El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

02 marzo 2010

Sindicalazo



Todos los días, decenas de medios de comunicación preguntan en internet sobre los principales debates políticos, sociales y económicos y decenas de miles de personas dejan allí su opinión. Las cifras son mayores en las redes sociales; la última moda, la creación de grupos de adhesión a las cuestiones más variadas puede movilizar en sólo unos días a cientos de miles de personas. ¿Qué significado tiene para una democracia una movilización como esa?

Alguna vez se ha referido aquí que, antes o después, el sistema democrático tendrá que incorporar a su funcionamiento la extraordinaria revolución que ha supuesto internet. Más allá de los experimentos que ya se hacen para votar a través de la red en las elecciones, lo que internet pone en duda es la vigencia misma de la democracia representativa. Quiere decirse que, si lo pensamos, la democracia representativa obedece a un modelo social del siglo XIX que ha desaparecido, ha evolucionado hacia el actual y, sin embargo, mantenemos el mecanismo electoral establecido para las necesidades de entonces. La misión teórica de los cargos electos es la de trasladar la voz del pueblo a las instituciones; ésa es la democracia representativa, la que delega en un grupo de personas la soberanía que sólo reside en el conjunto de los ciudadanos. Lo que internet puede hacer tambalear es justamente esa relación entre el pueblo soberano y sus representantes porque, ante muchas de las preguntas que se plantean a diario, ante muchas dudas, ante muchas decisiones, será posible consultar directamente a los ciudadanos, sin necesidad de que un grupo de personas interprete la voluntad de millones.

Ya sé que la incorporación de internet al concepto de democracia representativa se tropieza con la propia eficacia del sistema, con el abismo de caos que se abre ante una democracia asamblearia en la que nadie puede tomar decisiones. Esa limitación es evidente. Pero, por ejemplo, en una circunstancia como la de estos días, ¿qué tiene más legitimidad social la protesta de los sindicatos contra los planes de reforma de pensiones del Gobierno o los foros de internet que se han abierto al respecto? En sólo un par de semanas, una plataforma ha reunido en internet más de medio millón de firmas. Igual la conocen, se llama “Va a trabajar tu puta madre hasta los 67 años”. Con el lenguaje irreverente y descarado de internet, se plantan en medio del debate: “Ya está bien que este gobierno se ría de nosotros. No hacen nada por salir de esta puta crisis. Tienen bastante con prohibirnos fumar y demás fantochadas, de estas tonterías son de las que se preocupan. Y ahora por si fuera poco trabajamos hasta los 67 años para poder cotizar el 100%. Esto es de escándalo.”

Los sindicatos sacaron a la calle la semana pasada a miles de personas, manifestaciones perfectamente organizadas, con pancartas serigrafiadas, lemas institucionales, pegatinas y banderitas de colores. ¿Cuántos ciudadanos ajenos al movimiento sindical, a la legión se liberados sindicales, participaron en esas protestas? Desde luego, por muchos que sean, es probable que no superen el medio millón de la plataforma de internet. Si lo miramos desde ese punto de vista, la manifa de los sindicatos, antes que una protesta ciudadana por la reforma de las protestas, lo que representa es la necesidad de esos sindicatos de reivindicarse a sí mismos como piezas esenciales del sistema. Frente al pensionazo, el sindicalazo.

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