El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

11 noviembre 2010

Felipe verigüel



Qué gran equivocación ésa de pensar que Felipe se ha sincerado con todos: Ese viejo lobo, taimado, ha vuelto a subirse al escenario, como en sus grandes tardes, para interpretar el papel de líder que siempre ha bordado, que siempre ha arrasado en la sociedad española, y que lo convierte, sin lugar a dudas, en el fenómeno político más puro que ha tenido este país en muchos decenios. Señoras y señores, éste es Felipe González. Pasen y vean, disfruten del espectáculo de contemplar el extraordinario dominio de las palabras y de los conceptos. Pasen y admiren a un gran político capaz embaucar a cualquiera con la mirada, con una sonrisa, con un gesto.

¿El Gal? Quién puede pensar que a Felipe se le ha ido la lengua y ha roto un silencio que le quemaba desde hace veinte años, la guerra sucia contra ETA. ¿Qué Felipe se implica en el GAL? Es justo al contrario, es tan extraordinario el ejercicio de cinismo realizado que el presidente del Gobierno bajo cuyo mandato se organizó el GAL quiere pasar a la historia como todo lo contrario, como el hombre bueno, pusilánime, que no tuvo el valor de ordenar la matanza de la cúpula de ETA. Por eso confiesa, en tono trágico, sus dudas de todos estos años; su pretendido tormento por no haber ordenado que los liquidaran a todos de un bombazo. “Una de las cosas que me torturó fue cuántos asesinatos de inocentes podría haber ahorrado”, añade para llevarnos a todos al debate sobre una decisión que es exactamente la contraria de la que dictan los hechos que sí sucedieron: secuestros, torturas y asesinatos bajo su gobierno.

Felipe no quiere escribir memorias, no quiere confesarnos ningún secreto; el propósito es mayor, más alto, Felipe González quiere ser él quien escriba su historia, quiere redactar su biografía idealizada, dejarle el terreno allanado a los historiadores. Y en esa entrevista, ya esbozada el ideal de sí mismo: El de un hombre sin apego alguno a la política (al padre, que era vaquero, resulta que no le gustaba el campo, pero a él sí: “Muchísimo”, dice. Tanto que “no me habría importado vivir de la agricultura, aunque sea una tortura”); el de un líder político que nunca tuvo ansias de liderazgo, ni descabalgó a nadie de la lucha por el poder en el PSOE (“en el 77 me quise ir; habíamos cumplido lo que nos propusimos en el 74 en Suresnes. Contemos lo que hemos hecho y yo me voy, pero Alfonso Guerra me convenció de que era un disparate descabezar el partido”); y, finalmente, el de un presidente de Gobierno traicionado por la corrupción de los demás (“para mí fue una gran decepción, una gran frustración y una de las razones por las que decidí no hacer más política institucional”).

Felipe González, qué político. El mejor PSOE fue aquel que alternaba la agresividad descarnada de Alfonso Guerra y la bondad extrema de Felipe González, el hermano que todos querían tener, el hijo que todas las madres deseaban, el novio de todas las mujeres. No era aquella la realidad, claro, sino una mera estrategia electoral que funcionaba a la perfección; El PSOE total, diríamos. El primero que lo caló fue Carlos Cano. Por eso, tras esa entrevista de ahora, podemos volver a cantarle lo mismo: “Ay, Felipe de la Otan, cataflota, verigüel, llegará a ser un gran torero, como Velázquez y Gregory Peck”.

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