El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

03 junio 2011

Otro curso más



Comenzó el curso escolar y no habían transcurrido dos semanas cuando empezó a circular entre los profesores de colegios e institutos de Andalucía un manifiesto de protesta. Ya se puede uno imaginar el ambiente del profesorado cuando, nada más arrancar el curso, se deja sobre la mesa de todos los claustros un escrito de protesta y decepción del sistema educativo. Comenzaba el curso y muchos de ellos ya sabían que no llegarían a enero, que antes se darían de baja; otros muchos tenían claro que acabarían tirando la toalla con casi la mitad de los alumnos de su clase.

Aquel primer manifiesto de nueve puntos llamaba la atención porque ni una sola de las peticiones que se realizaban tenía la más mínima relación con mejoras salariales, profesionales o, incluso, con peticiones de medios y recursos. No, los profesores protestaban pero no hablaban de ellos, sino de la educación. Pedían cosas como «la cancelación de la compra de ordenadores para los alumnos de primaria (los del año pasado están aún guardados, sin saber qué uso darles)» y también «rogaban» –utilizaban ese verbo– que se eliminaran «las interminables Pruebas de Diagnóstico porque la enfermedad la conocemos a la perfección a través de las evaluaciones (¡aterrador fracaso escolar!), lo que hace falta es poner el remedio».

«Sugerimos la supresión de becas, ayudas y programas para alumnos de nulo trabajo e inaceptable rendimiento porque supone sembrar en asfalto y desmotivar en el esfuerzo», acababan diciendo esos tipos que, desde el principio, han rechazado el chantaje económico del llamado ‘plan de calidad’ de la Junta de Andalucía, becas de seis mil euros a los alumnos para que no abandonen el instituto y una paga de siete mil euros a los profesores que suspendan a menos alumnos.

Esta semana, ha terminado el curso en Bachillerato y, en unos días, se cerrarán las puertas de todos los colegios. Desde aquel manifiesto, que ni siquiera se hizo público, no sólo no ha cambiado nada, sino que la propia protesta de los profesores se ha ido agotando en la impotencia de quien se sabe ignorado. Ni siquiera el informe Pisa, que en enero volvió a colocar a Andalucía a la cola de todas las estadísticas, tuvo el eco de otras ocasiones, quizá por eso, porque se ha convertido en un eco conocido, repetido. El discurso oficial sigue siendo el mismo ante el pavoroso fracaso escolar: el problema de Andalucía es que los niños pobres tienen más dificultades para seguir en el sistema educativo y hay que incentivarlos con dinero. Y no es el disparate en sí, es la materia a la que se aplica: La gravedad de una política educativa que se sustente en esa demagogia antigua es que va carcomiendo, como termitas, el futuro de una sociedad; generaciones de jóvenes sin formación, sin expectativas y, lo que es peor, sin espíritu de esfuerzo y superación. El curso escolar se está acabando. Y asusta pensar para cuántos jóvenes habrá sido éste otro año perdido.

He imaginado la estampa de un profesor ante su clase vacía, una hilera de pupitres verdes, masticando la frustración al final del curso. Por ellos, para que sepan que no están solos, rescato aquí las palabras de Muñoz Molina, que hago mías: «Mi indignación es civil y política, pero también personal. Por primera vez, en España, está llegando a la edad adulta una generación menos cualificada académicamente que la de sus padres».

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