Miel de ira

Es más dulce que la miel, decían los griegos y, además, nunca empalaga, se podría añadir ahora. De ese néctar han libado todas las generaciones, todas las civilizaciones desde que el hombre el hombre, acaso porque esa miel, esa hiel, corre por sus venas y empapa las entendederas. La ira, sí, la ira, descrita por Aristóteles como «un anhelo de venganza manifiesta» que, cuando sobreviene, provoca interiormente «un cierto placer suscitado por la esperanza de vengarse, ya que es placentero creer que va a realizarse lo que se ansía». Por la euforia previa de ver al adversario vencido, por el placer negro de verlo humillado en el suelo, la ira se compara con la miel «que se acrecienta en el pecho» de los hombres, como una pomada que inflama las venas, que hincha los pulmones, que acelera los latidos del corazón y estalla en las sienes.
Los hombres y las mujeres del PSOE tienen los ojos brillantes por esa euforia de ira, por esa miel de venganza. Son los socialistas andaluces los mohicanos de las últimas batallas, el fortín más antiguo, la generación más viciada de todo el socialismo español. Ahora, como si ese fortín hubiera quedado aislado en medio de la adversidad, se han lanzado a una guerra interna de supervivencia que, contemplada desde fuera, produce al mismo tiempo compasión y asco. Supervivencia, sí, ésa es la batalla de ahora en el PSOE andaluz, este cainismo nuevo que ha enfrentado sin miramientos a quienes hasta ayer mismo se consideraban aliados y que ahora, conocedores cada uno de ellos de las debilidades del contrario, se arrojan las miserias a la cara de los congresos para humillar al otro, para vencerlo. Guerra de supervivencia, sí, porque quienes resulten ahora derrotados quizá no tengan ya oportunidad alguna de volver a la política, de vivir de la política, que ha sido el único sustento para la inmensa mayoría de ellos, para los que resisten en el cargo público desde hace tres decenios y aspiran a jubilarse en esa paz y para quienes se han incorporado hace diez o quince años del Bachillerato al escaño y ni imaginar pueden un futuro alejado de esa progresión que parecía garantizada.
Guerra de supervivencia, de sustento, sin que nada de esto sea metáfora o elucubración; tan patético como la realidad descarnada que describió este fin de semana el dimisionario Viera: «Entiendo desde el punto de vista personal que haya gente que en algún momento tenga que anteponer el interés de su familia al interés del partido y al de su propia dignidad». En esas están en el PSOE andaluz: el interés de la familia. Por encima de la dignidad, que nunca existió, por encima del partido, que siempre ha sido el medio, nunca el fin, se antepone el sustento familiar. Y el dimisionario, lo entiende «desde el punto de vista personal». Lo entiende, claro, porque en esta guerra de supervivencia todos son iguales; todos acuden a la batalla embadurnados con la miel de la ira.


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