El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

05 noviembre 2010

Tristeza de amor



La fatalidad del corazón, de los sentimientos, de la vida, de la obcecación. Tristeza de amor. Una mujer piensa que puede cambiar a su pareja, un tipo violento, un asesino latente que ya le ha pegado en otras ocasiones. Se alternan las caricias con las bofetadas, las risas con las borracheras de odio, de celos, y al final de todo, esa mujer siempre espera que regrese la primavera que vivieron, que resuciten las flores que se marchitaron. Pasan los días, y lo que un día fue un sobresalto, un dolor profundo, un temor, se convierte en rutina porque las broncas son ya diarias, una constante más, una cruz más que sobrellevar. Los besos y los insultos se van trenzando hasta formar una cuerda gruesa que la ha atado de pies y de manos, y ya no se puede mover porque su vida se ha convertido en ese infierno admitido. Inmóvil, amoratada y humillada. Y todavía piensa que ese monstruo que tiene enfrente puede cambiar un día. Que con amor, con paciencia, con sacrificio, con comprensión, el salvaje puede cambiar.

Tristeza de amor. Otra vez ha ocurrido y, como en la inmensa mayoría de los casos, la mujer que ha sido degollada en Sevilla tenía en común con las anteriores que no había querido denunciar a su pareja. La había apuñalado en el costado y, aún así, cuando la Policía la llamó a declarar, hasta en dos ocasiones, se acogió a su derecho a no prestar declaración y jamás presentó una denuncia contra él. ¿Miedo a las amenazas? ¿Desinformación? ¿Un fallo del sistema, de los servicios sociales, de la policía, de los fiscales? Quizá el problema está en que, cada vez que se produce el asesinato de una mujer por su pareja, todas las explicaciones se encauzan por la lógica de la Ley de Violencia de Género, y se apunta como causante mayor el “terrorismo machista”. Y ahí se agota el debate. Pero bastaría comprobar la ineficiencia de esa Ley para frenar los casos de violencia de los hombres contra las mujeres para comprender que, con toda probabilidad, esta barbarie no se detiene con más campañas de lo mismo ni con un mayor endurecimiento de una ley, que ya vulnera tantos derechos. Pero, sin ánimo alguno de involución en lo que ya se ha avanzado, sin deseos de adentrarnos en polémicas absurdas sobre denominaciones y términos, quizá, sencillamente, haya llegado el momento de hacernos la pregunta más incómoda. Por una vez, dejemos de mirar sólo al asesino, dejemos que se pudra en la cárcel, y pensemos en la víctima. ¿Por qué no denunció? ¿Por qué las mujeres piensan que pueden cambiar a su agresor? ¿Por qué ha sido siempre así y por qué es tan difícil de erradicar? ¿Se puede cambiar la ceguera de una pasión?

Tristeza de amor. Sí. Al llegar a la altura del bar, al asesino le brillaban los ojos, henchidos de sangre y de odio. Miró a uno de los mejores amigos de la mujer, y se pasó el pulgar por el cuello. Carmen estaba tirada en el suelo, empapada en un charco de sangre. Final de la secuencia. Otra vez más ha vuelto a ocurrir. Y seguimos sin explicarnos por qué esa mujer pensó que lo podría cambiar. “Tristeza de amor / un juego cruel/ jugando a ganar/ has vuelto a perder “.

Etiquetas: , ,

1 Comments:

At 06 noviembre, 2010 15:05, Blogger L.N.J. said...

Hacía mucho tiempo que no escuchaba esta canción de Hilario Camacho, recordarla así, con tu escrito, hace ver las situaciones más incompresibles y duras de lo que son en una canción. Por muy dulce que sea su melodía.

Saludos.

 

Publicar un comentario

<< Home