La merluza

En la pescadería del barrio, a las diez de la mañana, hay dos noticias de impacto. La merluza está tirada de precio, a tres euros con setenta céntimos el kilo, y el pescadero está que se sube por las paredes. No por culpa de la merluza, sino por el Gobierno. Lo vocifera con el mismo tono con el que anuncia los precios de la mercancía: “A ver si se van ya estos cabrones, porque el agujero en el que nos han metido no es normal...” Como el pescadero es el clásico prototipo del andaluz que establece su orden de prioridades en el triángulo virtuoso que forman la Semana Santa, la Feria y su equipo de fútbol, la invectiva tempranera sorprende más aún. No sé si esta mañana, de camino al trabajo, ha oído en la radio que Griñán habla de las próximas elecciones y ha explotado, o si ni siquiera sabe muy bien quién es Griñán y ha estallado sin más con la sola noticia de las elecciones en marzo del año que viene. Porque se ha levantado, y nada más poner el primer pie de la cama, con lo frío que está el suelo a las seis de la mañana, se ha puesto a calcular con el primer temblor la tiesura de cada día. La clientela decadente y los impuestos crecientes. “Es que ni trabajando se llega ya a fin de mes, con lo que las pobres criaturas que se están quedando en paro no sé qué harán para vivir…” Y otra vez: “Hay que ver en el agujero que nos han metido”.
No sé qué pensará un sociólogo, pero en la calle se vive un estado de cabreo, cabreo sordo, que quizá sea incontrovertible. El afán reformista del Gobierno es una noticia irrelevante en la calle porque la realidad no cambia por mucho que se hayan transformado los discursos. El tiempo de la política se quedó atrás, muy atrás, quizá cuando se anunciaban brotes verdes mientras las empresas seguían despidiendo trabajadores, y ya no parece que haya discursos que puedan disimular la urgencia de todos los días, que es otra y sólo tiene que ver con esta crisis que se ha instalado en el pozo. Y es esa oleada de malestar que nace del suelo, de la cola del supermercado, la que se eleva hasta las encuestas y arrasa todo lo que se encuentra por delante.
Ocurre, además, que como las reformas de austeridad se han quedado en los recortes de prestaciones sociales y congelaciones de sueldo, como nada sustancial ha cambiado en la burocracia política, las administraciones siguen teniendo las mismas exigencias de financiación de sus enormes estructuras burocráticas y han comenzado a atornillar aún más la presión fiscal. Subidas de impuestos en el Estado, creación de nuevos impuestos en las autonomías y revisión en muchos ayuntamientos de todas las tasas locales posibles de cobro. La prioridad ahora es una mayor recaudación, ya sean impuestos o multas. Y sólo faltaba eso, que la gente se sienta con la bota del gobernante en el cuello, para que acabe estallando. Y ya le basta con ver la cara del gobernante, con oírlo sólo, para que se acuerde de toda su parentela.
Incontrovertible, sí. Es la realidad la que se ha impuesto a todo lo demás, y cuando los bolsillos están vacíos ya ni se piensa en otra cosa ni el personal quiere oír otra cosa de los gobernantes a los que hace responsable de la situación en la que se encuentran. No sé qué pensarán los sociólogos y los augures del Gobierno, pero cuando la merluza está barata y el pescadero cabreado es que la avería política es gorda. Y sólo eran las diez de la mañana.


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