El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

29 noviembre 2010

La Ben Plantada



En la espera del recuento de votos de las elecciones catalanas, he conocido a Lidia. Fue hace justo un siglo, hacia 1911. Eugenio D’Ors publicó ‘La Ben Plantada’ (La Bien Plantada), la novela con la que quiso crear un personaje arquetípico de los valores y de la cultura catalana. “Teresa, la Bien Plantada, es una objetivación intemporal del alma catalana”, se menciona en algunas referencias de la obra. Se publicó la novela y, por alguna extraña atracción, hubo una mujer que se creyó la protagonista de aquella historia. Era Lidia, la pescadora de Cadaqués, y no sólo estaba convencida –que no era así- de que el escritor se había inspirado en ella para crear el prototipo de la catalanidad, sino que, a partir de entonces, encontraba en cada artículo, en cada entrevista y en cada palabra de Eugenio D`Ors claves secretas, mensajes cifrados, del amor, de la pasión secreta que el escritor sentía por ella.

He pensado, al conocer al Lidia, que lo que le ocurre la deriva nacionalista forma parte de esa misma irrealidad; el desvarío que lleva a muchos a convertir el amor, la identidad por un pueblo, en una historia distorsionada, en una realidad inventada en la que aparecen fantasmas que no existen, agravios forzados que se encadenan para darle sentido a la invención. La crónica de España es tan peculiar, tan profunda, tres veces milenaria, que no habrá un solo pueblo que mañana mismo no pueda abrazarse a un nacionalismo inventado que le haga ver que, en realidad, no forman parte de una historia común, diversa, plural y compartida. Y buscar agravios con el vecino es una tarea tan fácil, tan populista, que el éxito está garantizado. ‘La culpa la tienen los otros, los demás’; nada inspira más apoyo que esa exoneración generalizada.

Sólo habría que restregarse los ojos un instante, contemplar esos movimientos nacionalistas desde la perspectiva de los problemas que nos acucian en este primer decenio del nuevo siglo, para sentir vértigo con la ceguera de un país que sigue pensándose a sí mismo, que se debate a diario en la inseguridad de su modelo territorial. Tras las elecciones catalanas de ayer, nada puede resultar mejor para la tiesura que vivimos que Cataluña se asiente en la normalidad. Nada como el criterio racional en Cataluña, en España, en Andalucía, para que volvamos la mirada a los problemas que sí tenemos, que sí podemos resolver unidos. Y que en poco tiempo podamos mirar atrás y contemplar con desdén ese sarpullido de reformas estatutaria con el que nos invadieron.

A Lidia, en la espera del recuento de votos de ayer, la he encontrado en un libro de entrevistas de César González-Ruano en el que el propio D’Ors explica el final de la historia. Envuelta en su locura, Lidia se murió en un asilo un día de 1954 y la enterraron en Agullana, un pueblecito del Ampurdán. El escritor organizó una comitiva para colocar una lápida en su tumba: “Aquí reposa, si la tramontana la deja, Lidia Nogués de Costa”. Sueño con una lápida igual para el deliro nacionalista.

Etiquetas: , ,