El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

23 mayo 2010

El índice 20


Se ha ido poblando mi barrio de tiendas pequeñas de alimentación que han devuelto a las aceras un paisaje que tenía olvidado, que se lo tragó el tiempo. Fue antes de que las grandes superficies llegaran a la ciudad, antes de que los economatos de los setenta nos deslumbraran con estanterías interminables, grandes pasillos pastas italianas y legumbres de Castilla; pepinos, pimientos y tomates relucientes alineados en pequeñas bandejas; leche y batidos de todas las marcas; chocolates y nocillas de todos los gustos; carnes, quesos, chorizos y conservas hasta llenar el carro de la compra. Habíamos crecido en otro mundo, en las antípodas de los economatos; habíamos crecido en la estrechura de las tiendas de barrio. Algunas de esas tiendas eran rancios y reputados ultramarinos, con estanterías de madera y un surtido completo de bacalao en el escaparate, pero otras eran apenas un salón de la casa de alguna vecina del barrio, papel de estraza y un peso blanco sobre el mostrador. Una estantería con paquetes y botes y una romana junto a los cajones de la verdura y las hortalizas.

Si la economía se acompañara de un estudio sociológico entenderíamos mucho mejor las gráficas, las curvas. En aquellos años, por ejemplo, antes que el impacto económico o urbanístico, lo que provocó la llegada de los economatos fue un cambio radical en el modo de vida. De la compra en papel de estraza en la tienda de la esquina, con cuartos de chacina medidos en la balanza, se pasó a los carros de la compra atiborrados de productos en una gran superficie. De lo poco a lo mucho, de la contención a la desmesura, de la familiaridad del tendero a la artificialidad y la eficacia del marketing.

Treinta años después, las pequeñas tiendas han vuelto a poblar el barrio. También tienen balanzas sobre el mostrador, ahora digitales; vitrinas con quesos y chacinas que venden por cuartos y cajones de frutas y verduras que se compran por piezas. En veinte metros cuadrados, todavía hay sitio para un pequeño congelador, una estantería con legumbres, azúcar, café y colacao. En alguna he visto incluso cuentas pendientes, anotadas a bolígrafo en una libreta de ditas. No cierran sábados y domingo, y casi todas ofrecen el mismo perfil laboral, gente expulsada de su profesión por la crisis que, con los ahorros o el dinero del despido, se refugia en el pequeño comercio, la tienda de barrio. Puede ser una mujer que se ha echado la familia a cuestas o un pequeño empresario de la construcción que, en las puertas de la ruina, han abierto una tienda de comestibles en la que trabaja toda la familia.

La crisis ha devuelto al paisaje urbano las tiendas de barrio; otra vez los cuartos de chacina y las compras pequeñas, medidas. Como en los bares y en los restaurantes, como en las ferias y en las romerías. Un viejo lobo de la hostelería resume la situación con un golpe de vista a la caja registradora. “La gente no ha dejado de salir, ni de consumir, pero la diferencia está en que, ahora, la caja se llena siempre de billetes de veinte euros. Hace dos años que no veo un billete de cien euros en la caja”. Si los estudios de economía se acompañaran de análisis sociológicos, las gráficas incluirían esta nueva realidad. El billete que marca la realidad económica del país es el billete de veinte euros. El índice 20.



Foto: http://www.flickr.com/photos/haciendoclack/tags/ultramarinos/

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1 Comments:

At 19 octubre, 2015 13:11, Blogger Stove Bentod said...



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