El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

24 junio 2011

Eclipse



Fue aquella noche del eclipse. Mirábamos la luna, poco a poco abatida por la oscuridad, engullida por el vacío negro del infinito, y cuando ya sólo se divisaba un resquicio de blancura, cerraste los ojos ante aquel destello mínimo y te preguntaste si, ante un eclipse de luna, hay que pedir un deseo. Igual que cuando vemos que un cometa atraviesa la noche, igual que una noche de verano cuajada de estrellas nos trae el recuerdo de los que se fueron, igual que se suspira cuando el sol se posa anaranjado en el horizonte. ¿Se pide un deseo en un eclipse de luna? Como la luna siempre le ha inquietado al hombre, como siempre hemos tenido con ella una complicidad de amantes, quizá nunca se le han pedido deseos porque la hemos incorporado a nuestro propio mundo de sentimientos. Es verdad que en la antigüedad se pedían deseos ante un eclipse, pero más que deseos eran oraciones desesperadas para evitar la venganza del cielo, rezos para intentar consolar a una luna que, como la otra noche, enrojece y luego se oculta, como si hubiera estallado de sangre y de ira por los desastres del hombre. ¿Se pide un deseo en un eclipse? «Quizá el deseo no haya que pedirlo –contesté–, porque el deseo es este mismo: la luna se turba, desaparece, y al poco vuelve a brillar en todo su esplendor, sigue reinando en la noche con la redondez completa de la luna llena. Más que un deseo, un eclipse es la esperanza de que aquello que nos atormenta puede pasar, va a pasar».

Después de aquella noche he pensado varias veces en esa imagen: un eclipse de luna como metáfora eterna de que no hay mal que cien años dure, porque es muy posible que si a la sociedad española se le pusiera una sola boca para que pidiera un deseo, no habría otra petición que ésta, que la crudeza de estos días pase, que pasen estos tiempos, que llegue otra vez la normalidad, que no vivamos con este vértigo de estar caminando en un alambre sin red de seguridad. Que pase el eclipse, que vuelva la luna llena.

Ese sentimiento que está latente en la sociedad, porque se renueva cada mañana cuando el obrero acude a trabajar con la incertidumbre de si será el último día, cuando en la casa hacen cuentas para llegar a fin de mes; permanece así, flotando en la fábrica y en el comedor, y se desborda cuando llegan unas elecciones. Que no habrá otra explicación más fiable a lo ocurrido en las últimas municipales que este runrún de la calle, que ni grita ni se extingue, ni se concentra en las plazas ni acude a los debates parlamentarios, ni se indigna ni se exalta, pero cuando se coloca delante de una urna se hace implacable.

¿No ocurre acaso igual en Andalucía? Cuando se contempla esta sucesión de escándalos relacionados con la Junta, un día tras otro, manando miserias y mentiras; se les ve desfilando por las páginas del periódicos cínicos, aprovechados y mangantes, y la gente, va acumulando ese hartazgo, lentamente. Se van depositando las decepciones en el ánimo colectivo, se va ennegreciendo el panorama, la visión de las cosas. Menos mal que la democracia es como aquel eclipse. Y sabemos que pasará, que todo volverá a ser normal. Y que tampoco hace falta formular el deseo.

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