El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

27 febrero 2009

Caracoles


No le hacía falta oír ningún llanto más para saber que su hija lo necesitaba y que jamás lo reconocería. Desde la muerte de su esposa, vivía con ella y su yerno en una casa de las afueras de la ciudad. Le dejaron el cuarto de invitados para que se instalara, la única habitación de la planta baja, junto a la cocina y el salón. En el piso de arriba, los dormitorios de los nietos y del matrimonio. Quizá pensaba su hija que todos estaban ya dormidos, cuando, llorando, le contó a su marido que aquella tarde, por primera vez en su vida, había tenido que dejar atrás en el supermercado algunas cosas porque no le alcanzaba el dinero.

– ¿Ay, dios mío, qué vamos a hacer…»
Siempre le decían que su hija única era como un calco, que tenía su misma cara, y él asentía con el orgullo secreto de pensar que su hija había heredado su virtud más importante, el pundonor, la fuerza de quien no se rinde jamás. Hieren más las lágrimas de quien lucha y su hija parecía derrumbarse ahora de la misma manera que se desvanecía su vida, la dulce rutina de hace sólo tres meses cuando ella trabajaba de comercial en una agencia de viajes, y él, de oficial de planta en la siderurgia. «Tendremos que apretarnos en cinturón», dijeron en Navidad», pero la carga ha sido mayor de la esperada; la hipoteca, la luz, el agua, el teléfono, el gas, la comunidad…

– «Con el paro y la pensión del abuelo no llegamos a fin de mes... ¿Qué vamos a hacer cuando se nos acabe el paro? Si dicen que la crisis va para largo, cuatro o cinco años más, ¿qué salida nos queda?»

Estaba inmóvil en la cama, con los ojos abiertos como si pudiera amplificar así el murmullo envuelto en llantos que le llegaba desde el salón. Hablaban su hija y su yerno y él tragaba saliva. Oírla llorar, bajar los brazos... La angustia de ver a un hijo llorar es una punzada que se clava en el alma.

Al amanecer, desayunó como siempre en la cocina y bromeó con sus nietos. Ningún comentario, ningún gesto que lo pudiera delatar. Guardó en su bolsillo dos bolsas y dijo que había quedado con unos amigos para dar un largo paseo por el parque. Que volvería a la hora de comer. En un autobús de línea, se fue a las afueras de la ciudad y se bajó al pie de La Hacienda Nueva, que repartía sus cincuenta hectáreas entre olivos y naranjos, en la entrada, y un campo de trigo a las espaldas. Habían pasado setenta años, pero podía recordar aún a su padre con la hoz al cinto, en la siega que comenzaba al salir el sol y se alargaba hasta el anochecer. Y luego la trilla, en la era, con tragos de vino tinto, un hilo fino de terciolelo que sale de la bota y limpia el polvo de la garganta. En esa hacienda, su padre le enseñó a coger cabrillas, había que saber buscarlas entre los naranjos, entre los olivos. «Con dos bolsas, tengo para vender en la puerta del mercado y para comer en casa. Qué alegría se va llevar mi hija», se decía mientras avanzaba, encorvado, rastreando el pie de los olivos.

El teléfono lo cogió su nieto mayor, Manuel, que llevaba su nombre. «Mamá es la Guardia Civil, que dicen que te pongas, es por el abuelo...» Sobresaltada, cogió el auricular y atendió las explicaciones sin decir nada, entre atónita y aliviada al saber que a su padre no le había ocurrido nada. Para pagar los mil quinientos euros de multa que le pusieron por coger caracoles, tuvieron que romper la hucha de los pequeños para EuroDisney. Para colmo, ni siquiera le dejaron llevarse los caracoles.


(Ficción sobre hechos reales)

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