El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

09 julio 2008

Eternidad


El primer trauma del hombre llega cuando entiende que la felicidad completa sólo existe en la infancia. Luego, ese espejo de sonrisas, de plenitud, se va cuarteando, se hace añicos, y, aunque siempre seguimos mirándonos en él, buscando el deleite y la satisfacción, sabemos que aquella intensidad de la infancia ya no existe. Somos felices, sí, pero tras cada instante de placer se esconden angustias y recuerdos, ausencias y frustraciones, que acaban reduciendo la felicidad a ese instante.

La felicidad completa sólo existe en la infancia. Por eso el poeta, en su último aliento, la buscó en sus recuerdos y se guardó en el bolsillo del abrigo gastado los versos de su inocencia. «Estos días azules, y este sol de la infancia». El hombre sólo alcanza la felicidad completa cuando le es ajeno el mundo. «No te derrumbes./ No sepas lo que pasa/ ni lo que ocurre». El adolescente le abre los ojos a la vida y le va cerrando las puertas a la felicidad completa de la infancia. Es entonces cuando descubre el tiempo, que su vida se mueve al ritmo del tic tac que marcaba el diapasón del viejo reloj de la abuela. Y cada vez se hace mayor el vértigo de mirar atrás. «Todo es cuestión de tiempo en esta vida/ un tiempo cuyo ritmo no se acuerda». El tiempo sin ritmo es el tiempo detenido de los dioses, no de los hombres.

No debe haber en la historia del pensamiento otra obsesión mayor que la fugacidad del tiempo. Tempus fugit. Tras esa certeza inexorable, los grandes hombres han entendido que es, precisamente, el carácter efímero de la existencia el que recorrer esta vida con humildad y con modestia intelectual. Ya se lo dijo el oráculo de Delfos a Sócrates, el hombre más sabio es aquel que reconoce sus propias limitaciones, su propia ignorancia. Por eso tenía claro que el verdadero placer y la felicidad duradera los consigue el hombre moral, no el inmoral; que la felicidad no consiste en tener poder y poseer muchos bienes.

Es imposible que el hombre pueda regular el ritmo del tiempo que tiene esta vida, es verdad, pero sí podemos elegir el modo de vida. Podemos entender, tras la primera frustración de saber que la felicidad completa sólo existe en la infancia, que la única eternidad a la que podemos aspirar es la de algunos momentos; retener la felicidad de un instante. Esa es la eternidad.

–Pues dice una consejera del Gobierno andaluz que a ella lo que le encantaría es que «personas como Chaves, con su valía, pudieran ser eternas».

Ah, ya… Bueno, en fin… es que yo hablaba de otra cosa… No sé si percibe usted la diferencia. La distancia que existe entre la vanidad y el orgullo, me refiero. Lo decía Pessoa. «El orgullo es la certeza emotiva de la propia grandeza; la vanidad es la certeza emotiva de que los otros ven en nosotros, o nos atribuyen, dicha grandeza». El orgullo puede ser discreto y humilde. Sócrates era un hombre orgulloso, por eso lo condenaron a muerte. La vanidad es otra cosa. Sólo los vanidosos aspiran a la eternidad.

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3 Comments:

At 09 julio, 2008 12:58, Blogger Lopera in the nest said...

Muy buen post!.

El problema de tantos "consejeros" es que ya son incapaces de entender el significado de las palabras. No saben hacer el esfuerzo intelectual de separase de los hechos para definirlos con palabras. Y ya no te digo de los conceptos.

 
At 09 julio, 2008 19:32, Blogger arquitectomirobenito said...

¿Ah,pero no es eterno?

 
At 11 julio, 2008 01:11, Blogger Pasión said...

Yo, como soy muy pequeña, tengo un orgullo MUY GRANDE, aunque el orgullo no sea una virtud, es padre de muchas virtudes.

Chaves con "S de Sevilla", es pura vanidad, porque no tiene otra cosa que exhibir. Los/as que están alrededor de Él, deberían de estar preocupados/as por lo que pensaremos los/as andaluces/zas/os cuando esté muerto y enterrado.

 

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