El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

03 octubre 2011

Doritos



No es la factura de Doritos, es la degradación mental que lleva a un político a entender que su trabajo, su responsabilidad de servicio público, lo autoriza a pasar la factura de unas chucherías. No son los dos euros escasos del paquete de Doritos, que no, que es la malformación a la que se ha llegado, la consigna del abuso normalizada; ganapanes, aprovechados y oportunistas que han entrado en las instituciones con el único norte de hacer carrera adosados como parásitos en cualquier organismo oficial, allí donde los lleve el reparto de listas electorales, el dedo de los cargos de confianza o la gatera de los asesores. Son ventosas incrustadas en la caja del dinero público, termitas de un sistema; están por todas partes y la factura de los Doritos, que hasta ahí llegaron los gastos de dietas que pasaban los cargos de confianza del PSOE e Izquierda Unida en la Diputación de Granada, es el último grito que nos señala que este despilfarro de años tiene que pararse ya. No aguanta más.

El ejemplo de los Doritos es el más espectacular porque de todos los conocidos es el más miserable, el que nos lleva a pensar que si se ha pasado una factura por una bolsa de fritos de maíz, hasta dónde no habrá llegado el descontrol en muchos ayuntamientos, diputaciones, empresas públicas, mancomunidades y gobiernos. Se pasa la factura de los Doritos y ningún control interno es capaz de localizarlo y desautorizarlo a pesar de que se trata de un gasto ilegal, como tantos otros de mucha mayor cuantía; nada ocurre porque antes de que se instaurara el abuso se eliminaron, o anularon, todas las garantías de independencia de las intervenciones y las tesorerías que deben velar por el uso correcto del dinero público. Si por los controles internos de una diputación ha pasado la pifia monumental de una bolsa de Doritos, porque la pequeña ilegalidad lo que delimita aquí es el alcance de la pillería, es que el desfalco de esas arcas públicas ha sido generalizado. Todo vale. Y contra eso, se exigen ahora algo más que explicaciones políticas, que no han llegado, o dimisiones, que no llegarán; es necesario que vuelva la garantía de que el dinero público es un bien sagrado en una democracia.

No es la bolsa de Doritos que ese tipo ha pasado como gastos a la Diputación de Granada, es la inconsciencia de estar convirtiendo la política en un fangal; es la irresponsabilidad de alimentar en la calle la repugnancia por la política. Este goteo diario de abusos que se conocen por doquier, entre corrupciones mayores y gorrones menores, comisiones y comilonas, está degradando la vida pública al límite del riesgo mayor que tiene una democracia, el golpismo de barras y mercados, el discurso del 'todos son iguales'. Porque se le abre el camino al discurso más reaccionario, en el que ya no se hacen distinciones, ni existen principios que salvaguardar. Si la clase política no entiende así la anécdota de la bolsa de Doritos, con esa gravedad, es que ha perdido el norte. No aspiremos ya a que el hombre o la mujer que se dedica al servicio público sea ejemplo entre los suyos. Está tan lejos el gobierno de los mejores, la aristocracia platónica ha dejado hace tanto tiempo de servir ni siquiera para cita de los discursos, está el nivel tan bajo, en fin, que ya sólo podemos aspirar, como demócratas, a la normalidad.

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1 Comments:

At 04 octubre, 2011 17:43, Blogger Panduro said...

Que de publique el nombre y la foto del de los Doritos. Por lo menos que podamos pitorrearnos de él:
- ¿Fulanito? ¡Ah sí, el de los Doritos!

 

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