo saltaré a la calle a aplaudir a las autoridades bajo palio».

Ilustración: Corpus Christi en Zahara de la Sierra

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05 mayo 2009

Pastoral Obrera


La democracia también nació en algunos confesionarios. En los sesenta y en los setenta, en los bancos de madera junto al altar, pantalones de campana y chalecos de cuello vuelto, las botas de un obrero y las manos blancas de un sacerdote de barrio, un joven cura de parroquia que rompió las primeras reglas cuando decidió desafiar a la jerarquía del nacional-catolicismo y salir a la calle sin la sotana, vestido como los demás, como los suyos. En los confesionarios de aquellos curas nacieron los Movimientos Obreros Cristianos en España y, de ellos, surgió la Pastoral Obrera. En aquellos confesionarios de los sesenta estaba la principal resistencia al régimen franquista, la clandestinidad se daba cita allí todas las tardes después de misa, cuando llegaban obreros de la siderurgia, del taller, de la obra, del campo, y no había distancias entre comunistas y democristianos, ateos comprometidos con Dios y cristianos dispuestos a jugarse la vida repartiendo octavillas porque hablaban de libertad, de dignidad y de derechos, los derechos de los trabajadores.

Ni la jerarquía de la Iglesia ni, por supuesto, la izquierda hegemónica de la democracia (que era la izquierda anecdótica de la dictadura) habrían de reconocer con los años el papel de los Movimientos Obreros Cristianos. No había lugar para ellos en la Memoria Histórica. Como en una cita bíblica repetida, llegó la democracia, y muchos renegaron. Se encendieron las luces, se cegó la clandestinidad, y, como tiene constatado el andalucista José Antonio Hurtado, hubo altos cargos que en sus despachos acabarían sonrojándose con las fichas de su pasado oculto. Olvidado.
Treinta años después, la crisis económica ha vuelto a llenar la antesala de las capillas, abarrota los comedores de Cáritas y desborda, otra vez, a los curas de las parroquias con peticiones de ayuda. La Pastoral Obrera ya no tiene el protagonismo de entonces, que su declive en la vida pública española se parece mucho al del Partido Comunista, usurpados unos por del PSOE y otros por el sindicalismo institucional de Comisiones Obreras y UGT.

En esas, el cardenal de Sevilla ha dictado una pastoral en la que aboga por «una nueva pastoral obrera, sin nostalgias del pasado ni prevenciones negativas futuras, pero sin esconder el Evangelio de Jesucristo, que ha de ofrecerse al mundo del trabajo (…) denunciando la injusticia, exigiendo compromisos de la administración (…) La pastoral obrera debe concienciar a la Iglesia sobre la situación que se está viviendo, y hacerla presente en aquellas acciones encaminadas a lograr la superación de la crisis económica y social».

Una nueva Pastoral Obrera, dice el cardenal. Pero los tiempos, es verdad, ya no son los de antes y la tentación ahora será quedarse en el limbo de las grandes citas, como le ocurre al cardenal; amagar con la denuncia fetiche de la ferocidad del capitalismo, «la eterna contradicción entre capital y trabajo», y acabar pidiendo acuerdos de concertación social con los sindicatos. Ya ven, qué cosas, qué forma de apuntar alto para no darle a nadie.

Amagar y no dar. Como el cardenal de Sevilla en su pastoral, que no desciende a la realidad más cercana, la sevillana, la andaluza, quizá porque nunca lo ha hecho. ¿A qué se debe el paro en Andalucía? Y no vale la excusa de politizar la Iglesia, que en ningún mandamiento se incluye que la jerarquía eclesiástica sólo pueda pronunciarse sobre la Ley del Aborto. ¿Y la Ley del Menor? ¿Y el despilfarro de las autonomías? ¿Hablar de Educación? Sólo lo que se refiera a colegios concertados o a la asignatura de Religión. ¿Y nada del fracaso escolar o de la calidad de la enseñanza?

Carlos Amigo se jubila ahora. Llegó a Sevilla el 22 de mayo de 1982, un día antes de las primeras elecciones andaluzas. Muchas veces, por muchas cosas, habrá parecido una parte más del vasto paisaje de la Junta de Andalucía. Lo contrario, o sea, de lo que se puede esperar de una nueva Pastoral Obrera.

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26 marzo 2009

Protestas de lazo


Una vez que los pastores de la Iglesia tienen asumida la hipocresía de predicar cada domingo el rechazo de los medios anticonceptivos ante una feligresía que los utiliza con la naturalidad con la que cada mañana se toman un café en el bar de al lado, cualquier posición de la jerarquía católica en estos asuntos tendría que acogerse con esa misma elasticidad. ‘Lo dicen, sí, vale, pero bueno, ya se sabe’. Así se establece una relación de cinismo consentido por ambas partes, muchos sacerdotes condenan, sin afán, el uso del condón y de la píldora, y los católicos los atienden, sin sonrojo, como quien oye llover. La parábola del sordomudo, que podría ser el caso.

Otra cuestión es pensar en la repercusión de ese mensaje fuera de nuestras iglesias, fuera de los países desarrollados; el impacto en el tercer o el cuarto mundo, en las misiones de África o en las parroquias de Sudamérica, porque allí, uno solo que atienda el mensaje de la Iglesia, una sola persona que lo adopte como parte de su doctrina católica, puede estar condenándose a muerte o a la miseria. Pero esa es otra cuestión, ya digo.

En circunstancias normales, lo extraordinario es observar lo anterior, que la Iglesia se mantiene invariable en el discurso de Pablo VI, de hace cuarenta años, la encíclica «Sobre la regulación de la natalidad» en la que se condena el uso de todo método anticonceptivo que no sea la observancia de los ciclos menstruales de la mujer y la abstinencia en los periodos de mayor fertilidad. O sea. Verán que cuando alguien se opone de forma tan pertinaz a la revisión de este tipo de planteamientos, incluso en lo elemental, el problema es que, a partir de ahí, el resto del discurso se descompone. Entre otras cosas porque, como se decía antes, estamos acostumbrados a oír las opiniones de la Iglesia sobre la sexualidad como quien se emboba con el crepitar de una candela y deja volar la mente a otros temas.

Lo cual que, en lo concerniente al aborto, el discurso de la Iglesia no resulta creíble, porque ya sabemos que surge del inmovilismo, de la pertinaz negativa a la revisión de la sociedad cambiante, de la ciencia, de las propias necesidades del hombre y de la humanidad. Y, por desgracia, la jerarquía eclesiástica parece más dispuesta a revisar el Limbo y el Infierno que a reconsiderar su doctrina sobre la sexualidad; antes prefiere renegar de los ángeles que anunciaron el Nacimiento que reconocer las ventajas de los profilácticos. Y en ese plan, entenderán que lo único razonable es lo de la misa, cada uno en su papel.

Dicho lo cual, ¿quién dice que la Iglesia no tiene derecho a pronunciarse sobre el aborto? O las cofradías… Cómo no va a ser normal en una sociedad democrática, que, a partir del principio básico de separación de la iglesia y el estado, la jerarquía católica diga lo que le parezca y como le parezca. Pues no, han llegado al absurdo de criticar a la Iglesias y a las cofradías por «politizarse», que es lo mismo que le hubieran dicho en el franquismo. ‘La política para los políticos’. Lo cual que, entre unos y otros, lo suyo es desmarcarse de estas protestas de lazo, blancos o violetas. Que nunca fue necesario tener que elegir entre sectarios o inmovilistas, sean obispos o feministas.

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04 marzo 2009

Factor Humano



Vive en Barcelona desde hace unos años y sólo se ha decidido a volver a Irán ahora, cuando la Justicia de su país le ha dado la razón. Se llama Ameneh Bahrami. Sólo tenía 25 años cuando un tipo le arrojó ácido a la cara por negarse a contraer matrimonio. Ahora, cinco años después, la Justicia iraní le ha dado la razón y la chica, deformada y ciega, ha pedido que se aplique la ‘ley del talión’, algo que contempla la legislación iraní. Por eso va a viajar hasta Irán, para estar presente en el momento en el que un médico deje caer varias gotas de ácido en uno de los ojos de su agresor. Le echarán ácido sólo en un ojo, no en los dos, porque la legislación iraní también dice que la mujer vale la mitad que el hombre. Dos ojos por uno, que es la ‘ley del Talión’ si se aplica a una mujer iraní.

En el Vaticano, existe desde ayer un extraño revuelo de sotanas y birretes. Hasta el sábado se celebra un congreso convocado por la Santa Sede para abordar una polémica histórica: Charles Darwin y la fe católica. Ahora que se cumplen dos siglos del nacimiento de Darwin, la Iglesia católica ha decidido preguntarse en voz alta si, en realidad, son incompatibles. «Evolución biológica: hechos y teorías. Una valoración crítica 150 años después de ‘El origen de las especies’», se llama el congreso. Lo ha explicado muy bien Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura: «Queremos que científicos y teólogos se miren frente a frente, ya que, a nuestro parecer, las teorías evolucionistas de Darwin no chocan con las creencias católicas sobre el origen de la vida. De por sí Darwin no ha sido un problema. El problema ha surgido cuando Darwin se ha convertido automáticamente en darwinismo, es decir, una interpretación filosófica de la historia y de la realidad con una base científica».

Desde el martes, la Universidad de Sevilla celebra un congreso pomposo. Lo dicen los prospectos de presentación: «Es el mayor encuentro con la intelectualidad que se propicia desde el seno de la Universidad de Sevilla hacia la sociedad». ¿Y qué acontecimiento sublime merece tal mención? La cita se llama ‘Factor Humano’ y nace «como reacción contra la continua degradación de valores y la falta de referentes a los que la sociedad se ha visto abocada al verse invadida por una maquinaria mercantilista (...) que nos convierte en productos de la especulación».

La ley del talión y el congreso sobre Darwin en el Vaticano. Los dos acontecimientos han coincidido esta semana y parece como si, en medio, se hubiera colocado la Universidad de Sevilla con su seminario: «Nuestra situación de supuesto privilegio en un mundo desequilibrado no nos legitima a juzgar y decidir por los demás, ni nuestro sistema social es la panacea de la humanidad. Pensar lo contrario es posicionarse en las filas del totalitarismo, del pensamiento único y dirigido a un solo fin; una teleología de la dominación y del no cuestionamiento de lo establecido. Pero sabemos que esto es un error», dicen.

¿De verdad piensan que ése es el error? La realidad es más antigua que la razón; la realidad, los hechos objetivos, tienen que ser reconocidos antes para que el ser humano pueda analizarlos, definirlos y catalogarlos de acuerdo a sus principios, a sus valores. Cuando se pierde el sustento de la verdad, el resultado nunca será la razón sino el delirio. La civilización, las libertades, los derechos humanos, la igualdad... El progreso es el privilegio sobre el que se debe construir cualquier análisis. Negar ese privilegio, no verlo es una forma de ceguera. Acaso la más preocupante.

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08 febrero 2009

Rivales


Lo de esta semana en España da para un seminario de sociología del poder: «A ver, en una reunión entre cardenales, banqueros y dirigentes del PSOE, ¿de quién se fiaría usted?» La cuestión es tan peliaguda, tan difícil de resolver, que es imposible aventurarse a una contestación inmediata. Sí, tan complejo como intentar averiguar quién será capaz de engañar a quien. Puestos a competir en simulación, ¿ganaría el banquero, el cardenal o los dirigentes del PSOE?
Imaginemos, por ejemplo, el encuentro de la vicepresidenta del Gobierno y el enviado del Papa, Tarcisio Bertone. Es bastante probable que durante todo el tiempo que estuvieron juntos, sin dejar de sonreír, no dijeran ni una sola verdad. No es que mintieran, no, por favor, que hablamos del dulce arte de la simulación; no es eso, pero seguro que en ni un solo momento dijeron realmente lo que pensaban. ¿Qué pudo pasar por la cabeza del cardenal Bertone cuando salió a su encuentro Fernández de la Vega, vestida de morado? Uff...

«A la jerarquía de la Iglesia jamás le ha ido tan bien en la democracia española que cuando ha gobernado el PSOE», me recuerda un reputado sacerdote andaluz, licenciado en artes vaticanas. Y sí, es verdad, cada vez que parecen incendiarse las relaciones entre ambos, cada vez que se inflaman de ateísmo los atriles de los mítines del PSOE, cada vez que eso ocurre, al final, se logran acuerdos, más o menos soterrados, que benefician extraordinariamente a la Iglesia. En gran medida, todo esto es así porque lo que separa al PSOE del PP en la relación con la Iglesia es la distancia que va desde el prejuicio al complejo. El prejuicio socialista que se confiesa ateo y el complejo de la derecha que se proclama católica. Y buena es la Iglesia como para que se le escapen esas debilidades del alma política.

Los banqueros, como apóstoles del becerro de oro, se han aprendido la lección de la Iglesia y, de la misma forma, se la aplican por igual al Gobierno. Sólo hay que ver cómo se han manejado en la crisis económica. Cuando el mundo financiero ardía, Zapatero presumía ante sus colegas de tener el sistema bancario español más saneado del mundo. Los banqueros asintieron pero, en la primera reunión, le sacaron la mayor tajada de la crisis, 250.000 millones de euros de respaldo. Y dejaron que Zapatero, otra vez, se pusiera la medalla de la salvación. Lo que no había previsto el PSOE es que, unos meses después, los bancos iban a presentar beneficios de hasta ocho mil millones de euros.

¿Habría comprometido el Gobierno los 250.000 millones de saber que estos serían los beneficios? No, claro, y por eso, para sacudirse el apuro y el ridículo, han salido en tromba los dirigentes del PSOE con la pose de ajustarle las cuentas a la banca. «Se nos acabó la paciencia». Más reuniones, Zapatero con los bancos y Chaves con las cajas, y lo que resulta es otro acuerdo para ampliar los márgenes bancarios en los créditos que concedan. Clama el PSOE en los mítines pero, como la Iglesia, los banqueros han entendido que no hay que prestarle atención al humo de pajas, que las cosas le van mejor con socialistas en el gobierno que con la derecha porque se puede llegar a acuerdos con la certeza de que no acabarán convirtiéndose en escándalos públicos.

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17 marzo 2008

Confusión


El obispo de Asidonia-Jerez, Juan del Río, ha estrenado el Domingo de Ramos con una carta inquietante: “el laicismo, si pudiera, prohibiría la Semana Santa”. Tras el susto, reclama a los cofrades que se conviertan en activistas, que “luchen para que Dios y su ley moral tengan cabida en esta sociedad”. Y remata con una exclamación tétrica: “¡No apaguemos la pequeña llama humeante en el frío invierno de la cultura de la muerte!”

El obispo, en fin, nos tiende trampas. Porque aunque es evidente que existe una corriente laicista que confunde el Estado laico, que garantiza la libertad religiosa, con el laicismo, que promueve la hostilidad del Estado hacia la religión, no está menos claro que, después de cinco siglos, la Semana Santa no sólo ha logrado sobrevivir y adaptarse a los tiempos, sino que, frente a laicos y ateos, ha alcanzado la extraordinaria conquista de integrarlos con normalidad y hasta con pasión en las cofradías.

La confusión llega a extremos inimaginables. Recuerdo una charla de hace años con el pintor Paco Cuadrado, ateo confeso, comunista antiguo y apasionado cofrade de la Semana Santa sevillana. No recuerdo a nadie defender con más pasión la vivencia de un nazareno, la experiencia introspectiva del penitente, la fabulosa sensación de observar el mundo con antifaz; recorrer la vida, verla y oírla, sin ser visto ni oído, espíritu invisible que recorre su ciudad con un cirio en la mano. Horas y horas de reflexión con uno mismo, en silencio. Cansados, reconfortados. Tal era su pasión que Cuadrado llegaba a decir entonces que “si Carlos Marx hubiera conocido la Semana Santa de Sevilla, saldría de nazareno”. ¿Confusión? Pues claro, bendita confusión.

Hay que luchar contra el laicismo, sí, y contra lo políticamente correcto que, con la falsa apariencia de equidistancia, evalúa por igual a todas las religiones como fenómenos agresivos y fundamentalistas. Pero con la misma convicción hay que combatir a quienes pretenden aprovechar los tiempos que corren para hacer de la religión católica una Iglesia más cerrada, más intransigente, más excluyente. La Semana Santa andaluza es la mayor expresión del progreso de la Iglesia católica. La demostración de por dónde deben caminar las religiones en el futuro.

Por eso, el obispo de Jerez se equivoca, porque esa provocación es innecesaria. La Iglesia más inteligente de estos dos mil años de historia ha sido la que, frente al no creyente, ha abierto los brazos y los ha integrado en su comunidad. La equivocación está en pensar que, después de lo logrado, después de haber asentado tanta apertura, la defensa de los valores y principios de la Iglesia Católica se realiza con una vuelta de tuerca hacia la intransigencia. La Semana Santa, en fin, como ejemplo de tolerancia. En vez de aventar los peligros, de asustar con las amenazas, lo inteligente de la Iglesia Católica sería presentar su Semana Santa como ejemplo. Y decir a laicos y fundamentalistas, “éste es el camino”.

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20 marzo 2007

Convención


Puede comenzar la cuenta atrás porque falta poco. En nada y menos, alguien saldrá en defensa del uso del burka en España. «¿Acaso las monjas no llevan también velo?», dirán. Es fácil imaginar el argumentario porque se trata de excusas esgrimidas otras veces y, sobre todo, porque el ideario de esa falsa progresía es de molde: «Libertad individual, tolerancia y respeto por las costumbres de todos. España es un Estado laico y los católicos tienen que ir acostumbrándose a no tener más privilegios que los de las demás confesiones».
Lo normal, en fin, es que el debate una vez más se despeñe por ahí, por esa pendiente de relativismo. Porque una vez más se estará olvidando lo elemental, que la cuestión no es tener que elegir entre el burka y el velo de una novicia; que el problema radica en que el burka provoca alarma y rechazo social, y el hábito mojil, no.
Hace años que claman en el desierto oficial pensadores como Giovanni Sartori. «El cómo de la integración depende del quién del integrando (...) La imposibilidad aumenta cuando el inmigrado pertenece a una cultura teocrática que no separa el Estado civil del Estado religioso (…) En todo caso, la integración se produce sólo si los que se integran la aceptan y la consideran deseable. Si no, no».
Ahora, al ver la estampa de mujeres con el rostro cubierto en Madrid (hace años que es posible verlas en Granada y, en menor medida, en Córdoba o Sevilla) se reabre un debate que nos llevará a que alguien reclame más tolerancia hacia esta forma de vestir, sin reparar en las advertencias que Sartori desplegó en su imprescindible libro sobre La sociedad multiétnica.

Dirán que igual que en España la forma de vestir se guía por los parámetros de esas reglas no escritas que agrupamos bajo el nombre de ‘convención social’, tenemos que estar abiertos a otras formas de convenciones sociales, a otras culturas. Todos por el mismo rasero, sin pensar que la convención social del burka esconde la explotación de la mujer; que la convención social impone que a millones de niñas se les practique la ablación de clítoris cada año pensando que realza la belleza la mujer, su honor, su castidad y sus posibilidades de casarse. Una convención social obliga a las adolescentes a aceptar que sus padres las vendan para que contraigan matrimonio.
No, todas las convenciones sociales no son iguales. Y en muchos casos son contrarias, enfrentadas. Para que se produzca una verdadera integración en occidente, que es la única que se plantea, tiene que aceptarse, o imponerse, esta convención social que se asienta en la igualdad de hombres y mujeres; en la libertad y en la democracia; y en la supresión de los estados teocráticos. Cuando todo eso se acepte, cuando nada de esto sea un problema, que se ponga el burka quien quiera.

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