El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

19 noviembre 2010

La equivocación



Los funcionarios están equivocados, creen que su protesta es sólo contra el decretazo de la Junta de Andalucía. Se equivocan, sí. Esos que salen a la calle con pitos de carnaval y caretas de Griñán, con cruces de difuntos y camisetas serigrafiadas con enchufes gigantes, se equivocan cuando piensan que su protesta sólo se solventa con la retirada del decretazo, con la rectificación del gobierno y de sus sindicatos más cercanos. Están equivocados porque esta protesta va mucho más allá.

En la protesta que han iniciado sólo se ve el decreto de Reordenación de la Función Pública pero si ha trascendido de esta forma, si está aglutinando en su entorno a tanta gente dispar, es porque no se trata de una mera reclamación laboral. Es la invocación de los principios de igualdad, mérito y capacidad lo que, inesperadamente, es capaz de congregar a una multitud silenciosa. Es la repulsa al descarado intento de colocar de por vida a toda la camarilla de un regimen, es ese abuso indisimulado lo moviliza a quienes hasta ahora no encontraban ningún motivo de protesta contra la hegemonía socialista en Andalucía. Es la prepotencia, la imposición, la aprobación de reformas saltándose todos los controles democráticos con falsas excusas de urgencia, lo que solivianta a quienes, desde fuera de la Función Pública, sienten como una agresión ese decreto que no va con ellos. Es el ejemplo que ofrecen, el valor de la avanzadilla, el miedo perdido, el inconformismo recuperado, el que genera que otros colectivos públicos, policías, psicólogos o cuidadores de guarderías, dejen su silencio, su desdén, y salgan a la calle con sus propias banderas. Y es, al final de todo y al principio de cualquier análisis, la propia imagen del funcionario profesional, riguroso, alejado de absentismos y privilegios, la que hace anidar una esperanza que antes no existía: la de una sociedad crítica que es capaz de levantarse y protestar.

Y puede suceder que, en las semanas o meses que vienen por delante, el Gobierno y sus sindicatos más cercanos se avengan a un acuerdo con los sindicatos de funcionarios que han provocado la protesta. Entre otras cosas, porque ningún gobierno, ningún partido político, es capaz de resistir la campaña constante de desprestigio que han iniciado los funcionarios con sus abucheos públicos a los miembros del Gobierno, en cualquier circunstancia, en cualquier acto. Ante los años electorales que se avecinan, el PSOE debe saber bien que no puede mantener el pulso que se le plantea porque esos silbidos, esos gritos, esas pancartas, arruinan cualquier mensaje. Pero cuando eso llegue, cuando se alcance un acuerdo que los sindicatos díscolos consideren beneficiosos, quedará un poso de reivindicaciones permanentes con todo lo demás. Porque ni los principios, ni la lucha contra los abusos de un régimen, ni la imagen de los funcionarios profesionales, independientes y trabajadores, como servicio público, como garantía de un estado de Derecho, se agotan en una jornada de lucha. De los funcionarios, en su protesta, se espera mucho más, que esa inquietud de defensa del interés común, del interés ciudadano, no se muera en un acuerdo. Esa batalla, en una democracia, debe ser permanente. Y si los funcionarios, en su protesta, han levantado tantas simpatías es porque muchos han pensado que no todo está perdido, que la regeneración que se propone de la Función Pública andaluza es sólo el principio de una regeneración mayor. La de Andalucía.

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18 noviembre 2010

Flamenco



Sólo hay algo más universal que el flamenco, que son los vividores del flamenco. Cuentistas y aprovechados, zampabollos y buscavidas, fracasados e impostores, fetichistas, serviles y señoritos… Ése sí que es, por inabarcable, un patrimonio inmaterial del flamenco, todo ese mundo que va sobando la bola con tres frases hechas y dos chistes. Hay dos flamencos muy distintos, un flamenco serio, genial, universal, profundo, y ese flamenco del tópico, de los estereotipos; el ‘flamenco miarma’ que se recrea en la incultura, el flamenco de souvenir. Por las tonterías que se han oído tras la declaración de la Unesco, está claro que los del fetiche están de fiesta. Con lo que conviene distanciarse.

Para empezar, lo que no se entiende es que el flamenco se tenga que poner en cola ante una oficina de la Unesco, junto a tamborradas y fiestas de campanario, para que lo declaren ‘patrimonio cultural’ de la humanidad. El flamenco ya forma parte de la cultura universal y nada gana en su proyección internacional con esa nueva denominación; quien perdía era la Unesco cuando presentaba sus listas de patrimonio cultural y allí no aparecía el flamenco. Un estilo musical que se imparte en escuelas de baile en medio mundo y llena teatros en Broadway, en Japón o en Moscú, no necesita tarjeta; el flamenco, como el blues o el soul, es otra cosa.

Era, pues, inevitable que la reunión de la Unesco en Nairobi desembocara en la algarabía del ‘flamenco miarma’, como se decía antes, y del flamenco político más jartible y subvencionado. Yo, en esto, me quedo con Alfredo Arrebola. Sólo una frase suya, hace un par de meses, en una entrevista en este periódico, bastaba para situarse en un bando o en otro. Berta González de Vega le preguntó si, en realidad, hace falta tanta parafernalia oficial, tantos organismos y tantas fundaciones de flamenco. Y Arrebola, inmenso, contestaba: «No, es una manera de hacer política. Ahora es cuando la Junta de Andalucía se gasta más en flamenco, pero sólo cuentan los que son de su partido, los más mediocres. Yo llevo 45 años en esto, tengo un poquito de prestigio [es doctor universitario con varias carreras, cantaor y premio nacional de flamenco] y una paga para comer, así que yo no le tiro de la chaqueta a nadie».

Sólo con esa imagen, la del flamenquito que le tira del pico de la chaqueta al señorito para que lo atienda, se pone uno del lado de Arrebola y comprende que los señoritos, el poder, siempre ha medrado en el flamenco y que la grandeza de ese arte hay que buscarla en otra parte. La tontería del flamenco, los vividores del tópico embelesado y meloso, estarán contentos con lo de la Unesco. Dudo que un tipo culto y jondo como Arrebola, al que jamás han invitado a la Bienal de Flamenco, se uniera ayer a la celebración de esa fiesta oficial de la Unesco. Habrá dicho, como aquella vez: «No me da la gana bajarme los pantalones». Y ahora, que suene la guitarra…

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10 noviembre 2010

Agujeros negros



Hay pocas cosas en la vida tan inquietantes como la dulce contemplación del universo en una noche estrellada. Una terraza en silencio, el humo de un cigarro, la inmensidad del cielo… y, zas, de pronto la calma se transforma en desasosiego; la serenidad del universo se convierte en angustia frente a lo desconocido; como soñar que nos caemos de un barco en alta mar, de noche, y nos quedamos allí flotando, un puntito entre olas, perdidos. Comenzamos, primero, con la absurda intención de imaginar qué se esconde detrás del universo, qué lo envuelve, y acabamos pensando en la noticia aquella que leímos sobre la existencia de los cientos de agujeros negros que se desplazan por la Vía Láctea a cuatro mil kilómetros por segundo, engullendo a su paso planetas, estrellas o, incluso sistemas solares. ¿Cientos de agujeros negros? ¿A cuatro mil kilómetros por segundo? ¿Devorando todo lo que encuentra a su paso? ¿Y yo aquí, sentado en la terraza, tan campante, uniendo una y otra vez los puntitos del dichoso carro?

Reconozcamos, en cualquier caso, que pocos descubrimientos del universo tienen nombres tan apropiados como éste de los ‘agujeros negros’ porque, además de inquietante y siniestro, nos traslada directamente a un viejo concepto de la especie humana: aquello que es incapaz de satisfacerse. De hecho, antes que en el Universo el concepto tendría que haberse aplicado a la política, a las redes burocráticas que lo engullen todo. La contemplación de los gráficos que se publican sobre las redes burocráticas de las administraciones públicas ha comenzado a producir en mí la misma sensación de asfixia, de angustia. Agujero negro, que es la imagen gráfica con la que representaríamos un pozo sin fondo.

Ahora, con la tiesura, se ha vuelto a plantear la evidencia de que el modelo de Estado que se ha construido en España está pendiente de revisión. Quien primero lo dijo fue el presidente de Extremadura (“Igual no tiene sentido que las 17 autonomías tengamos 17 de todo") y más recientemente lo ha planteado el mandamás del Santander y el presidente del PP, Mariano Rajoy. Lo curioso es que, pese al origen diverso de la tesis, la corriente que ya ha comenzado a imponerse en el PSOE es la de que la revisión del Estado de las Autonomías es un concepto de derecha. En breve, el PSOE comenzará a difundir por todas las instituciones mociones de apoyo al actual sistema. Dicen que “el actual modelo autonómico de Andalucía se resume en 30 años prósperos" y que, gracias a eso, “Andalucía se ha convertido en modelo a seguir por los demás territorios”. Con esos argumentos, que son los de siempre, ya se puede dar por finalizado el debate. A partir de ahora, la mera propuesta del debate, del análisis, será tachada de involución, cualquier crítica será reaccionaria y centralista. El agujero negro ha vuelto a imponerse. Esta vez se va a tragar el debate entero.

El vértigo de la inmensidad del mar, del universo, de todo lo inagotable que nos hace sentirnos pequeños, diminutos. Qué inquietante es la contemplación de lo inabarcable. Hasta Zucchero nos advirtió de la existencia de ese vértigo en unos simples ojos negros. “Un viaggio in fondo ai tuoi occhi”. Aunque quizá sea éste el único desconcierto admisible.

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06 agosto 2010

¿Reciclar yo?



«¿Reciclar? ¿Reciclar? ¿Que yo recicle? Vamos a ver, va a reciclar tu puñetera madre». Después de eso se hizo un silencio. La voz tronó en la terraza de verano en la que estábamos acabando de cenar. Entre los principios de Murphy, no se incluye (y debería incluirse) la máxima muy contrastada de que la frase inoportuna que se menciona en una reunión ruidosa coincide con un momento inesperado de silencio de los asistentes. De modo que la boutade de mi amigo coincidió justo en ese vacío: todos se quedaron mirando nuestra mesa. Y no es cierto que cuando, rojo de vergüenza, proclamas «¡Tierra, trágame!», venga a salvarte ninguna fuerza aliada de la naturaleza. No.

Todo había comenzado apaciblemente. En los entremeses, él sostenía, con cierta razón, que cada día aparecen nuevos argumentos para la rebelión civil en la política. «Y conviene aprovecharlos», decía, «porque sabemos que la democracia tiene que alimentarse cada día, no cada cuatro años cuando llegan las elecciones y en los colegios electorales se ponen en cola ancianos, raperos, monjas y catedráticos. No: además de las urnas, la democracia necesita la crítica diaria de los ciudadanos y, en ocasiones, hasta la rebeldía social. El plante: ‘No me da la gana’. La cantinela del reciclaje, por ejemplo, es perfecta: ‘¿Reciclaje? No, gracias’».

No sabemos hasta dónde ha calado en la sociedad el pensamiento políticamente correcto hasta que, en una reunión de amigos, se plantea el asunto, aparentemente intrascendente, de cómo tira cada uno la basura. Este asunto, vamos a ver, se ha convertido en un elemento de confrontación social. Los hay que bajan en el ascensor con un catálogo de bolsas clasificadas, la del plástico, la de los residuos sólidos, la del papel y la del cristal. Cada una a su contenedor específico. Mi amigo, parece claro, no es de ésos. Es lo contrario, pero no por dejadez o incultura, no por falta de conciencia medioambiental o salvajismo. No. Lo hace porque piensa que le están tomando el pelo. «¿Reciclar? Joder con los timos sostenibles... Para empezar, seleccionar los residuos no es reciclar: es colaborar con las empresas de reciclaje que, supuestamente, recibirán esos residuos ya clasificados y los reciclarán para otro uso. Pero eso, no nos engañemos, es un negocio. Porque el reciclaje, además de un beneficio para el medio ambiente, es un negocio, ¿o no? Con lo cual, si estoy colaborando con un negocio, lo único que exijo es que resulte beneficioso. El día que mi ayuntamiento se comprometa a bajar las tasas de basura a aquellos vecinos que clasifiquen las basuras, yo seré el primero en seleccionar los residuos. Hasta entonces, no estoy dispuesto a que me cuelen la moralina de la sostenibilidad y a que, entre tanto, con mi dinero sigan engordando la burocracia política».

«Nos toman el pelo, ¿no os dais cuenta?» Lo que nadie observó es cómo, a la vecina de mesa, le iban subiendo los colores. «Mire, perdone, llevo toda la cena aguantando: yo lo que creo es que es usted un inconsciente. Y un descarado, porque somos muchos los que reciclamos para que usted, encima, venga a ahora a reírse de todos...» No hizo falta mucho más porque el final, la traca, estaba dispuesta con el silencio colectivo y la frase de antes: «¡Tu puñetera madre!» La sociedad, sí, se ha dividido sin saberlo: ¿Cómo tira usted la basura?, ¿usted recicla? Yo, como pueden imaginar, me apunto a la rebelión.

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29 marzo 2010

Estado Ipanema



Felipe González, que suele bromear con metáforas políticas que ponen a prueba las tragaderas del radical feminismo, estableció hace unos meses en una conferencia en San Salvador un interesante paralelismo entre el modelo de Estado ideal y las caderas de las brasileñas. Tan sugestiva es la comparación que, según el ex presidente español, el Estado ideal sería «el Estado Ipanema». Si quieren, antes de seguir leyendo, pueden intentar recordar la bossa nova de Antonio Carlos Jobim y Vinícius de Moraes, ‘La chica de Ipanema’, que así, tarareándola, se comprende mucho mejor la metáfora de González sobre la organización del un Estado. «Dum, dum, dum… Olha que coisa mas linda/ mas cheia de graça/ é ela menina que vem e que passa…»

Alguna imagen parecida a la universal chica de Ipanema debió cruzársele por la cabeza a Felipe González porque cuando le preguntaron de lo único que se acordó fue de esa playa de Río de Janeiro, nada de citas de grandes pensadores, de ideólogos del marxismo o de célebres economistas. «Cuando paseo por esa playa –dijo Felipe– veo unos cuerpos sin un gramo de grasa, pero a ninguno logro verle los huesos; ese Estado me gusta, flexible, sin un átomo de grasa, pero no esquelético». Como entiendo que González a lo que se refiere es al peso de lo público en las economías de mercado, o mejor dicho, a los excesos de las administraciones públicas en la economía de mercado, habrá que deducir a continuación que en el cuerpo público la grasa la representa la abultada burocracia política y administrativa. Michelines del estilo del muñeco de las gasolineras, unos tan gordos que rodean todo el cuerpo, como las redes de empresas públicas, y otros pequeños, pero imposible de eliminar, como los gabinetes de asesores o los coches oficiales. Luego, están los organismos inútiles, los gobiernos inflados, las instituciones solapadas y los consejos inservibles.

Si fueran ciertas las intenciones de Griñán de promover cambios profundos en la Junta de Andalucía para hacerla más eficiente, más funcional, más efectiva, tendría que empezar por el recorte drástico de todo ese tejido adiposo, que en el caso de la administración andaluza es obesidad. La mera enumeración de empresas públicas de laJunta de Andalucía, esa red que abarca a más de 170 sociedades y emplea a más de 21.000 personas, ya ofrece una imagen cierta del despropósito en el que se ha convertido la Junta de Andalucía. Ese agujero negro consume cada año cuatro mil millones de euros de dinero público y, encima, genera un déficit de casi doscientos millones anuales. Sucede, además, que junto al despilfarro ingente de esa enorme administración paralela, lo más grave es el descontrol consciente que se fomenta. La corrupción encubierta, la discrecionalidad en las actuaciones públicas, el enchufismo... Cada vez que un Gobierno huye de la Función Pública y vuelca, progresivamente, toda su gestión en empresas públicas lo único que persigue es huir de los controles, alejarse del rigor y la imparcialidad y cambiar la profesionalidad por el chalaneo. Como acaba de repetir el Tribunal Supremo, ahora con respecto a Egmasa, lo que se esconde en el fondo es el «desapoderamiento de la administración» porque se pone en manos de personal contratado aquello que sólo corresponde a la Función Pública.

No, no es esto el «estado Ipanema». Ninguna imagen bucólica de cuerpos bronceados, esculturales, sugestivos que sugiere a Felipe metáforas políticas. Si de playa se trata, aquí, en fin, no salimos del chiringuito y la fritanga.

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16 noviembre 2008

Maraña


Poco más de un mes ha bastado para que en la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir se perciba ya con claridad que es la Junta de Andalucía quien manda, la que tiene ahora las competencias. Cuatro o cinco semanas y, zas, aquellas oficinas se han empapado de la lógica autonómica, de sus señas de identidad, de su estilo y de su norma. Por ejemplo, observen la agenda del pasado miércoles. Es literal: “En Sevilla, la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (CHG) presenta a colectivo sociales, ecologistas, sindicatos, comunidades universitarias y partidos políticos el Esquema Provisional de Temas Importantes”. Es fantástico, o sea; cada vez queda menos para que uno de estos días se haga realidad la Dirección General de Pajaritos de Colores.

¡Esquema Provisional de Temas Importantes! Hay que pasmarse con el invento, porque seguro que también habrá un Esquema Provisional de Temas Relativos y otro más de Temas Menores. Y todos ellos, además, pasarán en sucesivas reuniones por ‘mesas de trabajo multidisciplinares’ para elaborar primero el ‘borrador’, luego el ‘esquema provisional’ y, finalmente, el ‘esquema definitivo’. Entonces, se disuelve y se crea una Comisión de Seguimiento del Esquema. ¿Se ve o no la mano de la Junta?

Lo cual, que es inevitable el recuerdo de aquel libro de “La trampa del consenso” que escribió el periodista Thomas Darnstädt sobre el embrollo de la federación alemana, presa con los länder de los mismos vicios paralizantes que la administración autonómica española. En Alemania, lo llaman ‘politikverflechtung’, es decir “maraña política”. Se cuenta en ese libro, que es un irónico alegato contra la interminable burocracia política, que en una ocasión se citaron en Alemania politólogos de todo el mundo para conocer cómo funcionaba el federalismo en distintos países. “La conclusión a la que llegaron es que en ninguna otra parte del mundo existe una locura semejante a la que se da en Alemania. Dieciséis estados pequeños que se embrollan mutuamente para que ninguno pueda hacer nada sin el otro”.

El estado autonómico español tiene, desde luego, grandes diferencias con el estado federal alemán pero es probable que el embrollo final sea similar en ambos. Con la diferencia de que, tras las últimas elecciones, en Alemania los dos principales partidos políticos decidieron aparcar sus diferencias, formar un gobierno de coalición y emprender reformas en el estado federal para agilizar el Estado y dinamizar la economía. Y ni una cosa ni la otra se divisa en el horizonte de la política española; ni gran coalición ni reestructuración del Estado autonómico sino todo lo contrario. Sepamos, en cualquier caso, que la consecuencia de este absurdo es, por un lado, un Estado enormemente caro y, por otro, una administración enrevesada, divida por tres. Para salir de la crisis económica, quizá tendríamos que empezar por ahí. Pero eso, ya ven, no figura en ningún Esquema de Temas Importantes.

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30 junio 2008

Inútil III


Tercera edición ya de esta costumbre de dedicar uno de los últimos artículos de junio a un inútil público y restregarle ante los morros de su imcompetencia la declaración de la renta. Como se ha explicado en anteriores ediciones, la costumbre parte de una concepción crítica de la declaración de la renta; para que el pago del IRPF además de un deber cívico, de una obligación democrática, se convierta en un acto de rebeldía social, de crítica al despilfarro del poder. No sé, es como si, al aflojarse el bolsillo cada año, cada contribuyente pudiese pedir explicaciones de qué se hace con su dinero. Como decir, “a ver qué hace el Estado con mi dinero. ¿A ese inútil va dedicada mi declaración de la renta? No puede ser”, y en este plan. Además de hacer la cruz en la casilla de la religión católica, se le hace la cruz a un inútil público para, el resto del año, tener presente siempre que ese tipo está tirando tu dinero. Tu dinero, no dinero público que de forma inconsciente es un concepto vaporoso, dinero de todos, dinero de nadie.

La primera edición, le dedicamos la declaración de la renta al presidente de la Diputación de Sevilla, no sólo por la inutilidad grande de esa institución, que es común a todas, sino por las propias características del tipo, un desahogado insuperable, un portento de cómo degenerando en política se pueden alcanzar las mayores cotas. Luego vino el Parlamento andaluz, por esas sesiones sublimes en las que se empezar en demostrar su carácter prescindible. Imaginen la parafernalia del Parlamento andaluz, aquel edificio lujoso de Sevilla, con sus 109 escaños. Largos pasillos que atraviesan los ujieres, solitarios, de arriba abajo, con sus trajes azules, como guardianes de un desierto de mármol blanco. Allí, en uno de los dos-plenos-dos que hay al mes, irrumpe una declaración solemne que deja frío a Occidente en sus diatribas sobre el futuro: “El Parlamento de Andalucía acuerda declarar de utilidad pública la bicicleta como medio de transporte y ocio en Andalucía por sus múltiples ventajas para el medio ambiente y la salud pública”. Nada, en fin, estas cosas.

Todo eso, que durante el año ya se censura, que ya se conoce, cobra ahora un valor especial, se observa desde una perspectiva distinta, cuando concluimos que se perpetran con el dinero que tú acabas de pagar en Hacienda. “Para esto le pago yo a Hacienda”. Este año, por ejemplo, piensen que con su dinero se ha pagado una de las famosas cenas de los consejeros socialistas del Consejo Audiovisual. Esos que se ponen a discutir cuántas ostras se comieron. “Que yo me comí sólo dos ostras; que no, que no que tú te comiste cuatro que yo te estuve mirando…” Piensen que están en la mesa de al lado, que observan la escena y que, al final, es a usted a quien le pasan la cuenta. “¿Y por qué tengo yo que pagarle la mariscada a nadie, a ningún inútil público”. Pues de eso de trata, de ahí la intención de convertir el deber cívico del IRPF en un acto de rebeldía social. Esos inútiles, o sea, están tirando nuestro dinero.

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26 junio 2008

Congelados


Qué tranquilos se habrán quedado los españoles, qué descanso más grande el de los andaluces, cuando han oído que Zapatero y Chaves van a congelar los sueldos de los altos cargos. Qué despreocupación, qué calma al saber que el año que viene Zapatero, como casi todos los presidentes autonómicos, seguirán cobrando más de siete mil euros al mes; que los ministros y las decenas de consejeros mantendrán sus sueldos de un millón de pesetas; que los diputados, los senadores y los parlamentarios autonómicos seguirán trabajando por cuatro o cinco mil euros. Luego los secretarios de Estado, los directores generales, los jefes de gabinete, los gabinetes y los asesores, y todos multiplicados por tres o por cuatro administraciones. Muchos, pero congelados. Uff, menos mal.

– ¿Te has enterado que Chaves le ha congelado el sueldo a su hermano?
– ¡Pero qué me estás diciendo!
– Bueno, pero es que Zapatero le ha congelado el sueldo a Bibiana...
– ¿Cómo se lo va a congelar si el Ministerio de Igualdad es nuevo, no existía el año pasado?
– Pues sí; un gasto nuevo pero congelado.

También congelados los consejos audiovisuales y los consultivos, los foros de cualquier cosa, los órganos paritarios, las empresas públicas, los puertos y las confederaciones. Congelado hasta el cheque de los de siempre que dan conferencias sobre el cambio climático, la alianza de civilizaciones o la memoria histórica. Como las televisiones públicas o los consejos de la juventud. ¿También congelados los sueldos millonarios de las cajas de ahorro? ¿Y los eurodiputados, quedan congeladas las dietas por el tiempo de espera en los aeropuertos? Qué tranquilidad da el saberlo. Todos congelados, hibernados hasta que pase la crisis.

Entenderán, en suma, que suena a chufla que se anuncie la congelación del sueldo de los altos cargos como medida de austeridad para salvar la crisis. Porque eso no es austeridad. La austeridad implica un recorte, y lo que ha ocurrido con Zapatero y con Chaves es que, hace tres meses, en plena crisis ya, aprobaron los dos gobiernos más caros de la historia, los de mayor infraestructura burocrática. La austeridad, que tendría que ser un objetivo permanente, implica cambios estructurales en el Estado para hacerlo más ágil, más barato, más funcional, más eficaz. Invertir más en infraestructuras sociales que marcan la modernidad y el progreso de un país, educación, sanidad, justicia, y destinar menos dinero a las infraestructuras burocráticas que hacen a un país dependiente.

¿Qué se va a congelar el sueldo de los altos cargos? Qué tranquilidad más grande le habrá entrado por el cuerpo al personal. Y lo anuncian como un gran logro, como un detalle, como quien arrima el hombro. Pero todo el mundo sabe que una cosa es congelarse y otra, estar tieso, que es lo que sucede con la crisis. También en esto la clase política es distinta. Quien se congela, se mantiene; quien se queda tieso, se convierte en mojama.

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25 junio 2008

Inherente

Los miembros de la cuota socialista del Consejo Audiovisual andaluz tienen tan confundidas las identidades de las cosas, el globo en el que viajan los ha alejado tanto del suelo de la realidad,
que ya ni saben cuáles son las características personales y cuáles son las profesionales. Piensan, por ejemplo, que el abuso, el dispendio, el desahogo, la desvergüenza, la mediocridad, la prepotencia, el pijerío, la buena vida o la vagancia son características inherentes a un cargo público. Y no claro, todo eso son características, valores, inherentes a la persona, a cada cual, con independencia del sitio en el que esté, público o privado, y del cargo que ocupe. A algunos, por ejemplo, no hay más que mirarlos a la cara para saber que, ya sean consejeros o ya sean catedráticos, ya estén en una productora o en una redacción, van a intentar siempre vivir del cuento, vivir muy bien del cuento, y no darle un palo al agua. Otros, en cambio, que nunca han sido así, que no les hace falta arrastrase ni comer de gañote en un restaurante, tendrían que desengancharse de ese nido cínico y caradura si no quieren que acaben confundiéndolos a todos.

Las únicas características inherentes a un cargo público son las que se especifican en la ley correspondiente. En el caso del Consejo Audiovisual, las características inherentes son aquellas que jamás se han cumplido, como la independencia ­­­-que no se cumple en ninguno de los casos­-, el prestigio profesional y la cualificación -ausente en muchos de los consejeros-. La Ley lo recoge por dos veces, en el preámbulo y en el articulado, en concreto los artículos 5.3 y 8.1: “Los miembros del Consejo Audiovisual de Andalucía serán elegidos entre personas de reconocido prestigio profesional en el ámbito de la comunicación audiovisual, científico, educativo, cultural o social (…) y actúan con plena independencia y neutralidad y no están sometidos a instrucción o indicación alguna en el ejercicio de sus funciones”.

Cuando, como es el caso del Consejo Audiovisual, se comienza vulnerando la Ley en el Parlamento y se elige a los miembros por cuotas políticas, reproduciendo en los órganos de control la composición parlamentaria, se comete un fraude de ley que invalida todo lo que venga a continuación. Se vista como se vista, se llame como se llame, siempre será un órgano más al servicio del Gobierno y acompasará sus dictámenes al interés y a la orden de la mayoría parlamentaria.

Haber pasado del fraude de ley al despilfarro en los restaurantes, al abuso de los coches oficiales, a las facturas sin justificar, es, desde ese punto de vista, una consecuencia inevitable de lo anterior. Cuando se suprime el mérito y la independencia como requisito previo, queda la mediocridad. Y no cabe esperar otro comportamiento de un estómago agradecido que el de saciarse. El Consejo Audiovisual, en fin, ha acabado como se presumía, es noticia en toda España por las comilonas, los mariscos y los vinos “inherentes al desempeño del cargo”, dicen. Vaya tropa.

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