El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

18 enero 2011

Efecto dominó



Nadie, ningún hombre, ningún ejército, ningún poder, es capaz de controlar el instante de la historia en el que todo se desborda. No hay fuerza que pueda contener el momento, apenas un segundo, a partir del cual ya nada es igual, todo se derrumba; el pestañeo que cambia bruscamente los acontecimientos, el suspiro, la exhalación que es capaz de levantar multitudes, de arrasar imperios. Stefan Zweig, que describió de forma magistral algunos de los momentos claves de la historia, hablaba de los millones de horas inútiles que transcurren en la historia antes de que se produzca un momento estelar. “Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide (…) determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero o incluso el destino de toda la humanidad”.

Acaba de ocurrir ahora en Túnez, el país que está protagonizando la primera revolución democrática del mundo árabe. Nadie está detrás de la revuelta, nadie la controla, nadie la ha organizado, nadie la ha planificado. Una mañana cualquiera del mes de diciembre, la Policía decide desmantelar el puesto de frutas ilegal de un chaval de 26 años. Será una decisión irrelevante, una más entre las decenas de actuaciones de la policía tunecina aquella mañana. Sin embargo, el paso del furgón policial por delante de aquel puestecillo de frutas ilegal y la decisión de los agentes de detenerse, pedir la documentación y desmantelar el kiosko es el momento determinante que estaba aguardando la historia. Porque el joven del puesto de frutas, que estaba parado, que estaba desesperado, se inmoló delante del ayuntamiento cuando la policía lo dejó tirado y sin el único sustento. Y lo que sucedió a partir de ese momento ya tenía la rúbrica de todos los acontecimientos históricos: El nombre de Mohamed Bouaziz, su cruel suicidio, ya ha entrado en la historia como uno de esos momentos estelares que cambian el rumbo de un pueblo.

“¡Viva el efecto dominó!”, han celebrado con euforia los acontecimientos de Túnez los periódicos de algunos oaíses vecinos, como Argelia. Piensan algunos, con toda razón, que el problema no es de Túnez, que el problema general es del mundo árabe, y que la revuelta tunecina acabará trasladándose, con mayor o menor intensidad, a todos los países musulmanes en los que, hasta ahora, la democracia ha sido una mera apariencia, una excusa de sátrapas, mangantes y fundamentalistas. “Túnez no es un caso aislado, la enfermedad es de los árabes”, afirman y se compara lo que pueda ocurrir a partir de ahora con el desmoronamiento del bloque comunista a partir de las protestas en la Polonia de Walesa.

Vivimos sobre el alambre de esos acontecimientos que cambian la vida, esos instantes. Y sin la repercusión universal de esas grandes citas de la historia, quizá todos aguardamos en algún momento que se cruce en nuestro camino un fenómeno así que nos haga tener la determinación de la que carecíamos; sacudirnos la comodidad, el conformismo y la apatía. El ‘efecto dominó’. Todos los políticos, todos los regímenes, grandes y pequeños, son conscientes de que este azar es la única fuerza arrolladora de la historia.

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