El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

24 abril 2012

Café


Es verdad, la política española se puede medir de café en café. Sin que nadie lo esperase, el café se ha convertido en metáfora de los tiempos políticos. El primer café que se recuerda fue el “café para todos” de Manuel Clavero. Con aquel café, se rompió el diseño primero que se había fijado, pactado en secreto entre centristas y socialistas, para limitar las autonomías de primer grado a las llamadas comunidades históricas. La previsión se hizo añicos con la movilización andaluza y fue entonces cuando se generalizó el sistema autonómico con el “café para todos” que luego, con el paso de los años, se ha desbordado hasta crear este gigante administrativo que ahora ni siquiera de puede abarcar. Café, copa y puro.

Lo curioso es que de la misma forma que el café sirve para medir la abundancia y los excesos, también se utiliza para expresar lo contrario, las cosas que no tienen importancia o que se trivializan. Ahí está, por ejemplo, el último café del que tenemos noticias, el café del consejero extremeño del Partido Popular que, para quitarle importancia al copago sanitario, ha dicho eso de que para los pensionistas la subida no les va a suponer más que “cuatro cafés al mes”. Lo mismo hizo unos años antes Pedro Solbes, que pasará a la historia por ser el ministro de Economía que, por dos veces, llegó al Gobierno en una situación de bonanza económica y dejó el país al borde de la ruina. Cuando Solbes quiso explicar las subidas de precios en España, no se le ocurrió otra cosa que recurrir al café para razonar que, en realidad, el problema de fondo es que los ciudadanos no saben lo que cuesta un euro. “La gente se toma dos cafés y deja de propina un euro", dijo Solbes. ¿Por qué se empeñara este personal en dar lecciones de cotidianeidad si, en realidad, los únicos que no conocen los precios de la calle son ellos? Como Zapatero, cuando le preguntaron por el precio de un café. Ochenta céntimos, dijo el presidente. Es decir, ni idea de lo que cuesta un café en la calle.

El café como metáfora del modelo de Estado y el café como medida de la economía de un país. Aunque el café que más ha dado que hablar en España es aquel que explica los mecanismos íntimos de la corrupción: el café de Juan Guerra. Cuando Juan Guerra resumió toda su actividad en los cafelitos que se tomaba en su despacho de asistente de su hermano, el vicepresidente del Gobierno, sintetizó mejor que nadie la discrecionalidad en la gestión de los fondos públicos. Para conseguir una ayuda o una subvención, o para recalificar unos terrenos o agilizar una licencia, sólo había que pasarse por aquel despacho y, con el cafelito de por medio, el dedo poderoso del hermano de Alfonso Guerra hacía y deshacía. En lo de los ERE, si se fijan, el mecanismo es el mismo, la arbitrariedad y la discrecionalidad que conducen inevitablemente a la corrupción. Por eso es normal que el ex consejero de Empleo, Antonio Fernández, no haya podido aclarar en los juzgados por qué se creó  un fondo opaco que se ha convertido en la mayor corrupción cometida por un gobierno. No se trata de otra cosa: durante diez años, se han repartido cientos de millones en ayudas y subvenciones con el mismo rigor con el que Juan Guerra administraba los cafelitos de la Delegación del Gobierno. La ‘lógica del café’, en fin, que no tiene más justificación que el chalaneo, una ilegalidad global y sistemática en la Junta de Andalucía.

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