El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

25 octubre 2010

Barbas blancas



En la barra de un bar, en el encuentro fortuito de una esquina o en los pasillos intransitables de unos grandes almacenes, siempre surge alguien que sorprende con una revelación política inesperada. “¿Sabes cuál es el problema de Rajoy?”, me dijo el otro día una señora con un bolso marrón. “No puede ser que se empeñe en llevar el pelo teñido y la barba blanca… No es creíble”. Por muchas vueltas que le hubiera dado a las encuestas del fin de semana, por muchos análisis macroscópicos, por muchos repasos que se le den a las perspectivas electorales, jamás hubiera pensado que ésa era el problema. Debe ser una limitación intelectual, pero jamás hubiera caído en esa explicación de la realidad política. El pelo negro y las barbas blancas… ¿Será eso? El caso es que, desde que me lo dijo, no he dejado de ver a Rajoy como un tipo partido en dos mitades, el pelo negro y las barbas blancas; un líder dividido, un hombre de dos caras, dos estampas. Porque es verdad, en Rajoy la espesura negra del pelo se rompe en el mismo instante en el que la patilla desciende de la oreja para convertirse en una llanura blanca, de brotes de nieve rasurada.

Pelo negro y barba blanca, ¿será eso? Porque es verdad que el Partido Popular parece imbatible en las encuestas y se ha instalado en una mayoría absoluta que supera incluso a la de Aznar, cuando la ‘lluvia fina’ del nuevo milenio le otorgó a la derecha española la primera mayoría absoluta en el Congreso; porque es generalizada la sensación de que el ciclo del PSOE se ha agotado ya, que no da para más; todo eso es tan cierto como que, a continuación, a cualquiera que se le pregunte añade que Rajoy es un tipo que no convence del todo. Que por eso en las encuestas no despega del todo, que la distancia que separa al PSOE del Partido Popular se debe más a la debacle de Zapatero que al ascenso de los populares. Existe un punto de desconexión, de apatía, de desconfianza final, entre el personal y el líder de los populares que no se entiende bien, que no se explica con razonamientos políticos ni con lógicas electorales. Ni la coyuntura de los casi cinco millones de parados, ni la deriva política del zapaterismo, ni el recuerdo de la herencia del PP en los ocho años que estuvo en el Gobierno de la nación, mitigan ese efecto final de desconfianza. Pero, ¿por qué?

El pelo negro y la barba blanca. Estos vaticinios políticos desconciertan a cualquiera. Y no se sabe ya si es un síntoma de inmadurez democrática, de frivolidad, de una sociedad en la que sólo impera la imagen, o una demostración de lo contrario, de la sutileza de una ciudadanía que es capaz de percibir en esa dicotomía de pelos un gesto de desconfianza, de impostura. Ayer en Linares, como otros domingos soleados en Dos Hermanas, en Antequera o en Valverde, el Partido Popular va conquistando plazas y bastiones electorales del PSOE, ciudades que siempre han votado socialista. Suenan discursos de cambio y la gente aplaude la llegada de la alternancia. Pero entonces llega una señora con el bolso marrón y repara en la estética del líder, que tiene los pelos negros y la barba blanca. Y se hace un silencio que nadie puede superar, que nadie acierta a explicar. ¿Será eso?

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