El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

27 marzo 2012

Valderólogo



Que sí, que sí, que está en la cumbre de su carrera, que yo me quedo escuchándolo y acabo embobado, deslumbrado por las piruetas increíbles de sus expresiones, con el susto metido en el cuerpo, que se cae, que se cae, que se la pega, que se la pega, porque es imposible, porque parece mentira, pero al final resurge, y sale airoso, se impone, y completa con tres palabras la acrobacia dialéctica en medio del estupor del público. ¡Voilá! Es Diego Valderas, el candidato de Izquierda Unida, en el mejor momento de su carrera política. Es tan dulce el periodo político que atraviesa que, según tengo observado, ha conseguido que sus expresiones habituales, en apariencia inconexas y carentes de sentido, adquieran un tono superior casi poético; un regusto de sabiduría popular. Habla Valderas y a quien lo escucha le puede parecer que está delante de un trovador de otra época, de un hacedor de refranes nuevos o de un consagrado vendedor ambulante de retorica arrolladora.

Son expresiones suyas, intransferibles, que lo hacen diferente a cualquier otro candidato del orbe político. «A mí, ese asunto me hace sonrisa», dice Valderas, y esa forma de decirlo lo distingue de todos los demás, del que simplemente sonríe, que se queda corto, y del que diría «ese asunto me hace sonreir», porque con el infinitivo prolonga la acción sin sentido. «Me hace sonrisa», sin embargo, es un preciso punto medio, distante, altanero. Le añade todos los matices de los que carecen las expresiones anteriores. O cuando dice: «Yo entendería que me dijeran, dejadme esperar tiempo». Cualquier hubiera dicho, «dejadme tiempo», o «vamos a esperar un tiempo». Valderas une las dos expresiones y se concede esta licencia poética: «dejadme esperar tiempo». Porque el simbolismo, la metáfora, la expresión gráfica siempre está en su discurso. Ante un asunto concreto, no se limita a decir que hay problemas; no, eso no tiene mérito. Valderas dice: «Es verdad que hay elementos de dificultad sobre la mesa». El avance es extraordinario porque, en el vocabulario de Valderas, las dificultades tienen cuerpo, se pueden ver los problemas andando por la mesa, como los virus verdes que salen en los anuncios de los inodoros. Hay que saber distinguir porque los elementos siempre están sobre la mesa pero no son todos iguales. Como los «elementos de renta de los edificios». Quién iba a decir que un vulgar alquiler podría sonar así.

A veces el efecto dialectico de Valderas consiste en el circunloquio, en especial cuando se trata de algún asunto del que al orador le conviene zafarse. Por ejemplo: «Ese asunto tiene muy buena letra negra sobre blanca. La letra negra sobre blanca está muy bien, pero el desarrollo de esa letra negra sobre blanca no ha sido satisfactorio». Fíjense: Un mero refrán, «poner negro sobre blanco», que significa claridad, concisión, Valderas lo transforma y consigue el efecto contrario, la ambigüedad calculada, el acojone mismo: qué habrá querido decir este hombre. La letra negra sobre la letra blanca…

Sostiene Antonio Romero que a Valderas le hace falta, como acompañante en los mítines, un «valderólogo», y puede ser que ahí esté la clave, que se comience a estudiar su habla como una nueva dimensión lingüística. Tiene razón. Podrían comenzar con ésta, que es mi favorita. Valderas habla de corrupción y de cómo le afecta a IU. Y confiesa: «Nunca he dicho que no tengamos una cepa mala en la viña de nuestro páramo». En una traducción libre, apresurada, cualquiera pensaría que está comparando a Izquierda Unida con un páramo, un terreno yermo en el que no crecen ni viñas ni nada. Error: En realidad, qué otra cosa es la corrupción sino un páramo. Valderólogo, sí, me apunto al instante. Hay elementos sobre la mesa y es preciso sustanciarlos.

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