El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

27 septiembre 2011

Toro tricolor



Era tan grande la consideración que tenían los toreros en la España de la República que a Belmonte lo que más le irritaba era la moda de apadrinar niños por toda España. A todas horas, en todos los pueblos, «un padrino universal» se sentía Belmonte. Y como quiera que el matador era retraído, que le incomodaba tanta ceremonia y tanto sobe público, siempre repetía lo mismo, para quitarse el encargo de en medio: «No sabe usted cómo lo lamento, pero no puedo bautizarle a la criatura porque tengo la superstición de que todos los niños que bautizo, se mueren al poco tiempo». A lo que un padre, que llevaba a su hijo en brazos, le contestó sin necesidad de pensarlo: «No me importa». Aquel era el Belmonte de la cumbre de su carrera, cuando toreaba más de cien corridas al año y estoqueaba en una temporada doscientos cincuenta toros. Así era y nadie, en la España de la República, llamaba asesino a Belmonte ni a ningún otro torero porque los dos, la República y los toreros, nacían de la misma ambición, compartían el mismo sueño y se sacudían de la ropa el polvo de la misma miseria. Un torero como Belmonte era para el pueblo un ídolo, un referente moral, la venganza del pobre frente a la condena de una vida de penurias.

En alguna de las protestas antitaurinas que se celebran en España, he querido ver alguna bandera de la República, quizá porque los mismos que la defienden consideran que un republicano no puede ser otra cosa que antitaurino. Republicano, de izquierdas y antitaurino. Es otra deformación más de los que ni son de izquierdas ni son republicanos. Ahora que ya han cerrado la plaza de toros de Barcelona, el debate ha vuelto a suscitarse en toda España con el defecto incorregible de que se le intenta encontrar una lógica, una trascendencia, a lo que sólo tiene como sustento la estructura mental del fetichismo, la consigna y la corrección política. Allá Cataluña con esta deriva, que sólo les pertenece a ellos y que sólo ellos pueden solucionar el día que se den cuenta del empobrecimiento al que les conduce esta ceguera nacionalista. La fiesta de los toros no se va a perder, pero la Barcelona culta, universal, abierta, transgresora y tolerante ya va camino de su propio olvido.

«En torno al torero se mueve la humanidad más extraordinaria y pintoresca que pueda imaginarse», solía decir Belmonte, solía escribir Chaves Nogales. Yo, que jamás asisto a una corrida de toros, así lo creo; porque esta gente sí ama el campo, y lo cuida, lo respira en cada amanecer; esta gente sí respeta a los animales y los tratan como tales, ni como osos de peluche, ni como clases oprimidas, ni como iguales; esta gente del toro es, en su inmensa mayoría, gente humilde que sabe mirar a la cara y estrechar la mano, que jamás olvida sus orígenes, la necesidad, la sencillez. Frente a esta gente, frente a la historia del toreo, qué representan esos otros. Eso. Nada.

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