El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

17 mayo 2011

Votaré



Votaré a quien, nada más pisar los salones engalanados del palacio de gobierno, anuncie que quiere cambiar la Ley para que las promesas electorales incumplidas puedan ser denunciadas por los votantes y los políticos quedar inhabilitados para el ejercicio del cargo público. Lo votaré, sí, a quien anuncie esa reforma que acabará con decenios de cinismo asumido, que destrozará este caudal incontenido de promesas que se desborda en las campañas electorales, este círculo vicioso que establece el contacto del gobernante con los políticos sólo cada cuatro años, esta visión frívola de la política que siempre nos ha dejado claro que las promesas electorales están para ser incumplidas. Una reforma que acabe con todo eso, que establezca un contrato verbal entre el político y el votante. Para que las promesas comprometan a quien las hace, para que las promesas no sean un canto de sirenas, para que las promesas no nos estrellen en el desencanto.

Votaré a quien, nada más sentarse en el escaño, tome el micrófono para decir que la regeneración de la política comienza por el reconocimiento de los errores propios, de la podredumbre propia. Aquel que tome el micrófono en su primera rueda de prensa para admitir que los partidos políticos han asumido la corrupción, la han interiorizado, y que por eso nadie, nunca, ha denunciado un caso de corrupción de su propio partido, de sus compañeros, de sus gobiernos. Y que por eso, la corrupción que se combate sólo es la del partido adversario, jamás la del propio; aquella denuncia que acarrea ganancias electorales. Se combate la corrupción porque beneficia las expectativas electorales, no porque nadie se asombre del cobro de comisiones, del amiguismo, de la ignorancia de la legalidad para conseguir los objetivos.

Votaré a quien, con el acta de concejal o de diputado en la mano, se vaya directo al registro para presentar una iniciativa que nos lleve a un sistema progresivo de listas abiertas en el que los ciudadanos puedan discriminar y elegir a los mejores, de uno y otro partido. Un modelo nuevo que entierre la sobreprotección de los partidos políticos con la que se blindó la democracia tras cuatro decenios de dictadura franquista. Porque otra vez, como en la Transición, se trata de elevar a la categoría política de normal aquello que en la calle es plenamente normal. Y la normalidad de la calle, ahora que la democracia se ha asentado en España como nunca antes lo había logrado en su historia, no entiende de banderías y sectarismos, no sabe de enfrentamientos que se anteponen a las soluciones, no quiere pertenecer a ningún sector que promulgue el ostracismo del que piensa distinto y rehúye de todo aquello que no le conduzca a la solución de sus problemas. La normalidad, esa es la revolución pendiente ahora.

Votaré a quien encargue la primera auditoría de la burocracia política, a quien lleve la austeridad de las instituciones a los recortes de asesores, de colocados, de enchufados. A quien esté dispuesto a combatir aquello que lo sustenta, a quien vea en la ‘casta política’ el mayor de los peligros de la política. A quien se obsesione con la distribución de los recursos, a quien sea capaz de descubrir que a veces las prioridades se ocultan en el abandono de colectivos, de asociaciones ciudadanas que sobrellevan la carga de todos aquellos problemas que se olvidan, que olvidamos. Votaré…

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