Mar de leva

El viento sopla fuerte sobre el mar, convulsiona las olas, las alisa, las aprisiona y las violenta; se ha desatado el temporal y saben los pescadores que con mar de fondo, en pleno temporal, la faena se complica. La orilla se llena de algas que el mar de fondo ha arrancado y el caminante va sorteando, en este paisaje de arena mojada, los restos de basura que yacían en el fondo del mar. Algas y peces muertos, restos de madera ennegrecida por el betún pegajoso del petróleo y chatarra enmohecida. Con la fuerza del viento que aprisiona las olas, que las atosiga, que las enfurece, el mar ha vomitado su pasado.
Mar de fondo, furia del mar. Lo que estamos viendo estos días tiene esa imagen metafórica como estampa, porque ha estallado con estruendo el temporal de las falsas prejubilaciones y, la crudeza de la denuncia, está sacando a la orilla los restos de escándalos olvidados. Cárnicas Molina, Interlhorce, Delphi, Filesa… Los restos de todos aquellos episodios antiguos, desechos de un naufragio continuado, aparecen ahora de nuevo, hilvanados a esta trama de los expedientes de regulación de empleo. Quizá porque, en realidad, aunque cambien los protagonistas, aunque varíe la localización y los asuntos, todo esto forma parte del mismo mal.
Nada se destruye, todo se transforma cuando la corrupción no es un episodio sino una constante. Éste no es el naufragio de un consejero o dos, no; éste no es el naufragio de un modelo de subvenciones o de una política de Empleo, no; éste, ahora que contemplamos la orilla llena de restos de otras corrupciones, es el naufragio de una autonomía aprisionada en un régimen clientelar. Es el naufragio de una forma de entender la política y de entender el poder. Y esos de ahí, son los restos que ha arrancado el mar.
Todavía resuenan en las hemerotecas aquellas proclamas de Cárnicas Molina, cuando el Gobierno andaluz, que se hizo cargo de la empresa en quiebra, anunciaba grandes escándalos futuros. «Algún día se sabrá qué hay detrás de Cárnicas Molina», bramaba Gaspar Zarrías en el Parlamento, señalando con el dedo a los diputados de la oposición. Ha pasado el tiempo y ahora lo sabemos. Cárnicas Molina fue el primer expediente de regulación de empleo que tramitó Francisco Javier Guerrero. Allí conoció a un sindicalista, Juan Lanzas, con el que pronto conectaría. Ya nada volvería a ser igual. Hoy la Policía los considera como los ‘hombres clave’ de la trama de los ERE, los gestores del fondo de reptiles con el que se amañaban las prejubilaciones. Tanto ascendió el sindicalista que acabó de asesor de un bufete sevillano que lo contrató para buscar empresas en crisis. Y otra vez el pasado se hace oír, con el eco sordo de las voces que amplifican las caracolas del mar. El bufete en el que trabajó Lanzas tiene como socio a un abogado, antiguo colega de Felipe González, que en tiempos asesoró a Intelhorce, la fábrica de Málaga de la que se nutrían los comisionistas del PSOE de la época. La fábrica que, cuando desapareció, pasó a llamarse Hitemasa, que fue en la que Lanzas se incluyó de ‘intruso’ para cobrar una prejubilación.
Se llama mar de fondo, pero quizá sea más bella una expresión sinónima: mar de leva. El diccionario recoge otra expresión más que sirve al caso: halar a la leva. Los marineros van tirando de un cabo hundido en el mar y recogen todo lo que allí estaba prendido.
Etiquetas: Andalucía, Corrupción


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