El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

17 enero 2010

Libertad



«Es de esperar que hayan pasado ya los tiempos en que era necesario defender la libertad de prensa como una de las seguridades indispensables contra un gobierno corrompido y tiránico». De las muchas lecciones magistrales sobre la libertad que nos dejó John Stuart Mill, ésta debe ser una de las más erradas. Lo que produce más estupor cuando se lee y se relee la frase no es que se escribiera en 1858; el escalofrío no se produce al percatarnos del tiempo que ha pasado y la extraordinaria vigencia. No, no es el tiempo lo que asombra sino el optimismo exagerado de Stuar Mill porque, precisamente porque la frase se podría pronunciar estos días sin cambiarle una coma, la conclusión primera a la que llegamos es que la libertad de prensa, como el resto de libertades y derechos fundamentales, hay que defenderlas cada día. Mucho más cuando, como es el caso, admitimos en el planteamiento que la prensa libre siempre será una amenaza para los gobiernos corruptos y tiránicos, que la libertad de prensa siempre sentirá el acoso de quienes persiguen que sus fechorías queden impunes. Y porque el poder es incansable en esa obsesión, la defensa de la libertad de prensa tiene que ser diaria.

Stuart Mill, desde luego, era consciente de ello y, de hecho, nada más escribir lo anterior, el Gobierno británico de la época desplegó una oleada de represión a la libertad de prensa que al filósofo sólo le condujeron a añadirle a su texto un apunte a pie de página en el que se reafirmaba en lo anterior. Pero en su concepción de la libertad de opinión, a veces extrema, lo esencial de la lectura en estos días es, a mi juicio, la certeza anterior de que una democracia, por sí misma, no elimina los obstáculos diarios que se le ponen a la libertad de información. Para sortear esas barreras, el Estado de Derecho tiene, como se acaba de ver ahora con la doble sentencia que absuelve a EL MUNDO de la ofensiva judicial del poder político, la garantía de la independencia judicial y la sólida doctrina que tiene asentada el Tribunal Constitucional. Puede un gobernante volverse loco y arremeter contra los periódicos que le critican, tratar de acallarlos, amordazarlos, pero, al final, llega un juez y pone a cada cual en su lugar, a la libertad de prensa y al político que desvaría.

Pero nos equivocaríamos, de nuevo, si pensamos que con la sola garantía de los tribunales independientes, la libertad de prensa ya puede desplegarse con naturalidad. La defensa de las libertades por parte de los tribunales es esencial, claro, pero tan importante como la Justicia es la defensa de la libertad de prensa por la propia prensa. Puede parecer un absurdo, casi una contradicción en sí misma, pero precisamente esto último es lo que está fallando aquí, en España y, especialmente, en Andalucía. Por el encarnizamiento de las disputas entre medios de comunicación, por la politización de las empresas periodísticas, y por el cainismo propio del gremio, hemos llegado al disparate de que sea en la prensa donde más se celebran los ataques a la libertad de prensa. Se piensa que si la represión, si el acoso y las condenas, son para el periódico rival, el plato propio se llena de tajadas. Llega una sentencia absolutoria, como ésta de EL MUNDO, y se trocean las conclusiones, se retuercen los argumentos de los jueces, para acabar justificando que, en realidad, lo razonable, lo democrático, hubiera sido una condena, no una absolución. A ese dislate hemos llegado.

Estos días, muchos me preguntan por el silencio de algunos colegas. No sé qué contestar. Sólo me impongo como lección diaria que no quiero caer en ese pozo de sinrazón. La batalla diaria de un periodista es otra, es la contraria, es la lucha por la libertad de prensa. Y mi libertad de expresión se garantiza luchando por la libertad de quien piensa lo contrario.

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