El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

17 diciembre 2009

Risas de sangre



La violencia no tiene ideología, pero sí la frivolización de la violencia. Ningún pensamiento está a salvo del virus del radicalismo; que no hay un extremo sino posiciones extremas, idénticas en sus planteamientos, en sus actuaciones y en sus consecuencias. El extremismo no contamina sólo a la izquierda o a la derecha, los extremos se reparten, se multiplican, y en ocasiones degeneran en movimientos violentos, pero sólo en la izquierda se celebra como una fiesta la agresión al otro.

Esa es la diferencia, que sólo las agresiones que tienen como víctimas a quienes identificamos con la derecha, o con la extrema derecha, provocan a continuación una algarada que celebra la agresión, que la vitorea, que la ridiculiza. El zapatazo a Bush, la boca partida de Berlusconi o la patada a Hermann Tertsch sólo tienen en común esta terrible coincidencia, que los agresores pasan a ser considerados héroes y sus acciones miserables sirven de carcajada en las sobremesas y en los comentarios. Aún sin provocarlas, las agresiones a quienes se definen de derechas y, más allá, a quienes otros etiquetan de derecha, se encuentran con el beneplácito inmediato de sus opuestos. Un zapatazo a Obama, la boca partida de Zapatero o una patada a Gabilondo jamás se transformarían en un movimiento de solidaridad internacional, como le ha ocurrido al agresor de Bush, nunca se comercializarían muñecos con la boca sangrante, como ocurre con Berlusconi, y nadie se mofaría de que la patada fue un tropezón, como ha ocurrido con Hermann. Ésa es la diferencia.

La cuestión es esencial porque, a fin de cuentas, cuando la agresión al otro acaba provocando una sonrisa, un guiño de complicidad inconsciente, «se lo estaba mereciendo», entonces la ideología se ha convertido en radicalidad. En una democracia contamos con la existencia de extremistas, una minoría inevitable que un Estado de Derecho sabe asumir y controlar; pero será imposible controlar la ola de odio que nace en una carcajada ante la sangre y el dolor del adversario. La peligrosidad que conlleva esa explosión de regocijo es, con diferencia, la angustia mayor, la preocupación mayor.

No hay democracia sin tolerancia, no hay entendimiento sin modestia intelectual. Sobre todo esto, podemos encontrar una línea de pensamiento persistente desde Sócrates hasta Popper, pasando por Stuart Mill: «La peculiaridad del mal que consiste en impedir la expresión de una opinión es que se comete un robo a la raza humana; a la posteridad tanto como a la generación actual; a aquellos que disienten de esa opinión como a aquellos que participan de ella». Un robo a la raza humana, sí, un robo a lo más preciado, aquello que nos distingue, la libertad.

En uno de sus ensayos sobre la II República española, tan cargada de odio, Plácido Fernández-Viagas explica que, de las muchas consecuencias que la Revolución Francesa dejó grabadas en el alma europea, una de las esenciales fue «el antídoto» contra la violencia. «El miedo a la violencia y al vacío revolucionario reforzó una idea esencial para el pensamiento liberal: la de la tolerancia. No sería posible construir una sociedad sin la participación del otro, del enemigo incluso. La verdad y el error serían siempre relativos».

Un abismo de grosería me separa de Berlusconi, Bush fue el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer y con Hermann, al que tengo por compañero, siempre me separará su radicalidad en los planteamientos. Y es por eso, precisamente, por la diferencia, por lo que hoy merece la pena luchar por la libertad.

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2 Comments:

At 17 diciembre, 2009 12:24, Blogger Mario Bilbao said...

Carl Schmitt define la política como el territorio donde opera el antagonismo "amigo y enemigo", mientras que "bueno y malo" definen la moral, siendo "bello y feo" los antónimos de la estética. Para este jurista alemán, el conflicto social es el objeto de la ciencia política, y más concretamente la guerra lo específico de la política. En su análisis, invierte el aforismo de von Clausewitz al estimar que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Por ello, Carl Schmitt es el autor que fundamenta intelectualmente las doctrinas totalitarias del siglo XX: el nazismo y el comunismo. Como la videopolítica es una versión soft y degenerada de estas doctrinas no es extraño que debiliten la democracia liberal que se basa en el debate, la tolerancia y la defensa de las minorías.

 
At 18 diciembre, 2009 00:59, Blogger Liz said...

Desde mi punto de vista, al márgen de ideologías políticas, este comportamiento es una cuestión de educación. De la tan cacareada y necesaria educación para la ciudadanía. Esa es la asignatura que a este señor le falta.

Este comportamiento es fruto de la ausencia de educación o de la mala educación. Alguien que para tener audiencia tiene que hacer chistes con las orejas a costa de otras personas demuestra muchos aspectos negativos; su falta de recursos para llenar un programa, su falta de sensibilidad, su falta de mirada a las consecuencias de su comportamiento, su incitación a la violencia, su deseo de dividir a una sociedad, y demuestra que hay un medio que le paga por este nefasto papel.

Yo tampoco estoy de acuerdo con lo que Hermann dijo.

Lo que me pregunto, cada vez con más frecuencia es por qué hay que ser de derechas o de izquierdas por narices. Por qué se empeñan en trazar esa línea divisoria.

Dónde quedamos los que no pertenecemos a ninguno de los dos bandos?

Sin duda en territorio de nadie, expuestos a los tiros de los dos lados.

Gracias

 

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