El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

08 diciembre 2010

El rector



Hace un tiempo, le regalé un relato breve –medio broma, medio guiño cómplice– a un amigo de la Universidad de Sevilla que celebraba su cumpleaños. Se llamaba ‘El rector que olvidó su nombre’. Con su permiso, lo rehago y lo reproduzco aquí: «Iba trajeado y no recordaba su nombre. La Policía lo localizó en las afueras de la ciudad, vagando por el arcén de una carretera de circunvalación. Iba el hombre solo, ajeno al tráfico intenso de los coches que pasaba a su alrededor sin prestarle atención. Al fondo, se podía divisar un barrio marginal, con lo que el contraste de aquel tipo, trajeado y elegante, deambulando por la carretera destacaba poderosamente con el paisaje del suburbio de bloques de pisos despintados, chatarras, burros y candelas. La Policía se paró a su lado y le preguntó su nombre: No lo recordaba. Lo único que les dijo es que era el rector de la Universidad. Lo subieron al coche patrulla y lo trasladaron a la Comisaría. Y es ahí donde se desencadena un episodio kafkiano. Lo presentaron al comisario que, en efecto, lo reconoció como el rector de la Universidad, pero tampoco él recordaba su nombre. Docentes, empresarios, políticos y periodistas pasaron entonces por sucesivas ruedas de reconocimiento con idéntico resultado. ‘Sí, sí, es el rector’, afirmaban todos. Los empresarios lo sabían porque lo habían saludado en la firma de algún convenio, los políticos lo habían cortejado en numerosos ágapes y los periodistas lo reconocían porque, en algunos actos, aparecía siempre al lado de un ministro o de algún consejero. También los docentes afirmaban sin titubear que aquel señor era el rector de su Universidad desde hacía años, pero tampoco recordaban su nombre. Nadie sabía su nombre. Uno de los docentes, un catedrático de Física, intentó improvisar una explicación razonable para resolver aquel absurdo: ‘Esto se veía venir’, dijo. ‘Desde hace tiempo, nadie sabe el nombre del rector de la Universidad; sólo que existe. Sería conveniente comenzar a ponerles nombres científicos, con una lógica matemática, para evitar más engorros como éste’. Cuando se fueron todos, el rector que no sabía su nombre estaba sentado en uno de los bancos del pasillo de la comisaría. Repetía continuamente que quería volver a su despacho».

Hace unos días, cuando las elecciones a rector de la Universidad de Almería, el catedrático al que le escribí el cuento me envió una carta sobrecogedora. Decía más o menos así: «El candidato que ha perdido estrepitosamente las elecciones, Blas Torrecillas, podría ser profesor de Álgebra en cualquier universidad del mundo, cualquiera de las que están situadas entre las primeras en los ranking internacionales, mientras que el candidato que ha arrasado, el rector, tendría dificultades para conseguir una plaza de bedel en esas mismas universidades». Como el prestigio docente e investigador podemos medirlo por hechos objetivos (publicaciones en revistas internacionales, por ejemplo), parece evidente que en la universidad española –porque no se trata de una peculiaridad de Almería– existe una preocupante confusión entre la democracia y la excelencia académica. Quiere decirse que lo esencial de una universidad no es que sea democrática, que todos puedan votarlo todo, sino que sean instituciones perfectas para la formación de grandes profesionales; fábricas de excelencia, de mérito y de trabajo. La universidad se ha despeñado por una pendiente de endogamia y, a medida que va cayendo, es la sociedad la que se aleja de la senda del progreso. Un país que quiera progresar no debe buscar universidades en las que los rectores sepan ganar elecciones, por populismo o por clientelismo, sino que sepan preparar a los mejores alumnos. Seguro que el rector que no sabía su nombre también ganaba las elecciones por goleada.

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09 agosto 2010

Simetrías



Pulula por internet una interesante conferencia del profesor Marcus du Satoy, matemático de Oxford y escritor de éxito, en la que, para explicar el lenguaje oculto de la simetría, rescata una cita imponente de un texto japonés del siglo XIV, los «ensayos en ociosidad». Dice así: «En todo, la uniformidad es indeseable. Dejar algo incompleto lo hace interesante, y le da a uno la impresión de que hay espacio para el crecimiento». La cita, casi un tratado filosófico, la ilustra el profesor Marcus du Satoy en su conferencia con una fotografía de los templos de Nikko, en Japón. En la fachada, el arquitecto dispuso ocho columnas enormes, que componían una simetría perfecta. Lo más llamativo de aquella obra colosal es que de esas columnas idénticas, siete estaban colocadas en una posición y la octava, al revés. ¿Un despiste fatal de los arquitectos? ¿Un error de los obreros? Nada de eso; siguiendo la filosofía anterior los arquitectos dispusieron de forma deliberada que una columna estuviera al revés para producir la sensación anterior de algo inacabado, incompleto, vivo.

Du Satoy, que tiene el encanto irresistible de los científicos puros que dominan la oratoria y la comunicación de masas, sostiene que «la simetría está en todo lo que miramos». De todos los campos en los que, a su juicio, está presente la simetría, es curioso que nunca se refiera a la política y sí a otros muchos, desde la música hasta la psicología, pasando lógicamente por el arte. Digo que es curioso porque también en la política existe una búsqueda persistente de la simetría, de la uniformidad. ¿Qué son los partidos políticos sino estructuras simétricas? Cuando la simetría se mira desde el punto de vista del arte, se observa que la perfección se encuentra precisamente en esa uniformidad: un objeto simétrico nos parece más bello, quizá porque transmite perfección y serenidad. De la misma forma, cuando la simetría se mira desde el punto de vista político se observa que lo que le aporta la uniformidad a una organización política son siempre valores positivos, muy valorados por la sociedad, como la coherencia, la unión, la disciplina, la organización. Nadie confía en un partido que transmita lo contrario, voces enfrentadas, discursos contradictorios, militantes indisciplinados…

Sí, es así, claro, pero se nos olvida una cosa: la democracia no puede ser simétrica; la simetría sería más bien propia de regímenes totalitarios. ¿Qué ocurre, entonces? Quizá la respuesta está en el texto japonés que se citaba antes. Se trata de comprender que, incluso cuando sabemos que la eficacia de la política está en la simetría, la verdadera perfección sólo se alcanza cuando se deja un espacio abierto para la discrepancia, para el debate, para la disidencia. Ésa es la democracia. Y por eso los espectáculos que estamos viendo estos días en el PSOE con la elección de candidatos son contrarios al sentido democrático. Lo ocurrido en Lepe, por ejemplo, donde la ejecutiva federal ha expulsado a 132 de los 135 militantes del partido porque defendían a un candidato distinto al que quería imponer el aparato. Esa barbaridad no está muy lejana de la de Madrid, porque allí, de la misma forma, la ejecutiva federal de Zapatero no se limita a defender a la persona que considera más apropiada para las elecciones, que es legítimo, sino que lo que exige es que se retiren todos los que tengan la misma ambición. Como en Málaga o en Almería, donde la intervención del aparato ha sido para laminar cualquier petición de primarias.

En una democracia, los partidos políticos son un mal necesario. Como tal hay que asumirlos y aceptarlos, incluso con su déficit de democracia interna. Pero sólo hasta ese punto. Con otro paso más, el político se instala en la tiranía. Si la democracia tuviera un templo, también habría una columna del revés. Y ése sería el símbolo de la libertad.

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11 enero 2010

Chuletas



El Consejo de Gobierno de la Universidad de Sevilla se reunió a principios de curso y se puso manos a la obra con una ardua tarea: regular los exámenes. «Normativa reguladora de la evaluación y calificación de las asignaturas». Antes de seguir, detengámonos aquí. Vamos a ver, es muy probable que desde la Academia de Platón el método de la enseñanza no haya variado en lo sustancial: una persona docta imparte enseñanzas a un grupo que atiende y estudia para adquirir conocimientos. No sé en qué momento exacto de la historia aparecieron los exámenes, pero, bajo la apariencia que fuera, en algún momento, de alguna manera, al final del proceso el alumno siempre ha debido demostrar que ha sido diligente en el estudio y que posee los conocimientos precisos para que se le comience a tratar, a él también, como una persona docta, como un maestro. Esto, en fin, parece elemental. Enseñanza, estudio, evaluación. Tan elemental como que durante todo ese proceso de transmisión de enseñanza hay dos niveles distintos de responsabilidad, el de quien posee los conocimientos y el de que desea adquirirlos. También esto debe estar en los anales de la educación: mientras se imparte la enseñanza existe un predominio amplio del profesor sobre el alumno, sometido, como algo natural, a un deber de obediencia.

Evidente, ¿no? Pues no. Lo primero que llama la atención del empeño de la Universidad de Sevilla en regular los exámenes es que, sutilmente, las diferencias anteriores van desapareciendo, se desdibuja el predominio del profesor sobre el alumno y aparecen los dos en el mismo plano. Un solo ejemplo servirá: ¿qué cree usted que ocurre cuando un profesor descubre a un alumno copiando en un examen, con el libro de historia abierto entre las piernas, los bolsillos llenos de chuletas de Física o con los brazos tatuados de fórmulas algebraicas? Si piensa que, acto seguido, el profesor expulsa al alumno del examen y lo suspende, está equivocado. Al menos, en la Universidad de Sevilla esa lógica académica ya no funciona. A partir de ahora, ante una situación así «los estudiantes involucrados en las incidencias podrán completar el examen en su totalidad» (artículo 20 de la normativa). De momento, pues, no los expulsan de la clase. Tampoco el suspenso está garantizado. Los profesores deben comunicar lo ocurrido a la Comisión de Docencia del Departamento, con copia al alumno afectado. Es importante, además, que en el escrito el profesor incluya cualquier «objeto material involucrado en la incidencia». La chuleta, o sea.

Hasta ahí la normativa. Cabe imaginar que el alumno podrá defenderse ante la Comisión de Docencia, y que habrá quien valore positivamente que pudo terminar sin chuletas y hasta pedirá que se puntúe el esfuerzo de sobreponerse a la incidencia, ante el resto de la clase, y no haber caído en el desánimo. La conclusión final no puede ser insensible a la realidad que nos rodea: ¿tiene sentido suspender a un alumno por el mero hecho de copiar un examen?

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17 noviembre 2008

Misiles


Entre Fortes y García Montero, lo razonable es quedarse con Carvajal, el poeta que ha terciado en la pelea para poner orden y sensatez, para llamar a la polémica por su nombre y alejarse, como apestado, de los abajo firmantes que siempre llevan en el bolso de Dior un neceser con un cordón sanitario, una pegatina contra la guerra y una piedra de hachís momificado. Y ante esos, yo digo lo que Carvajal, que existe un «un escandaloso linchamiento moral» contra Fortes y que «no hay que mezclar la literatura, la poesía y la docencia con una querella entre dos personas».

Entre Fortes y García Montero, hay que optar por la razón, la historia y la mesura, que es lo que ha faltado en esta polémica desde el principio y que ahora, al final, tras la sentencia, se desborda ya por todos lados. Desmesura en haber convertido a García Lorca en un icono intocable, deificado, sobre el que es imposible discutir. El origen de todo está en la tesis que mantiene Fortes sobre el entorno fascista del poeta. ¿Es una barbaridad? Pues no tiene por qué, ésa es la cuestión. Además de Fortes, hay otros que mantienen la misma tesis, y no es ninguna barbaridad, sino una evidencia, que a Federico lo asesinaron a pesar de amistades e influencias que tenía en el otro bando, y que nada pudieron hacer por él. ¿Qué ocurre? Pues, sencillamente, que con esta manía que tenemos, de blanco o negro, dentro o fuera, los matices son imposibles y hay quien piensa que, por tener amigos falangistas, Federico también era un fascista, lo cual es un enorme disparate. O viceversa, que Federico era un alma pura de la República, que no podía tener vinculación alguna con falangistas.

Entre Fortes y García Montero, la equidad y el sentido común, porque es un disparate que la Universidad, en vez que volcarse con uno de los bandos de la disputa, no haya ejercido su papel, cortando la pelea desde el principio, con sanciones, si hace falta, y una llamada al orden, al respeto entre profesores; amonestación a ambos, sin tomar partido. Que la única barbaridad que hay en todo esto es que el asunto haya llegado a los tribunales y por la vía penal. Y que los insultos, que insultos son, de García Montero acaben convirtiéndolo en un delincuente. ¿Ha reparado alguien en eso, en el disparate de que, si la sentencia se hace firme, a García Montero, uno de nuestros mejores poetas, le podrán llamar delincuente? Dios, qué disparate...

García Montero insultó a Fortes, sí. Y, antes de insultar, tendría que haber rebatido sus argumentos con razones o, simplemente, haber asumido la discrepancia y obviado el desprecio, si existía. Como una derrota, como un olvido. Que cuando el poeta se olvida de sus versos, cae en la vulgaridad del insulto. Por eso, lo razonable es pedirle a García Montero que recurra la condena, que quedará en nada, que vuelva a la universidad a defender su verdad y que, cuando lo haga, recuerde sus propios ‘consejos para ciudadanos pacifistas’. Porque es verdad que a uno lo puede estar esperando un misil en su trabajo. «O mucho más sencillo/ puede haber un misil en tu bolsillo».

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14 febrero 2008

Vagos


Como el economista Francisco Ferraro tiene la gran ventaja de que no lo van a crucificar por lo que diga, el pasado domingo dejó en una entrevista con EL MUNDO algunas reflexiones que, en boca de otros, ya hubieran desparramado un tonel de tinta inflamada de ira, una tormenta furiosa de babas. ¿Qué escándalo hubiera montado el PSOE si alguien distinto a Ferraro, que es la cuota de independencia que permite el régimen andaluz, le da por decir que ya está bien de seguir financiado a vagos en las universidades andaluzas? Vagos, eso dijo. Y añadió: «Es la demagogia del gratis total».

Porque Ferraro no hablaba de estudiantes esforzados, de jóvenes de clases deprimidas que alternan la universidad con un trabajo. No hablaba de una sociedad humilde y trabajadora, que lucha por salir del subdesarrollo y mantiene la Educación en un pedestal de consideración y de respeto. No hablaba de una universidad pujante, de la que brotan generaciones de profesionales cualificados. «De nuestras universidades no emana una capa dirigente, una elite». Ferraro hablaba de una sociedad pervertida por las subvenciones y de una administración atrofiada: más funcionarios que la media española para gestionar unos servicios públicos que, sin embargo, no son mejores que en otras regiones. Y en ese contexto, la Universidad andaluza.

Dice Ferraro que es partidario de establecer un sistema de copago en las universidades para acabar con el despropósito de esos tipos que se pasan seis o siete años para acabar una carrera. «Aquí y ahora pagamos a vagos en las universidades subvencionadas». Niños de papá, clases medias adineradas, que no tienen otro horizonte en su agenda más allá de la próxima barrilada. La paradoja que destaca es reveladora: Estudiantes vagos que se eternizan en la universidad gracias a que los financia con sus impuestos un obrero con su mono de Fasa Renault. «Es absolutamente impresentable».

Cuando una sociedad suprime el esfuerzo de su escala de valores, cuando anula el principio de autoridad desde la escuela y margina el mérito en el sistema educativo, lo normal es que el fruto inmediato sea éste. Vagos viviendo del presupuesto universitario mientras escasean las becas y se racanea con los proyectos de investigación. Y si sucede todo ello no es por la mala gestión de las universidades, sino porque ese estado de cosas forma parte del sistema. Cuando se habla de clientelismo en Andalucía, de dependencia, el error está en pensar que lo fundamental son los subsidios y las ayudas públicas. Es peor esta dependencia. «Este tipo de ignorantes, todos ellos con derecho a voto, se opondrán probablemente a las reformas necesarias que impliquen algún sacrificio y secundarán a los demagogos paraísos gratuitos o la revancha brutal de sus frustraciones a costa de cualquier chivo expiatorio». Lo escribió Fernando Savater en su libro sobre ‘El valor de elegir’. Los vagos encajan en el sistema justamente por eso, porque en su ideario nunca estará la inquietud de mejorar ni la duda que surge de la comparación. Comodidad.

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09 noviembre 2007

Cretinos


Nadie. Silencio de sepulcro, silencio de miedo, silencio triste. Nadie ha alzado la voz en Andalucía después de que un profesor de Historia de la Universidad de Sevilla haya denunciado la censura un libro sobre la Guerra Civil porque la Historia documentada, la realidad científica, no se ajustaba a la Historia idealizada, a la realidad inventada de la Recuperación de la Memoria Histórica. Levanta el dedo el profesor, señala la censura que se ejerce en instituciones públicas y democráticas, hoy en Andalucía, en esta democracia, y nadie se da por aludido. Nadie, nada. Ni una sola voz, en ningún departamento de Historia de ninguna Universidad de Andalucía ha salido a defender el derecho y la obligación de los historiadores de publicar sus trabajos sin que los gobernantes les impongan el sesgo convenido.

Silencio de sepulcro académico, silencio de miedo de régimen, silencio triste de libertad dañada. Han circulado fotocopias en las universidades, se han cruzado correos electrónicos y la noticia ha saltado a la web, pero la protesta se ha quedado en ese murmullo de pasillos que hace más grande el silencio. ¿Acaso la censura de un libro no merece una protesta mayor del mundo académico? ¿Acaso el rector de la Universidad de Sevilla no debe salir en defensa de sus historiadores, para decir, por lo menos, que la historia es una ciencia, que no se puede escupir sobre la inteligencia y el rigor en la propia Universidad?

No es la recuperación de la Historia lo que se busca sino la recreación de una historia que no existió; que sí, que se trata de instaurar en la política española el parque temático de la Segunda República. Y sobre medias verdades y odios arrinconados, que la progresía de salón encuentre ahí su mejor asidero ideológico. «No valen los datos históricos que no cuadren con el dogma de la Memoria Histórica. En cinco años de República, hubo más de dos mil asesinatos políticos en España. Sin embargo, lo que se quiere decir ahora es que todos los santos estaban en un bando y los asesinos, en el otro», dice José Antonio Parejo, el profesor censurado por unos y silenciado por otros.

El espectáculo de ayer en el Parlamento andaluz lo decía todo. El interés exclusivo de la mayoría de la Cámara (socialistas, andalucistas e Izquierda Unida) sobre la Memoria Histórica se refería a las estúpidas declaraciones de Vidal Quadras, en las que tachaba de «cretino» a Blas Infante. Ésa es la cuestión, entrar al trapo de la provocación y dejar de lado lo esencial del debate. Que el problema mayor no es otro que haber convertido la Memoria Histórica en un debate cretino, bobo, falso. Hay muchas formas de llamarle cretino a los que murieron entonces. A los fusilados, a los asesinados, se les insulta cuando se pervierte la Historia y ya nadie recuerda por qué murieron. Y no les dejan siquiera el orgullo de que su recuerdo sirva de escarmiento en el país por el que murieron. Cretino es este silencio.

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05 noviembre 2007

La censura de la Memoria Histórica




José Antonio Parejo, un joven profesor de Historia del Pensamiento político de la Universidad de Sevilla, acaba de inscribir su nombre en el mundo académico por un hallazgo que no esperaba: ha descubierto la censura y se ha convertido en el primer investigador al que uno de los organismos oficiales de la Recuperación de la Memoria Histórica le ha censurado un libro. El Aula de Memoria Histórica de Sevilla, dependiente del Ayuntamiento de la ciudad, le había encargado un libro sobre la implantación de Falange española en Andalucía y, al entregarlo, le han sugerido que cambie algunos aspectos para adaptarlos al espíritu de la Ley. El ‘problema’ aparece cuando, sobre de la imagen preconcebida de la Falange, el libro descubre una realidad distinta:

RESPUESTA.— «La gran aportación de la investigación que se refleja en el libro ha sido descubrir, en base a los archivos, que la Falange era un partido interclasista. Desde sus orígenes, de hecho, la Falange reclama y busca a los obreros, algo que no hace la derecha. El componente obrero de Falange es muy importante durante la República y también posteriormente, durante la Guerra Civil. De lo que estoy hablando es que un cincuenta por ciento de la militancia de Falange era de clase trabajadora. La cuestión esencial es que este descubrimiento obliga a cambiar muchos supuestos sobre los orígenes del franquismo.

PREGUNTA.—«¿Y cómo se explicaría entonces que, siendo un partido con una gran implantación entre los obreros, la Falange apoyara el golpe de estado de Franco?»
R.— «Es que analizarlo desde ese punto de vista es un error. La Falange no era un partido obrero; a pesar de su composición interclasista, su ideología entroncaba con el fascismo del momento. Falange era un partido fascista. De hecho, la Falange, como típico partido fascista, tiene un discurso y una receta para cada estrato social, por eso atrae a su militancia a muchos jornaleros andaluces, como también a muchos comerciantes, a obreros, a gente de clase media... Pero sí, jornaleros y obreros, tanto es así que se pueden encontrar muchas declaraciones de partidos de la derecha en contra de Falange porque les irritaba su discurso obrerista».

Cuando le piden que suprima algunos aspectos del libro, el profesor Parejo se rebela. «Me negué rotundamente. Para mí, sencillamente, es un escándalo que haya censura. Les dije que si el problema es que no estamos dispuestos a admitir que el primero que pegó un tiro fue la izquierda y que pasaron seis meses de asesinatos de falangistas hasta que José Antonio da la orden de responder a los ataques, es que no se quiere contar la historia. Y decir esto no es hacer apología de nada; la Falange es un partido violento desde su fundación, pero la historia sucedió como sucedió. El primer muerto por la violencia política entre izquierda y fascismo en Sevilla vino por un tiro de la izquierda. Y aquí no cabe la opinión, está documentado y fue así».
Otra frase que se le censura en el libro va, sin embargo, en sentido contrario porque el profesor Parejo reproduce la carta que le escribe un falangista sevillano a un amigo. Y dice en la carta: «Aquí nos hartamos de darle estacazos a los chulillos marxistas». Tampoco esta frase parece del agrado de la Memoria Histórica, quizá porque menciona de forma despectiva al marxismo.

R.— «La cuestión es siempre la misma, no valen los datos históricos que no cuadren con el dogma de la Memoria Histórica. Porque, claro, eso de tener que asumir que Falange tenía un componente importante de militancia obrera, rechina en la izquierda. Eso en la mentalidad de esta gente de la Memoria Histórica no cuadra y, por lo tanto, se suprime. Y no vale de nada que yo les repita que yo no emito opiniones, sino datos, que soy un historiador y miembro de una comunidad científica».
P.— Con independencia de lo que le ha ocurrido con el libro, ¿cuál es su opinión sobre la Recuperación de la Memoria Histórica?
R.— Mi opinión es que se trata de una aberración. El concepto mismo es una aberración, porque una cosa es la memoria y otra muy distinta es la Historia. La memoria tiende a olvidar los malos recuerdos, pero eso no ocurre con la Historia, que tiene que remitirse a los hechos históricos. Lo que parece que se pretende aquí es mezclar las dos cosas y reescribir la historia de España, en ese episodio concreto, de acuerdo a un planteamiento determinado.
P.— Un planteamiento previo que dibuja la II República como un momento dulce, idílico.
R.— Le pondré un ejemplo para que se haga una idea del momento histórico del que hablamos. ETA, en cuarenta años, ha asesinado a ochocientos españoles. En cinco años de República, hubo más de dos mil asesinatos políticos en España. Súmele a ese dato terrible, los discursos sectarios y radicales de un lado y de otro, y se entenderá bien el ambiente político de la República. Sin embargo, lo que se quiere decir ahora es que todos los santos estaban en un bando y que los asesinos estaban en el otro bando... En fin, la historia es mucho más compleja y utilizar todo esto políticamente es una peligrosa aberración.

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15 octubre 2007

Excelencia


El profesor Francisco Sosa Wagner sostiene con sorna en su reconocido libro sobre “El mito de la autonomía universitaria” que, de todos los males que aquejan a la universidad en el mundo, al menos los españoles contamos con la ventaja de que, a diferencia de otros países, el diagnóstico aquí es más fácil de establecer. “El camino a seguir –sostiene Sosa Wagner- es bien fácil para nosotros: justo el contrario del observado hasta ahora, que ha sido el de las reformas repentinas, veraniegas y aplicadas por igual y a la vez a todas las universidades, grandes o pequeñas, añejas o noveles, del sur o del norte, técnicas o humanísticas”.

En otros apartados del libro, Sosa Wagner destapa las muchas falacias que se esconden bajo del mítico enunciado de la autonomía universitaria y que, sin embargo, sólo han servido de excusas para que las universidades se conviertan en centros cada vez más endogámicos, dominados por clanes, en los que la calidad del profesorado y del alumnado se deteriora de forma irreversible. Por eso, muchas veces, reformar supone regresar. Y cuando Sosa Wagner habla de emprender el camino contrario, está abogando por devolver a la Universidad algunos conceptos esenciales como el del mérito y la excelencia. “Regada y abonada la planta trepadora de la igualdad, la medianía tiene a apoderarse y a enseñorearse del edificio en su conjunto taponando todos sus respiraderos. Se instaura así la dictadura de la mediocridad. Todos los estudiantes son iguales, también todos los profesores y todos los centros. Es indiferente estudiar aquí o estudiar allá, es indiferente ser un profesor reconocido por sus publicaciones o descubrimientos, que un quídam rutinario o entregado a actividades burocráticas”.

Lo curioso del deterioro de la enseñanza en España es que, se pregunte a quien se pregunte, entre los catedráticos de mayor prestigio no existen dudas sobre cuáles son los males. Al leer estos días a Sosa Wagner recordé una entrevista a Manuel Olivencia, en octubre de 2005, en la que también alertaba de la pérdida “del sentido elitista que toda educación debe tener”. Y añadía: “La igualdad en la educación es la igualdad en el punto de salida, como los atletas. Igualdad en el derecho de la Educación y en las oportunidades. Pero la educación, por definición, tiene que ser una selección de los mejores, no puede consistir en cortar la cabeza de los que sobresalgan".

Se ha sabido ahora que la Universidad de Sevilla le ha mandado a Olivencia un escrito denigrante en el que, de dos patadas, le comunica el “cese automático” como profesor emérito. La Universidad de Sevilla se excusa con la aplicación de decretos ministeriales y formalidades laborales. No se enteran. Que quien pierde es la Universidad, su prestigio, no Olivencia ni ningún otro emérito como él. Pierde la calidad, pierden los alumnos. Otro hachazo al árbol de la excelencia. No se enteran, no.

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14 octubre 2007

La Universidad de Sevilla 'despide' a Olivencia

Uno de los incidentes académicos más humillantes que se recuerdan acaba de ocurrir en la Universidad de Sevilla que, ajena a cualquier otra consideración que no sea el imperio burocrático de la mediocridad, ha ‘despedido’ de la peor forma al catedrático Manuel Olivencia, propietario de una de las biografías más sobresalientes de la Sevilla contemporánea. Todo comenzó a mediados de septiembre pasado cuando Manuel Olivencia recibió en su domicilio una carta de cuatro líneas: “De conformidad con lo establecido en el R.D. 2720/1998 de 18 de diciembre, le comunico que con fecha 30/09/2007 finaliza el contrato laboral que tiene vd. suscrito con esta universidad como profesor emérito, adscrito al departamento de Derecho Mercantil, por lo que deberá cesar automáticamente dicho día en la prestación de sus servicios”.

Puede calcular el lector el efecto que tuvo una carta así en Manuel Olivencia, socio de uno de los despachos de abogados más influyentes del país (Cuatrecasas-Olivencia Ballester) y autor del ‘código Olivencia’, un código ético, elaborado por una comisión de expertos presididos por Manuel Olivencia, que establece las normas del buen gobierno de las empresas y sus consejos de administración. La reacción deOlivencia fue una carta memorable, no de tres líneas sino de tres folios: “La ‘burocratización’ es el mal de la Universidad que inspira el tenor literal de este ‘oficio’. De la misma raíz es ‘oficina’, voz que expresa fielmente aquello en lo que se ha convertido nuestra Universidad, al dejar de ser ‘ayuntamiento de maestros y escolares’ y ‘alma mater’ (…) El oficio de referencia falta a las más elementales reglas de las relaciones humanas y, además, las quebranta innecesaria e inútilmente, lo que hace más penoso su contenido (…) Todo toca a su fin, bien lo sé, pero ¿merezco que mi expediente personal en la Universidad de la que fui alumno, por la que me licencié y a la que he servido con vocación como ayudante, catedrático y profesor emérito se cierre con un papel del tenor literal de ese ‘oficio’? Lo que censuro no es la finalización de un contrato, sino el tono desconsiderado de la comunicación (…) Daré cumplimiento automático a esa orden y me abstendré de prestar mis servicios a la Universidad. Por cierto, como sigo trabajando en actividades científicas y comparecencias públicas, evitaré, desde el próximo día 30, hacer constar mi condición de catedrático o profesor emérito de la Universidad de Sevilla, como hasta ahora he venido haciendo con orgullo”.

Fue tal el revuelo interno que se organizó en algunos despachos de la Universidad de Sevilla que el rectorado y varios directores de departamentos se han visto obligados a enviar, con posterioridad, cartas de disculpa a Manuel Olivencia. Nada, en cualquier caso, podrá solventar el ridículo y el menosprecio que la Universidad de Sevilla se inflige a sí misma. Sencillamente, un acontecimiento así es impensable en cualquier universidad del mundo.

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