El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

03 agosto 2009

Hablar de ETA



Dices que estás cansada de hablar de ETA, que te hastía la reiteración, siempre la misma secuencia de palabras y de gestos después de un atentado, las mismas palabras de rechazo, los mismos comunicados de condena firmados por los mismos y redactados con idéntica sintaxis, repitiendo, una tras otra, las mismas expresiones que se emplearon en decenas de asesinatos anteriores. Siempre las mismas palabras para acabar siempre volviendo a lo mismo. La reiteración de la condena conduce a la repetición del acto, y eso es un sinsentido, un laberinto que te agobia.

Dices que estás cansada de hablar de ETA porque también las palabras se gastan, se agotan, y acaban por no significar nada. Dices que ya no te crees ni las palabras ni los gestos de quienes repiten esas palabras, labios compungidos detrás de un atril y cejas arqueadas mientras las manos van batiendo el aire como queriendo inflar esas palabras que ya no dicen nada, que están vacías. Porque una palabra sin significado es un cuerpo sin corazón, sin alma, un zombi; una palabra sin significado es mucho más que una derrota que se oculta, un gesto mecánico que quiere esconder su impotencia. Una palabra sin significado es el vacío más letal de una democracia, porque es entonces cuando habrá muerto cualquier ilusión, cualquier esperanza, cualquier consuelo de justicia. Las palabras gastadas de una democracia hacen de alfombra a los aprovechados, a los dictadores, a los arribistas, a los demagogos populistas. Por eso son letales.

Dices que estás cansada de hablar de ETA, de que todo vuelva a la misma sorna con la que, dentro de unos días, algún juez diletante elaborará desde su alta magistratura un auto pretendidamente sesudo e inevitablemente frívolo sobre la prevalencia del derecho a la libertad de expresión de los familiares de presos etarras sobre el derecho de las víctimas de no ser humilladas, abochornadas, escupidas. Estás cansada de que, otra vez más, te llenes de miedo cuando bajes a la playa con tus hijos, en Málaga o en Cádiz, y oigas acercarse las sirenas de un coche de policía. Como aquella noche en la que mataron a Martín Carpena y te recluiste en tu piso de alquiler, abrazando a tus hijos, mientras revoloteaban en la noche los helicópteros de la Policía y en el asfalto se secaba la sangre del concejal asesinado. «El Martín Carpena», porque lo peor es que para muchos, ese nombre ya sólo es la referencia del pabellón cubierto en el que juega al baloncesto el Unicaja. Qué triste paradoja es ésta de que el homenaje se convierta en la mejor muestra del olvido.

Dices que estás cansada de hablar de ETA, pero es ahora, en este instante en el que las palabras parecen cansadas, ahora que te hastía hablar del terrorismo vasco, cuando hay que hablar más fuerte, con la cara descubierta, sin esconderse ni amilanarse; sin darse por vencido, ni por cansancio ni por miedo. Ahora, más que nunca, hay que hablar de ETA. Para decirle al Gobierno que con ETA, ni una tregua más. Para señalar con el dedo la insoportable veleidad de quienes hacen de la equidistancia una falsa doctrina de pacificación. Para exigir que los presos por terrorismo no gocen de privilegios en las cárceles. Para animar a los ciudadanos vascos a que salgan a la calle con la fuerza dormida del ‘espíritu de Ermua’ para mirar a la cara a los salvajes y no esconderse jamás. No cansarse jamás.

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