El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

30 marzo 2011

Esclavos



Era tan portentosa la fachada moral de Marco Tulio Cicerón, que al triunvirato de traidores que se repartió en pedazos la túnica del César no le bastó con mandarle unos sicarios para que lo asesinaran en un descampado. Era tan alta la columna de su prestigio que, después de matarlo, le cortaron la cabeza y las manos, la clavaron en un hierro oxidado y la colocaron en la tribuna desde la que tantas veces proclamó su independencia. Para que el pueblo romano, al despertar, pudiera mirar el horror y la venganza cara a cara, que eran aquellos ojos abiertos y apagados de Marco Tulio Cicerón, sus labios amoratados y las manos ensangrentadas, amarillentas. Ocurre, simplemente, que Marco Tulio Cicerón ya había dicho antes que para las almas fuertes no existe la muerte ignominiosa. Con lo cual, aún con la cabeza clavada en aquel hierro mohoso, Cicerón seguía dando lecciones a sus asesinos desde la tribuna.

Sólo cuando se repasa su vida y su muerte, cuando se recorren la emoción y la crudeza de algunos episodios como el anterior, la figura de Cicerón se engrandece hasta la leyenda. Y eso que muchas veces se trata del acierto de haber sabido condensar en una frase lo que podría desarrollarse en un tratado. Quizá porque la moral pública, la ética política, no necesita de más palabras que estas de Marco Tulio Ciceron: “Para ser libres hay que ser esclavos de la ley”. No hay más. Ese es el imperio de un Estado de Derecho, la verdad imperturbable que ha convertido a los estados modernos en la máxima conquista de la civilización; el principio esencial de que todos los ciudadanos están sometidos al imperio de la ley y, en consecuencia, que sólo las leyes pueden limitarnos en nuestros derechos, en nuestra libertad.

Desde unos días, se están publicando en su integridad los informes que la Intervención general de la Junta de Andalucía ha ido enviando durante casi un decenio al Gobierno andaluz por este escándalo de los ERE. Y de todo cuanto allí se dice, lo que más llama la atención es que los funcionarios de la Intervención le tengan que recordar al Gobierno andaluz lo elemental, que seguir las leyes, atenerse al procedimiento administrativo establecido, no es una cuestión opcional y que, entre la elección del correcto seguimiento de las normas y la arbitrariedad en las resoluciones, no existe sólo una mera diferencia de las formas, sino un abismo profundo. “No es una mera cuestión de formas. Es de fondo”. Qué vergüenza ajena produce contemplar que quienes han manejado miles de millones de euros tengan el desparpajo de haber despreciado así las leyes y haber ignorado así quienes las custodian; qué ridículo queda al descubierto ahora cuando en esos informes le tienen que recordar al gobierno que, hay muchas razones para actuar con transparencia y control, pero que exigir “el correcto cumplimiento de las normas es, por sí solo, argumento suficiente”.

Cuando a unos gobernantes hay que recordarles lo elemental, las explicaciones de cómo se llega a esa degradación también se simplifican. Sólo por ignorancia o por soberbia se puede actuar así. Y como la ignorancia es imposible cuando se cuentan con servicios jurídicos propios y funcionarios de la Intervención que, una vez tras otra, año tras año, insisten en lo mismo, la única explicación es la soberbia. Olvidan que cuando un gobernante no es esclavo de la ley, es al pueblo al que se deben al que le están quitando libertad.

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