El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

06 mayo 2011

Del revés



En una de las casetas de la Feria de Sevilla, “cuatro lonas estirás”, como se definen en las sevillanas de los Cantores, encender un cigarrillo está tan penalizado como encenderlo en un hospital. La dichosa ley antitabaco no hace distingos y ésta de ahora, con la que se inician las ferias de todas las ciudades y pueblos de Andalucía, es la primera en la que se ha prohibido fumar en todas las casetas, ya sean cuatro lonas o dos simples toldos verdiblancos que adornan una de las esquinas del recinto. Está prohibido aunque la caseta tenga dos laterales descubiertos, separados de la acera de albero por una breve barandilla: traspasar esa línea puede acarrearle al infractor una multa de trescientos euros.

En esas, cada día que ha pasado de la Feria el personal ha ido animándose para la aplicación severa de la ley, y lo que corren por las barras ahora son las noticias de las multas que han ido poniendo en distintas casetas en las que la policía ha sorprendido in fraganti a un tipo con un puro en una mano y una copa de manzanilla en la otra. En la radio, una señora descuelga el teléfono para animar a todos los que vayan a la Feria a que estén atentos a lo que pase a su alrededor y que no duden ni un instante en denunciar a los malhechores que infringen la norma. Ella misma ya ha denunciado a algunos, dice la mujer como un sioux que exhibe un puñado de cabelleras de hombres blancos. Luego, como prueba irrefutable, recuerda que hace unos años, en la misma caseta en la que ha denunciado a unos socios, a ella le quemaron un mantón con un cigarrillo. Lo ha contado y a nadie debe haberle quedado duda alguna de que, con el efecto multiplicador que tiene este sistema de delaciones en el que se sustenta la ley antitabaco, otras muchas venganzas irán aflorando en la Feria en lo que queda de semana.

Yo mismo he acabado por asumir que, aunque mi norma básica, mi lema, siempre ha sido el mismo: “contra las leyes bobas, insumisión”, el problema de encender un puro en la caseta de un amigo es que puede haber cualquier señora, cualquier señor, apostado en una esquina, esperando ese preciso momento para liquidar al socio. ‘¡Te pillé!’ Con un poco de discreción, nadie podrá conocer nunca la identidad del delator, al que le bastará con poner cara de asombro cuando llegue la Policía y se dirija a la mesa del fumador para pedirle la documentación. Como en la novela de Juan Bonilla, aquí nadie conoce a nadie. Y, lo que es peor, nadie podrá remediarlo porque ya está dicho aquí que las leyes antitabaco han sido las únicas que se han cumplido con rigor y pulcritud.

(Mientras redacto el artículo, un amigo abogado me pone un sms desde la Feria. Dice así: “¿Cómo es posible que la Feria esté llena de rumanas con niños drogados pidiendo limosna y nadie haga nada? Y el personal, acojonado por las multas del tabaco. Este país está al revés…)

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