El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

18 noviembre 2010

Flamenco



Sólo hay algo más universal que el flamenco, que son los vividores del flamenco. Cuentistas y aprovechados, zampabollos y buscavidas, fracasados e impostores, fetichistas, serviles y señoritos… Ése sí que es, por inabarcable, un patrimonio inmaterial del flamenco, todo ese mundo que va sobando la bola con tres frases hechas y dos chistes. Hay dos flamencos muy distintos, un flamenco serio, genial, universal, profundo, y ese flamenco del tópico, de los estereotipos; el ‘flamenco miarma’ que se recrea en la incultura, el flamenco de souvenir. Por las tonterías que se han oído tras la declaración de la Unesco, está claro que los del fetiche están de fiesta. Con lo que conviene distanciarse.

Para empezar, lo que no se entiende es que el flamenco se tenga que poner en cola ante una oficina de la Unesco, junto a tamborradas y fiestas de campanario, para que lo declaren ‘patrimonio cultural’ de la humanidad. El flamenco ya forma parte de la cultura universal y nada gana en su proyección internacional con esa nueva denominación; quien perdía era la Unesco cuando presentaba sus listas de patrimonio cultural y allí no aparecía el flamenco. Un estilo musical que se imparte en escuelas de baile en medio mundo y llena teatros en Broadway, en Japón o en Moscú, no necesita tarjeta; el flamenco, como el blues o el soul, es otra cosa.

Era, pues, inevitable que la reunión de la Unesco en Nairobi desembocara en la algarabía del ‘flamenco miarma’, como se decía antes, y del flamenco político más jartible y subvencionado. Yo, en esto, me quedo con Alfredo Arrebola. Sólo una frase suya, hace un par de meses, en una entrevista en este periódico, bastaba para situarse en un bando o en otro. Berta González de Vega le preguntó si, en realidad, hace falta tanta parafernalia oficial, tantos organismos y tantas fundaciones de flamenco. Y Arrebola, inmenso, contestaba: «No, es una manera de hacer política. Ahora es cuando la Junta de Andalucía se gasta más en flamenco, pero sólo cuentan los que son de su partido, los más mediocres. Yo llevo 45 años en esto, tengo un poquito de prestigio [es doctor universitario con varias carreras, cantaor y premio nacional de flamenco] y una paga para comer, así que yo no le tiro de la chaqueta a nadie».

Sólo con esa imagen, la del flamenquito que le tira del pico de la chaqueta al señorito para que lo atienda, se pone uno del lado de Arrebola y comprende que los señoritos, el poder, siempre ha medrado en el flamenco y que la grandeza de ese arte hay que buscarla en otra parte. La tontería del flamenco, los vividores del tópico embelesado y meloso, estarán contentos con lo de la Unesco. Dudo que un tipo culto y jondo como Arrebola, al que jamás han invitado a la Bienal de Flamenco, se uniera ayer a la celebración de esa fiesta oficial de la Unesco. Habrá dicho, como aquella vez: «No me da la gana bajarme los pantalones». Y ahora, que suene la guitarra…

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