El rey desnudo

El poder cambia a las personas, sí, es verdad, pero no es ésa una verdad completa. Lo que decía Heródoto hace dos mil quinientos años, «dad todo el poder al hombre más virtuoso que exista, pronto le veréis cambiar de actitud», es una verdad absoluta que todas las generaciones que han venido después, todos los imperios, todas las culturas, han podido atestiguar. Es así, el poder cambia; el poder carcome; el poder obnubila, pero, ¿por qué ocurre? ¿Y le ocurre a todo el mundo igual? No, claro. Unos se volverán vanidosos y engreídos, a otros le supurará la soberbia como una pus constante y otros se despeñarán, podridos, por el abismo de la corrupción y el enriquecimiento. Quienes los hayan conocido antes se detendrán para mirarlos y no reconocerán en ellos más que la silueta difusa del compañero que conocieron, del amigo que tuvieron, del familiar que fue un día.
Todos habrán cambiado, pero no todos habrán experimentado el mismo cambio porque, en el fondo, lo que provoca el poder es que aflore la verdadera personalidad de un ser humano. Quien con poder se vuelve engreído, es porque el engreimiento siempre anidó en su alma y es ahora, que se siente todopoderoso, cuando sale a la luz y explota. Quien mete la mano en el cajón, nunca tuvo claras las fronteras de la honestidad; quien mira a los demás desde su despacho con desprecio y soberbia, es que siempre albergó esas ínfulas. En definitiva, que no es el poder el que cambia a las personas sino que es el que consigue mostrárnoslas tal como son; el poder extrae la verdadera personalidad de cada cual; desnuda y exhibe al individuo tal como ha sido siempre, tal como se ha ocultado siempre. El rey desnudo. Al menos, en los casos de poder absoluto, que es del que hablaba Heródoto en su sentencia.
En ese trayecto que marca el poder en la personalidad de cada cual, habrá pocas personas que lo hayan recorrido con más rapidez que José Antonio Griñán. La pregunta más frecuente desde hace un año, la conversación más recurrente en cada sobremesa política es ésa, el vertiginoso cambio de Griñán, la velocidad con la que ha consumido su antigua amistad con Chaves, la rapidez con la que le ha brotado su verdadera esencia. Sólo había que verlo hace unas semanas, en una entrevista en su periódico favorito, la pose desahogada, el guiño desenfadado, el atuendo despreocupado, y todo calculado con la precisión de quien quiere ofrecer exactamente esa imagen de soltura. Lo mismo le daba lecciones a Zapatero, «el Gobierno tiene que salir más de Madrid porque Madrid no es España», que le propinaba mandobles a Chaves, lo ignoraba, «del Gobierno se oye a Zapatero, Blanco, Rubalcaba y muy poco más…» Ni siquiera se tentaba la ropa este hombre que jamás ha ganado unas elecciones, que se ha hundido en las encuestas y que preside un gobierno deshilachado, desconocido para la inmensa mayoría de los andaluces, empezando el desconocimiento por él mismo. Y encima, ya ven, Griñán se permite dar lecciones.
No, no es el poder el que cambia a las personas; Griñán ya era así cuando llegó a la Junta de Andalucía hace treinta años, de viceconsejero. Pero ha sabido interpretar siempre la partitura, sabía los instrumentos que le correspondían tocar en cada momento. Éste que ven ahora es el verdadero Griñán. El de antes sólo era el tal.
Etiquetas: Democracia, Política, Sociedad


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