Regalos

Entonces supe que en el Gobierno andaluz había algún consejero tan escrupuloso con la cosa pública que, al finalizar su mandato, dejó catalogados para el patrimonio todos los regalos que había recibido. Eran algunos, claro, no todos. Porque no todo el mundo sabe distinguir la frontera que existe entre la amistad y el vasallaje. No sabe o no quiere saber. Por esa frontera discurre en el Código Penal el delito de cohecho, uno de los más difíciles de probar en la corrupción política. Y eso que la regulación se extiende desde el cargo público que recibe una dádiva para que, a cambio, actúe, por acción y omisión, en beneficio del benefactor hasta quien simplemente recibe el regalo, sin que por ello tenga que hacer nada a cambio. Está en el artículo 426: “La autoridad o funcionario público que admitiere dádiva o regalo que le fueren ofrecidos en consideración a su función”.
Ya me dirán qué dirigente podría quedar a salvo de una condena si en España se aplicara con rigor la condena por cohecho en todas sus variantes. Lo llamativo es que, pese a ello, el cohecho es, como se decía, uno de los delitos más difíciles de probar en un tribunal. En estos días de ajetreo de trajes en la comunidad de Valencia, ha pasado casi desapercibido el archivo en el Tribunal Superior de Canarias de una denuncia por posible cohecho contra el vicepresidente autonómico y presidente del PP. Viajó de gorra a Noruega con su esposa en un jet, con una buena parte de los gastos pagados por un grupo turístico que luego recibió una concesión del gobierno canario. Pues ha quedado absuelto porque ni participó directamente en las concesiones ni ha quedado probado que aquel viaje pudiera influir en la decisión. Y eso que, como puede pensarse, al vicepresidente canario no lo invitaron los noruegos porque fueran compañeros de colegio, ni compartieran travesuras en el instituto. Lo invitaron por ser quien era. Aceptó la invitación y ahí está el error, aunque no haya contraprestación.
Un viaje, un traje, unos gallos de plata o un descuento en el restaurante en el que se celebra la boda de un hijo. Lo mismo da, el poder no tiene amigos. En eso, Azaña lo tenía más claro: “El jefe del Gobierno, en política, no tiene amigos ni los quiere. La amistad acaba antes de la política o empieza después de la política”.
Etiquetas: Corrupción, Política
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