El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

11 octubre 2011

Lágrimas de pan



En la acera, un niño llora con un bocadillo en la mano. Está sentado en el escalón de una casa y las lágrimas corren por las mejillas con la intensidad que sólo alcanza la pena de un niño. Llora y se ¡hacen surcos en sus mejillas churretosas y las lágrimas empapan el pan que todavía le queda en la comisura de los labios; algunas gotas caen en el bocadillo, ya casi deshecho, desatendido, que sujeta con una de las manos. En la acera, un niño que hace tan sólo un instante era feliz, que sonreía despreocupado con su bocadillo de la merienda en la mano, llora desconsolado porque alguien ha cortado de golpe su felicidad. Llora el niño lágrimas de pan y al final de la calle se ve correr, entre carcajadas, a una pandilla de niños mayores que al verlo en la acera, sentado, decidieron mofarse de él, rodearlo de empujones, acosarlo con pellizcos, y luego salir corriendo, con más burlas y motes.

Nada conmueve más en la vida, nada transmite una angustia mayor, más profunda, que la desgracia de un niño. Será porque todos arrastramos la nostalgia de la inocencia perdida o será porque la infancia es el único territorio en el que podemos vivir la felicidad completa, sin interferencias, con la inconsciencia limpia de muertes y frustraciones de esos años. Cualquiera de esas razones que guardamos como un tesoro de canicas, nos convierte en los seres más vulnerables ante la imagen de un niño que sufre. Un niño mutilado en medio de una calle revuelta de llamas y escombros; una niña sola, con los labios resecos de polvo y tierra; un niño hambriento comido de moscas en un poblado de la selva... Cualquiera de esas fotografías, que hemos vista repetidas mil veces, se impone siempre a todas las demás cuando se trata de reflejar lo peor de las guerras, de los terremotos, de la hambruna. La simple estampa de arriba, la imagen cotidiana de un pequeño llorando sentado en el escalón de su casa con un bocadillo en la mano, una bobada así transmite una pena tan honda que atraganta; hace años que me conmovieron aquellas lágrimas que se empapaban en el pan y jamás he logrado olvidarla.

¿Qué imagen más brutal, más dramática que la de los dos niños desaparecidos que jugaban en Córdoba en un parque para plasmar la sinrazón de tanta violencia en los hogares? ¿Qué nos está pasando? ¿Que otra imagen que ésta de dos hermanos, el uno con el bigote de chocolate; la otra, con dos lazos rosa en las coletas, raptados violentamente del columpio, que se queda vacío, balanceándose inútilmente? El sobresalto de tanta violencia en las familias, la miseria de utilizar a los hijos en las separaciones... La sinrazón en la que se ahoga el amor es quizá la peor de todas las locuras del hombre, la más ciega. La foto de esos dos hermanos lo ha venido a representar ahora.

Llora el niño lágrimas de pan, y nadie sabe la pena que esconde…

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