El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

25 agosto 2008

Palabras


Recordarán la frase: “Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras”. Lo dijo el presidente del Gobierno en el Congreso nada más llegar, en el debate sobre el Estado de la nación de junio de 2005 y lo que estamos viviendo ahora son las consecuencias primeras de esta política. Grabó la frase en el frontispicio de su primera legislatura, después de ganar las elecciones, igual que los emperadores romanos hacían grabar en el arco del triunfo las grandes hazañas de sus batallas. El arco del triunfo de la tolerancia, que así se llama. Todos pasaban por debajo, pero nadie reparaba en el significado de aquella leyenda.

Cuando lo dijo, el presidente debatía sobre la controversia de las naciones. Qué es España. La Constitución tiene claro que todas las capas del Estado no son iguales; que un Estado moderno, ya sea centralista, federal o autonómico, tiene que reservarle una primacía al gobierno central para garantizar principios básicos como la solidaridad entre los territorios, la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos o la Justicia, porque todo el mundo tiene los mismos derechos y las mismas obligaciones. Por eso, se creyó importante la distinción entre la nación y las nacionalidades, como ente menor, supeditado al primero. Todo no se puede llamar igual. Pero llegó el presidente Zapatero y dijo aquella frase suya: “las palabras al servicio de la política”. España pasó a ser una nación de naciones.

Luego vino la segunda parte. Quién recauda y cómo se reparte el dinero público. La Constitución tiene claro que no existe ningún país en el mundo, ya sea centralista, federal o autonómico, en el que el Estado renuncie a cobrar impuestos en una parte de su territorio. Salvo en España. El concierto vasco-navarro provoca una distorsión en el sistema de financiación que hace imposible que se pueda alcanzar cualquier acuerdo estable, razonable y equitativo. Si en España se aceptó la excepción, fue para intentar apaciguar el terrorismo vasco. Y, como tal, todos asumían la excepción y renunciaban a que el privilegio se extendiera a otras regiones. Porque significaría la muerte del Estado por inanición. Pero llegó el presidente Zapatero. Y como “las palabras han de estar al servicio de la política”, aceptó un cupo encubierto para Cataluña. Luego para Andalucía, luego para Valencia, luego para Aragón… Privilegios para todos, los unos por renta, los otros por población, los otros porque incluyeron el máximo del que más obtenga. Y la financiación autonómica pasó a ser un sudoku sin solución.

Han pasado los años y ahora, cuando se comprueba que nada cuadra aunque todo esté escrito en textos legales, el presidente tendría que completar su máxima: “Las palabras al servicio de la política, entendida ésta como el arte de engañar”. Zapatero es el príncipe del cuento que nos condujo al castillo de Maquiavelo por un sendero de flores. Y cómo cantaban los pajarillos en su hombro cuando trotaba por el bosque…

Etiquetas: ,

3 Comments:

At 25 agosto, 2008 17:56, Blogger josevillano77 said...

Este tío ha formado un carajal imposible de resolver en 30 años después de que se vaya...Es como si gobernase un mono...

 
At 25 agosto, 2008 22:34, Blogger Iñigo said...

De agradecer la sinceridad del presidente, pero le falto decir a servicio de que esta la politica. ¿Intereses personales, de una clase, de un pueblo, del mundo?

 
At 26 agosto, 2008 00:41, Blogger ANAROSKI said...

Tenemos lo que nos merecemos, la gente lo excusa diciendo que la crisis es de los americanos y que de ellos es la culpa, y lo tienen como un Dios, al menos aquí en Cádiz, hay más gente que lo adora que la que le detesta, las del segundo grupo somos bichos raros.

 

Publicar un comentario

<< Home