El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

07 octubre 2011

Simplicidad



Veo su foto recortada en un contraluz de azules y negros, la silueta menuda de su cuerpo, una camisa tal vez sin cuellos, un pantalón ajustado, las manos en los bolsillos. Camina hacia la izquierda, con la cabeza levemente inclinada, no cabizbajo, porque es más bien imagen de un hombre pensativo. Un flequillo breve y el contorno preciso de sus gafas redondas, como aquellas de John Lennon. Es una de las fotos que ahora se multiplican de Steve Jobs, el santo Jobs de la modernidad, el icono de estos tiempos, que logró un imperio con la receta más sencilla, trabajo y calidad; esfuerzo y excelencia. Como ya tenía aprendido desde muy niño que esas eran las fuerzas con las que siempre ha progresado el hombre, a Steve Jobs no le hizo falta siquiera acudir a la Universidad para cambiar el mundo que conocía, para cambiarnos la vida a millones de personas que, ahora que se ha muerto, siempre seguiremos adorándolo por su lección de vida. Que no hace falta siquiera entrar en el extraordinario mundo de Apple para comprender, otra vez en la historia, que los genios se distinguen de todos los demás por su humildad. Que nadie nos engañe. La foto del contraluz se acompaña de una de sus frases más repetidas: “Este ha sido uno de mis mantras: enfoque y simplicidad. Lo simple puede ser más duro que lo complejo. Tienes que trabajar duro manteniendo tu mente clara para hacer las cosas simples. Vale la pena llegar llegar hasta el final con esto, porque cuando terminas, puedes mover montañas".

Es un pensamiento recurrente que, con la muerte del creador de Apple, ha vuelto a cobrar vigencia. Quizá la humanidad ha alcanzado ya tal grado de complejidad, que lo realmente imprescindible ahora es recuperar aquellos principios elementales que han quedado difuminados en el camino. Primero el enfoque, que es saber dónde queremos llegar, que es elegir qué queremos lograr, que es entender qué queremos ser, cómo queremos ser. Luego, la simplicidad, aprender que todo aquello que hemos seleccionado se logra de la manera más simple, ofreciendo a todos las mismas posibilidades, premiando a los mejores, eligiendo el esfuerzo, optando por la competencia leal que nos hace crecer. Y todo eso tan sencillo, tan simple, es el camino más complejo, más duro, pero también el más satisfactorio.

Mira la foto de Steve Jobs, el contraluz de esa persona menuda, su camisa sencilla, sus gafitas redondas, y luego repasa mentalmente todo lo que nos rodea. Mira la foto de Jobs, su lección de sencillez y el imperio que ha conseguido, y entonces cobrará un valor especial el derroche de dinero, de talentos, de recursos que hemos asumido como parte del progreso. Mira esa foto, sí, y luego, si todavía quedan dudas, repasa las páginas diarias del periódico en la que se narran las historias de gente que son nadie, que nunca serán nadie, y han convertido la política en el arte de medrar, en el negocio de sus vidas. Todo esto, este entramado inabarcable que va desde la corrupción contante al despilfarro sonante, sólo puede desmontarse con el regreso al mantra que hizo grande a Steve Jobs. Estas estructuras de nada, este desperdicio diario, alguna vez tendrá que derrumbarse para que el trasluz de esta sociedad sea el de una persona sencilla que camina pensativa con las manos en los bolsillos. Y ese tipo, al que ni siquiera se distingue, es el más grande entre los suyos, aquel que consiguió cambiar nuestras vidas para hacerla mejor.

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